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Corea del Sur vuelve la mirada al campo: más de 1.000 voluntarios se movilizan en Gangwon para sostener una cosecha bajo presión

Corea del Sur vuelve la mirada al campo: más de 1.000 voluntarios se movilizan en Gangwon para sostener una cosecha bajo

Una jornada de campo que dice mucho más que una foto institucional

Mientras buena parte de la conversación internacional sobre Corea del Sur suele concentrarse en Seúl, en el K-pop, en los dramas televisivos o en su músculo tecnológico, una escena muy distinta se vivió esta semana en Daegwallyeong, una zona agrícola del condado de Pyeongchang, en la provincia de Gangwon. Allí, más de 200 personas se reunieron para trabajar codo a codo en faenas rurales que, para los agricultores locales, no admiten demora: sembrar rábano, plantar plántulas de lechuga y retirar tallos de cultivos de fresa. No fue una visita ceremonial ni una actividad simbólica pensada solo para la fotografía; fue una jornada de trabajo manual organizada por la sede de Gangwon de la Federación Nacional de Cooperativas Agrícolas de Corea, conocida popularmente como NongHyup.

La actividad formó parte de una campaña de apoyo intensivo al trabajo agrícola en temporada alta, bautizada con una expresión muy coreana: “Nongsim Cheonsim”, una fórmula que puede entenderse como “el corazón del agricultor y el corazón del cielo”. Más que un eslogan, la frase resume una idea profundamente arraigada en el mundo rural coreano: que el trabajo del campo no depende solo del esfuerzo humano, sino también del ritmo de las estaciones, del clima y de una ética comunitaria de apoyo mutuo. En tiempos en que los alimentos aparecen en supermercados perfectamente iluminados, esta clase de escenas recuerda algo elemental: detrás de cada mesa servida hay manos, calendario y desgaste físico.

En el lugar estuvieron el presidente de NongHyup, Kang Ho-dong; el jefe regional en Gangwon, Kim Byeong-yong; integrantes de agrupaciones locales de amas de casa rurales y voluntarios universitarios, entre otros participantes. La presencia de autoridades podría sugerir una operación de imagen, pero el contenido de la jornada apunta en otra dirección. Los asistentes se distribuyeron en predios con déficit de mano de obra y participaron directamente en tareas agrícolas de alta sensibilidad temporal, esas que no pueden dejarse para la semana siguiente porque el cultivo no espera. En paralelo, la iniciativa se extendió a distintos puntos de Gangwon, donde más de 1.000 trabajadores y voluntarios del sistema cooperativo apoyaron a familias campesinas de la región.

El dato importa por dos razones. Primero, porque muestra que el problema de la mano de obra rural en Corea del Sur es lo suficientemente serio como para movilizar una respuesta coordinada. Segundo, porque revela un costado menos visible del país: el de una agricultura que sigue dependiendo de trabajo minucioso, en plena era de la inteligencia artificial y los semiconductores. Para lectores de América Latina y España, donde el debate sobre el campo suele oscilar entre el romanticismo y la crisis, la escena coreana resultará familiar: cuando falta gente para trabajar la tierra, lo que entra en tensión no es solo una economía regional, sino la seguridad alimentaria, la vida comunitaria y la continuidad de un modo de vida.

Gangwon y Pyeongchang: el otro rostro de una Corea conocida por sus ciudades

Para el público hispanohablante, Pyeongchang suele remitir de inmediato a los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018. Aquella vitrina global consolidó la imagen de una Corea moderna, organizada y capaz de producir grandes eventos con impecable precisión. Pero la noticia de esta semana muestra un rostro mucho menos televisivo y más cotidiano de esa misma geografía. Daegwallyeong, el área donde se realizó la jornada, es conocida por su agricultura de altura y por un clima más fresco que otras zonas del país, condiciones que han favorecido determinados cultivos y una dinámica rural muy marcada por las estaciones.

Gangwon, ubicada en el noreste surcoreano, es una provincia montañosa y de fuerte identidad agrícola. Si Seúl representa la aceleración urbana, Gangwon encarna el pulso más lento del territorio, donde el calendario no lo marcan tanto los anuncios corporativos como la lluvia, la temperatura del suelo y la ventana exacta para sembrar o trasplantar. En ese sentido, la imagen de Pyeongchang cambia radicalmente según el lente con que se mire: para el turista extranjero puede ser nieve, centros de esquí y memoria olímpica; para quienes viven allí, también es rábano, lechuga, fresas y jornadas largas bajo el sol de junio.

Ese contraste ayuda a entender por qué esta noticia tiene un interés que va más allá de lo local. Corea del Sur es con frecuencia presentada como sinónimo de urbanización extrema, conectividad y poder cultural. Y sin embargo, como ocurre en tantos países, la vida nacional no se sostiene solo en sus capitales ni en su industria estrella. También depende de territorios rurales que envejecen, de agricultores que enfrentan costos crecientes y de redes comunitarias llamadas a intervenir cuando la temporada alta aprieta. En América Latina este fenómeno no resulta ajeno: basta pensar en cómo la falta de relevo generacional golpea el campo en regiones de Chile, México, Colombia o España rural, donde cada vez cuesta más encontrar manos para labores intensivas.

La jornada de Daegwallyeong, en ese sentido, no es una postal exótica de Corea, sino una escena muy reconocible para cualquier sociedad que se pregunte quién producirá sus alimentos dentro de diez o veinte años. Lo coreano está en los códigos culturales específicos; el problema, en cambio, es universal.

“Hasta el atizador se levanta a ayudar”: una expresión popular que explica la urgencia del campo coreano

Uno de los elementos más reveladores de la jornada fue la frase citada por Kang Ho-dong, presidente de NongHyup: en junio, dijo, hay un viejo dicho coreano según el cual “hasta el atizador se levanta para ayudar”. La expresión, difícil de trasladar literalmente sin perder su fuerza, transmite una idea muy gráfica: durante la temporada más intensa de trabajo agrícola, todo lo que pueda convertirse en apoyo cuenta. Incluso un objeto doméstico inanimado, como el atizador de la chimenea o del fogón, parecería ponerse de pie para sumarse a la faena.

Para lectores hispanohablantes, la frase puede recordar refranes campesinos sobre los días en que “no dan las manos” o esas épocas del año en que “hay que aprovechar cada hora de luz”. Su valor no es anecdótico. En Corea, como en muchas tradiciones agrarias, los dichos populares condensan una experiencia histórica de supervivencia: si se pierde la ventana de siembra o de manejo del cultivo, las consecuencias se arrastran por toda la temporada. Por eso, cuando una institución convoca a cientos de personas en junio, no lo hace solo porque el campo “necesite ayuda” en abstracto, sino porque está respondiendo a un calendario biológico innegociable.

La campaña “Nongsim Cheonsim” también merece una explicación. En la cultura coreana, este tipo de fórmulas suelen mezclar resonancias morales, afectivas y casi filosóficas. “Nongsim” alude al sentir del agricultor, al corazón de quien trabaja la tierra; “Cheonsim” remite, de manera amplia, al “corazón del cielo”, una expresión que puede leerse como la voluntad de la naturaleza, el orden estacional o un sentido de armonía mayor. No se trata, por tanto, de una consigna tecnocrática sobre productividad, sino de una narrativa que busca reforzar la idea de que acompañar al campo es también respetar el equilibrio entre trabajo humano y tiempo natural.

Ese lenguaje puede sonar solemne para públicos acostumbrados a campañas institucionales más frías, pero ayuda a comprender cómo Corea del Sur sigue apelando a repertorios simbólicos tradicionales para enfrentar problemas muy contemporáneos. En un país hiperdigitalizado, la legitimidad de una movilización rural no solo se construye con cifras, sino también con una ética de comunidad. Y en ese punto la noticia dialoga con sensibilidades muy nuestras: en América Latina, por ejemplo, todavía persiste la idea de que el campo no es solo un sector económico, sino un espacio de identidad, memoria y arraigo.

Sembrar, trasplantar y podar: labores pequeñas en apariencia, decisivas en la práctica

Las tareas realizadas durante la jornada permiten leer con bastante precisión la realidad del trabajo agrícola coreano. Los participantes ayudaron a sembrar rábano, a plantar plántulas de lechuga y a retirar tallos en cultivos de fresa. Vista desde lejos, la lista puede parecer modesta. Sin embargo, cada una de esas labores corresponde a momentos críticos del ciclo productivo y exige una intervención oportuna.

La siembra de rábano define el arranque del cultivo. En Corea, el rábano no es un producto menor ni un ingrediente periférico: forma parte central de la alimentación cotidiana y aparece en múltiples preparaciones, incluido el universo del kimchi, tal vez uno de los alimentos más emblemáticos del país. Pensar en rábano en Corea es, en cierto modo, pensar en cocina doméstica, en mesa compartida y en cadena alimentaria básica. Que se requiera apoyo para esa labor indica hasta qué punto el problema de la mano de obra alcanza el corazón de la producción cotidiana.

La plantación de plántulas de lechuga también tiene una relevancia especial. La lechuga es indispensable en la cultura del samgyeopsal y otras comidas donde las hojas sirven para envolver carne, arroz o acompañamientos. Para quien observa Corea desde el exterior, estos detalles culinarios son útiles porque conectan el trabajo del campo con prácticas muy conocidas de la vida social coreana. Lo que en la mesa urbana parece una hoja fresca y abundante comienza, en realidad, en una serie de gestos repetitivos y físicamente exigentes sobre la tierra.

En el caso de la fresa, la eliminación de tallos o estolones corresponde a un manejo fino del cultivo, difícil de mecanizar completamente. Es un ejemplo claro de cómo la agricultura moderna sigue necesitando observación cercana y trabajo manual. No todo puede resolverse con maquinaria; hay procesos en los que la intervención humana sigue siendo más eficiente o menos dañina para la planta. Esta persistencia del trabajo delicado en el campo desmiente la idea de que el desarrollo tecnológico elimina automáticamente la dependencia de mano de obra.

Para América Latina y España, donde también existen cultivos que demandan labores manuales de precisión —desde la poda en viñedos hasta la cosecha selectiva de frutas o el trasplante hortícola—, el cuadro coreano se entiende sin dificultad. La modernización, en muchos casos, convive con tareas que siguen requiriendo paciencia, experiencia y muchas horas de pie. Lo que cambia son los contextos nacionales; la presión sobre el agricultor, en cambio, suele parecerse bastante.

Envejecimiento, costos laborales y clima extremo: una tormenta perfecta para los agricultores

Si hubo una idea de fondo en esta movilización, fue la constatación de que la agricultura surcoreana enfrenta una crisis compleja y no un problema aislado. Kang Ho-dong resumió tres factores clave: envejecimiento rural, aumento de los costos laborales y anomalías climáticas. Tomados en conjunto, estos elementos dibujan una tormenta perfecta que no solo afecta a Corea del Sur, sino a buena parte del mundo agrícola contemporáneo.

El envejecimiento de la población rural es probablemente el dato más estructural. En Corea, como en tantos otros países, los jóvenes han migrado durante décadas hacia las ciudades en busca de empleo, educación y mejores perspectivas de vida. El resultado es un campo cada vez más sostenido por personas mayores, muchas de ellas con una enorme experiencia, pero con menos capacidad física para absorber temporadas intensivas sin apoyo externo. Cuando faltan hijos, sobrinos o vecinos jóvenes que continúen el trabajo, la vulnerabilidad se multiplica.

A eso se suma el encarecimiento de la mano de obra. Incluso cuando una familia agrícola logra contratar ayuda, el costo puede convertirse en una carga pesada para explotaciones de escala limitada. Este dilema es conocido en muchas economías agrarias: producir alimentos baratos para el consumidor urbano mientras aumentan los costos de quienes los producen. La ecuación se vuelve todavía más tensa cuando la agricultura no tiene suficiente margen de rentabilidad para absorber subidas salariales, combustibles, fertilizantes o transporte.

El tercer factor, el clima, agrega incertidumbre a todo lo anterior. Corea del Sur, igual que otros países asiáticos, está sintiendo con mayor frecuencia los efectos de eventos meteorológicos extremos, cambios bruscos de temperatura y alteraciones en los ciclos estacionales. Para el agricultor, eso significa que la planificación tradicional pierde estabilidad. Si antes ya era difícil coordinar siembras, trasplantes y cuidados del cultivo con poca mano de obra, hacerlo en un contexto de clima errático multiplica el riesgo.

La combinación de personas mayores, costos crecientes y clima impredecible produce un efecto de desgaste que las instituciones coreanas parecen haber leído con claridad. De ahí que la respuesta no se limite a discursos sobre eficiencia o competitividad, sino que incluya brigadas de apoyo humano. Puede que una jornada de voluntariado no resuelva problemas estructurales, pero sí alivia cuellos de botella muy concretos en días decisivos. Y a veces, en agricultura, salvar un día es salvar una cosecha.

La alianza entre cooperativas, amas de casa rurales y universitarios

Otro aspecto llamativo de la jornada fue la diversidad de actores involucrados. No solo participaron empleados del sistema cooperativo de NongHyup, sino también organizaciones como las agrupaciones de amas de casa rurales y estudiantes universitarios voluntarios. Esa mezcla habla de una modalidad de solidaridad social bastante característica de Corea del Sur, donde las instituciones suelen articular redes comunitarias amplias cuando se trata de campañas de interés público.

La presencia de estudiantes tiene una carga simbólica particular. En una sociedad donde muchos jóvenes crecen completamente alejados del trabajo agrícola, la experiencia de pisar un predio, agacharse para trasplantar o seguir el ritmo de una jornada campesina puede funcionar como un recordatorio concreto de cómo se sostiene la vida cotidiana. Para un país intensamente urbano, esta clase de iniciativas también cumple una función pedagógica: acercar a nuevas generaciones a una realidad que normalmente se ve solo empaquetada en el supermercado o convertida en plato servido.

La participación de grupos de mujeres vinculadas al mundo rural también merece atención. En muchas sociedades campesinas, incluidas las latinoamericanas, las mujeres han sido históricamente sostén del tejido comunitario, del trabajo invisible y de las redes de cuidado que permiten que la producción continúe. Que en Corea aparezcan en este tipo de jornadas no es un detalle accesorio, sino una señal de que la respuesta al déficit de mano de obra no se piensa únicamente desde la estructura formal de una gran organización, sino desde el entramado social que rodea al campo.

En este punto, el caso coreano ofrece una lección interesante para públicos hispanohablantes. Cuando las crisis rurales se observan solo desde la estadística —edad promedio del agricultor, costos por hectárea, productividad por cultivo— se pierde de vista que la resiliencia del campo depende también de vínculos, pertenencia y cooperación. La jornada de Gangwon fue, en esencia, una cadena de manos. Y ese dato, aunque suene menos espectacular que una cifra macroeconómica, es a menudo el que determina si una comunidad logra sostener su ritmo de trabajo en momentos críticos.

Más de 1.000 personas en toda la provincia: una señal de escala y de advertencia

Si el evento de Daegwallyeong reunió a unas 200 personas, el movimiento más amplio en Gangwon alcanzó a más de 1.000 participantes entre trabajadores de NongHyup y voluntarios. Esa extensión provincial convierte la noticia en algo más que un apoyo puntual a una granja específica. Habla de una necesidad extendida, de un esfuerzo organizado para responder simultáneamente a la temporada alta en varios frentes y de una institucionalidad consciente de que el problema no puede tratarse como un caso excepcional.

Conviene, eso sí, no sobredimensionar lo que no fue informado. Las autoridades no detallaron cuántas explotaciones fueron beneficiadas, qué superficie se trabajó ni qué continuidad tendrá el plan en las próximas semanas. Desde un punto de vista periodístico, lo más prudente es ceñirse a los datos disponibles: hubo una movilización numerosa, se realizaron trabajos agrícolas concretos y el mensaje oficial apuntó a aliviar dificultades provocadas por envejecimiento, alza de costos y clima adverso. Eso ya es suficientemente revelador.

La gran pregunta es qué dice esta escena sobre el futuro de la agricultura coreana. A corto plazo, muestra capacidad de reacción y una cultura cooperativa todavía activa. A mediano y largo plazo, sin embargo, deja planteado un desafío mayor: ningún sistema alimentario puede depender indefinidamente de jornadas extraordinarias de apoyo para resolver déficits recurrentes de mano de obra. Tarde o temprano, Corea —como tantos otros países— tendrá que profundizar el debate sobre relevo generacional, mecanización posible, condiciones de vida en el campo y valorización social del trabajo agrícola.

Para quienes leen esta historia desde América Latina o España, la resonancia es inmediata. En nuestras sociedades también persiste una contradicción incómoda: se celebra la gastronomía, se sofistican los hábitos de consumo y se discute sobre sostenibilidad, pero no siempre se mira con la misma atención a quienes siembran, podan, cargan y sostienen los tiempos duros del calendario agrícola. La escena de Gangwon, con voluntarios inclinados sobre la tierra en pleno junio, recuerda una verdad sencilla y poderosa: ningún país, por moderno que sea, puede darse el lujo de olvidar a su campo.

En Corea del Sur, esa verdad se expresó esta vez no en un gran anuncio de política industrial ni en una feria tecnológica, sino en una jornada de trabajo colectivo entre cultivos de rábano, lechuga y fresa. Tal vez por eso la noticia resulta tan elocuente. Porque detrás del brillo global de la cultura coreana, hay también un país que sigue dependiendo de las estaciones, de las cooperativas y de la solidaridad concreta. Y porque, al final del día, la modernidad también se mide por la forma en que una sociedad cuida a quienes garantizan su alimento.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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