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Una catástrofe distinta a la que Nepal aprendió a reconstruir
La gran inundación que golpeó Nepal no solo destruyó viviendas, caminos y servicios básicos. En algunas zonas se llevó el espacio físico sobre el que descansaba la vida comunitaria: aldeas, terrenos, rutas y puntos de referencia desaparecieron bajo el agua o quedaron transformados por completo. Esa diferencia explica por qué trabajadores humanitarios con décadas de experiencia evitan poner una fecha al final de la emergencia. No se trata únicamente de reparar lo que quedó en pie, sino de determinar dónde y cómo puede volver a existir una comunidad.
Moon Gwang-jin, un cooperante surcoreano que lleva más de veinte años realizando labores de ayuda en el distrito de Lalitpur, en la provincia de Bagmati, describió la duración de la recuperación como algo imposible de calcular. Su comparación inmediata es el terremoto de magnitud 7,8 que devastó Nepal en 2015. Aquel desastre causó alrededor de 8.900 muertes, dañó cerca de un millón de edificios y dejó a más de cuatro millones de personas viviendo durante más de un año en tiendas o construcciones provisionales. Aproximadamente un millón de estudiantes perdió sus aulas y el coste de la reconstrucción fue estimado en 9.000 millones de dólares.
Incluso ante esas cifras, las operaciones de socorro vinculadas al terremoto pudieron darse prácticamente por concluidas después de unos tres años. La razón no fue que la recuperación resultara sencilla, sino que existía una referencia territorial: las casas se habían derrumbado en los lugares donde estaban construidas y las aldeas, aunque reducidas a escombros, seguían figurando sobre el terreno. En la inundación actual, según el testimonio recogido por la agencia surcoreana Yonhap, hay localidades cuyo sustento material fue arrasado. La reconstrucción comienza así con una pregunta más elemental: ¿hay un lugar seguro al que regresar?
La distinción es crucial. Tras un terremoto, reconstruir suele significar levantar nuevamente viviendas, escuelas y centros de salud, además de reforzar las normas de edificación. Después de una inundación que altera cauces, erosiona laderas o elimina superficies habitables, reproducir el asentamiento anterior puede resultar imposible o peligroso. Antes de colocar el primer ladrillo es necesario estudiar el nuevo terreno, evaluar riesgos y decidir si una población debe volver, desplazarse temporalmente o ser reubicada de manera permanente. Cada una de esas opciones tiene consecuencias económicas, jurídicas y culturales.
Caminar cuatro días para alcanzar un refugio
Las labores de emergencia se concentran actualmente en Bidur y Trishuli Bazar, en el distrito de Nuwakot, perteneciente también a la provincia de Bagmati. Bidur se encuentra cerca de la base militar de Trishuli, desde donde despegan diariamente helicópteros para buscar personas desaparecidas. Trishuli Bazar, un núcleo comercial situado aproximadamente seis kilómetros río arriba, se ha convertido en un punto de llegada para sobrevivientes. Escuelas e iglesias funcionan como alojamientos improvisados ante la concentración de desplazados.
Para comprender la magnitud del desafío conviene mirar más allá de las distancias que aparecen en un mapa. Nepal es un país atravesado por el Himalaya y por una red de valles y ríos que condiciona los desplazamientos. Una ruta de cincuenta kilómetros puede convertirse en una travesía de varios días cuando las carreteras desaparecen, los puentes quedan inutilizados y solo permanecen senderos de montaña. Residentes que escaparon de áreas situadas río arriba, entre ellas los alrededores de Dhunche, caminaron entre 50 y 60 kilómetros. Algunos necesitaron de dos a cuatro días para llegar a una zona de evacuación.
La fuerza del agua descendió por el río Trishuli desde las zonas altas hacia las bajas. De acuerdo con la información aportada por Moon, en el sector oriental del río se registró una mayor cantidad de muertos y desaparecidos, mientras que en Trishuli Bazar, al oeste, habría logrado sobrevivir un número relativamente mayor de personas. La geografía, en este contexto, no es un simple telón de fondo: puede decidir quién alcanza una ruta de salida, cuánto tarda en llegar la ayuda y qué comunidades permanecen invisibles para los equipos de rescate.
Esta clase de aislamiento resulta familiar para los lectores de países andinos y centroamericanos, donde una carretera interrumpida por un deslizamiento puede separar durante días a pequeñas localidades. También tiene resonancias en España, donde episodios de lluvias torrenciales y crecidas súbitas han mostrado que unos pocos kilómetros pueden marcar una diferencia crítica cuando fallan accesos, puentes y comunicaciones. Las escalas y condiciones no son idénticas, pero la lección operativa sí es comparable: la distancia real de una emergencia se mide en horas de acceso, no en kilómetros.
El uso diario de helicópteros revela hasta qué punto el transporte terrestre es insuficiente. Sin embargo, los medios aéreos tampoco resuelven por sí solos el problema. Tienen capacidad limitada, dependen del tiempo y requieren lugares adecuados para aterrizar o lanzar suministros. Además, localizar supervivientes desde el aire no sustituye la tarea de recorrer comunidades, registrar nombres, identificar familias separadas y verificar qué asentamientos continúan habitables.
Sobrevivir es apenas el comienzo de la emergencia
Quienes consiguen llegar a Trishuli Bazar dejan atrás una zona de peligro inmediato, pero entran en una segunda fase de incertidumbre. Muchos huyeron sin tiempo para reunir documentos, medicamentos, ropa o herramientas de trabajo. En los refugios temporales se debe averiguar de qué aldea procede cada persona, qué familiares faltan y si existe todavía una vivienda o un terreno al que pueda regresar. Cuando el recorrido desde las localidades afectadas requiere varios días a pie, incluso elaborar un censo básico se vuelve una operación lenta.
Moon relató que numerosos habitantes de las cercanías de Ramche y Dhunche descendieron hacia zonas más accesibles. También dijo haber recibido el testimonio de que, en una aldea de 150 hogares, solo habrían sobrevivido residentes de 25 familias, mientras que los demás estarían muertos o desaparecidos. Esta información no constituye un balance oficial consolidado y debe ser tratada como un relato recogido sobre el terreno. Aun así, permite dimensionar la posible destrucción a escala comunitaria y la dificultad de comprobar lo ocurrido en asentamientos todavía aislados.
La precisión importa tanto como la rapidez. Si las autoridades y organizaciones contabilizan únicamente a quienes llegan a los refugios, las necesidades de las zonas incomunicadas aparecerán tarde o quedarán subestimadas. Al mismo tiempo, no es posible desatender los centros de evacuación, donde hacen falta alimentos, agua potable, saneamiento, atención médica, protección y apoyo para niños, personas mayores y pacientes con enfermedades crónicas. El desafío consiste en sostener ambas operaciones: asistir a la población visible y buscar a quienes siguen fuera del alcance de los equipos.
El uso de escuelas como refugios ofrece protección inmediata, pero puede generar un nuevo problema si el desplazamiento se prolonga. Los estudiantes pierden espacios de aprendizaje y las comunidades pierden uno de sus principales centros de organización. Lo mismo ocurre con las iglesias, que en Nepal pueden servir como puntos de reunión y asistencia, aunque el país tenga una población mayoritariamente hinduista y una importante tradición budista. Transformar esos edificios en alojamientos de emergencia es indispensable durante los primeros días; mantenerlos ocupados durante meses exige encontrar alternativas para que la educación y la vida comunitaria continúen.
La ayuda humanitaria, por tanto, no termina cuando se entrega una bolsa de comida. Incluye garantizar agua segura para prevenir enfermedades, mantener instalaciones sanitarias, recuperar comunicaciones, reunir familias y establecer mecanismos de identificación para muertos y desaparecidos. Después llega una etapa todavía más compleja: sustituir el refugio colectivo por una solución de vivienda que no convierta lo provisional en permanente.
Reconstruir una aldea no equivale a construir casas
Una comunidad rural es más que la suma de sus edificios. Incluye tierras de cultivo, fuentes de agua, rutas hacia mercados, espacios religiosos, escuelas, redes familiares y formas de cooperación desarrolladas durante generaciones. Si una inundación elimina o vuelve inseguro ese territorio, trasladar a sus habitantes a otro sitio puede protegerlos físicamente, pero también romper su economía y su organización social.
Por eso el concepto de recuperación debe ampliarse. El primer paso es completar el mapa de daños: qué localidades fueron arrasadas, cuáles quedaron aisladas y cuáles podrían sufrir nuevos deslizamientos o crecidas. Después se necesita saber si los terrenos siguen siendo habitables. Solo entonces resulta razonable decidir dónde reconstruir viviendas y servicios. Hacerlo antes, bajo la presión de ofrecer una respuesta rápida, podría reinstalar a familias en zonas expuestas a otro desastre.
También existen preguntas sobre la propiedad. Cuando desaparecen caminos, parcelas y referencias físicas, demostrar dónde comenzaba un terreno o quién tenía derecho a utilizarlo puede volverse difícil, sobre todo si se perdieron documentos. En muchas sociedades rurales, además, el acceso a la tierra no depende únicamente de un título formal, sino de acuerdos familiares y prácticas comunitarias. Cualquier reubicación deberá considerar esas realidades para evitar que los supervivientes pierdan, junto con su hogar, la base legal o tradicional de su sustento.
La comparación con 2015 deja de ser entonces una competencia entre tragedias. El terremoto fue extraordinariamente mortífero y costoso, pero ofrecía un perímetro reconocible para la reconstrucción. La inundación plantea un problema territorial: quizá no sea viable rehacer ciertas poblaciones donde estaban. Por eso la experiencia acumulada tras el sismo ayuda en logística, coordinación y atención a desplazados, pero no permite trasladar automáticamente calendarios ni presupuestos.
La afirmación de que no es posible prever cuánto durará la recuperación no debe entenderse como una expresión retórica de pesimismo. Resume la ausencia de información elemental. Mientras no se conozca la cantidad de comunidades inaccesibles, el número de personas desaparecidas, el estado de las laderas y la disponibilidad de suelo seguro, cualquier plazo sería especulativo. En una emergencia de esta naturaleza, terminar de comprender el desastre forma parte del propio rescate.
Qué significa para América Latina y España
La situación de Nepal ofrece una advertencia directa para el mundo hispanohablante, aunque no exista una equivalencia automática entre territorios. América Latina reúne cordilleras, cuencas tropicales, costas vulnerables y extensas zonas rurales con accesos limitados. España, por su parte, conoce los efectos de las crecidas repentinas y de los episodios de lluvias intensas sobre áreas urbanizadas. En ambos casos, la experiencia nepalí obliga a pensar la respuesta no solo en función del número de viviendas dañadas, sino de la posible desaparición de barrios, caminos productivos y redes comunitarias.
Para las audiencias latinoamericanas, acostumbradas a ver campañas solidarias después de terremotos, huracanes, inundaciones o erupciones volcánicas, el caso ayuda a distinguir entre ayuda inmediata y reconstrucción. Donar alimentos, mantas o recursos durante las primeras semanas es esencial, pero la fase menos visible puede durar años. La recuperación necesita catastros actualizados, escuelas provisionales, atención de salud mental, sistemas de agua, nuevas conexiones viales y alternativas de empleo. Cuando la atención mediática se desplaza hacia otra crisis, esas necesidades permanecen.
También hay una lección para empresas de construcción, ingeniería, telecomunicaciones, transporte y gestión de agua de España y América Latina. La fuente surcoreana no informa de contratos ni de una participación empresarial hispana en esta emergencia, por lo que sería impropio presentarla como una oportunidad comercial inmediata. Sin embargo, el tipo de daño muestra qué capacidades se vuelven decisivas en la recuperación de largo plazo: cartografía, evaluación geotécnica, comunicaciones de emergencia, sistemas de alerta, puentes modulares, saneamiento y diseño de asentamientos resistentes.
Una eventual colaboración internacional debe evitar el error de exportar soluciones sin adaptación local. Un modelo de vivienda utilizado en Chile, México, Colombia o España no puede instalarse sin considerar el clima, los materiales disponibles, las prácticas culturales y la economía doméstica de las familias nepalesas. La cooperación útil no consiste en imponer una plantilla, sino en combinar conocimiento técnico externo con decisiones de las comunidades afectadas. Esto es especialmente importante si la reconstrucción implica abandonar tierras ancestrales o modificar actividades agrícolas y comerciales.
El público hispanohablante vinculado a la cultura asiática también tiene un papel. La llamada Ola Coreana, conocida como Hallyu, ha creado en América Latina y España comunidades muy activas alrededor del K-pop, las series, el cine y la gastronomía de Corea del Sur. Hallyu significa literalmente “ola coreana” y describe la expansión internacional de productos culturales surcoreanos. Esa conexión suele concentrarse en el entretenimiento, pero noticias como esta muestran otra dimensión de los vínculos con Asia: profesionales coreanos que trabajan durante décadas en otros países del continente y medios de Seúl que convierten sus testimonios en información internacional.
El hecho de que una voz surcoreana contribuya a documentar la emergencia no convierte el desastre nepalí en una historia sobre Corea. El centro sigue siendo la población de Nepal. No obstante, para el fandom latino y español puede ser un recordatorio de que el interés por Asia no termina en los escenarios o las plataformas de streaming. Seguir fuentes asiáticas, verificar campañas de ayuda y comprender la diversidad del continente permite construir una relación menos superficial con la región.
En términos diplomáticos, la crisis también pone de relieve el valor de la cooperación entre países con experiencia en desastres. Corea del Sur, España y numerosas naciones latinoamericanas han desarrollado conocimientos distintos en infraestructura, protección civil y respuesta humanitaria. La noticia no permite afirmar que exista una iniciativa conjunta específica para Nepal, pero sí muestra un terreno en el que las relaciones con Corea pueden trascender el comercio y la cultura popular. La prevención de riesgos y la reconstrucción resiliente son áreas donde el intercambio técnico puede adquirir mayor importancia.
El papel de Corea y una mirada asiática más amplia
La cobertura de Yonhap se apoya en el testimonio de Moon, cuya presencia de más de veinte años en Lalitpur aporta continuidad. En catástrofes de acceso restringido, los trabajadores que conocen el territorio pueden interpretar cambios que una misión recién llegada no detectaría. Saben cuánto duraban antes los trayectos, dónde se encontraban las aldeas, qué edificios servían como punto de encuentro y qué comunidades solían depender de una misma ruta.
Esa experiencia también explica el peso de su comparación con el terremoto de 2015. No habla únicamente desde el recuerdo de una noticia internacional, sino desde labores de socorro realizadas en el país. Cuando sostiene que la recuperación actual no puede preverse, su valoración se basa en la diferencia entre encontrar edificios derrumbados y encontrar localidades cuyo espacio vital ha desaparecido.
Para Corea del Sur, un país cuya presencia internacional ha crecido junto con sus empresas y su industria cultural, este tipo de cobertura amplía el debate sobre su papel global. La cooperación humanitaria suele recibir mucha menos atención que la música, la tecnología o las grandes marcas. Sin embargo, es una dimensión relevante de la relación contemporánea entre sociedades asiáticas. Nepal no aparece aquí como un escenario secundario de la expansión coreana, sino como un país cuya emergencia es observada a través de una persona que ha permanecido allí durante dos décadas.
Para los medios y lectores en español, consultar perspectivas producidas en Asia puede aportar testimonios que no siempre llegan a través de las agencias occidentales. Esa apertura exige mantener los mismos criterios periodísticos: diferenciar datos oficiales de relatos locales, señalar qué cifras están confirmadas y evitar que una experiencia individual sustituya la evaluación completa. El testimonio sobre la aldea de 150 hogares es impactante precisamente por eso, pero debe permanecer identificado como información recibida en el terreno y no como estadística definitiva.
Lo que habrá que observar en los próximos meses
La primera señal será la capacidad de completar un registro de comunidades afectadas. Mientras haya localidades sin contacto, el balance humano y material seguirá abierto. Los vuelos de búsqueda, las expediciones por tierra y los testimonios de desplazados tendrán que integrarse en una misma base de información. No basta con contar cuántas personas llegan a cada refugio; es necesario detectar quién falta.
La segunda será la definición de zonas habitables. Los estudios del terreno determinarán si los pueblos pueden reconstruirse en sus emplazamientos originales o si deberán trasladarse. Esta decisión condicionará el coste total, la duración de las obras y el futuro económico de miles de personas. Una reubicación sin tierras productivas, agua o acceso a mercados puede crear asentamientos físicamente seguros pero socialmente inviables.
La tercera será la continuidad de la educación. Si escuelas e iglesias permanecen como refugios, harán falta aulas temporales y mecanismos para evitar una interrupción prolongada. Nepal ya vivió en 2015 el impacto de una catástrofe sobre cerca de un millón de estudiantes sin aulas. Repetir una pérdida educativa de larga duración ampliaría las desigualdades y dificultaría el retorno a la normalidad.
La cuarta será la transición desde la solidaridad urgente hacia la financiación sostenida. Los desastres reciben atención cuando circulan imágenes de rescates, pero la reconstrucción de carreteras, sistemas de agua y viviendas seguras requiere recursos durante años. En ese momento, la transparencia en el uso de fondos y la participación de los habitantes serán tan importantes como la cantidad recaudada.
Finalmente, habrá que observar si la recuperación incorpora prevención. Reconstruir exactamente igual puede ser más rápido, pero no necesariamente más seguro. Sistemas de alerta temprana, rutas alternativas, comunicaciones resistentes y planes de evacuación deben formar parte del nuevo mapa. La resiliencia, término frecuente en la gestión de desastres, no significa pedir a las víctimas que soporten mejor las pérdidas. Significa reducir de manera concreta la posibilidad de que vuelvan a sufrirlas.
La inundación de Nepal plantea así una pregunta que trasciende sus fronteras: ¿cómo se reconstruye una comunidad cuando el territorio que la sostenía deja de existir? La respuesta no llegará con una cifra única ni con una fecha de cierre. Dependerá de localizar a quienes siguen aislados, escuchar a los supervivientes, recuperar servicios y decidir con ellos dónde puede recomenzar la vida. Para América Latina, España y Corea del Sur, seguir ese proceso será también una oportunidad de revisar cómo entendemos la ayuda internacional: no como la entrega momentánea de bienes, sino como el compromiso prolongado de devolver seguridad, autonomía y futuro.
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