Choi Ik-hyeon: el defensor de Corea que desafió al poder sin renunciar al viejo orden

Choi Ik-hyeon: el defensor de Corea que desafió al poder sin renunciar al viejo orden

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Una vida que obliga a mirar más allá de la Corea del entretenimiento

Mucho antes de que Corea del Sur proyectara su cultura mediante canciones, series y películas, la supervivencia política de la península se discutía entre palacios, academias confucianas y grupos de resistencia armada. La trayectoria de Choi Ik-hyeon permite acercarse a ese pasado sin reducirlo a una historia de héroes y villanos. Funcionario, crítico de los gobernantes y dirigente de milicias contra la dominación japonesa, defendió la soberanía de su país desde unas convicciones que también lo llevaron a rechazar reformas y movimientos populares.

Nacido en 1834, Choi atravesó la crisis final de Joseon, la dinastía que precedió al Imperio de Corea. Su oposición al acuerdo impuesto por Japón en 1905, conocido como Tratado de Eulsa, lo situó entre las figuras emblemáticas de la resistencia. Aquel instrumento privó a Corea de soberanía diplomática y estableció un protectorado japonés. La denominación coreana Eulsa neugyak subraya precisamente su carácter coercitivo: no presenta el pacto como un entendimiento entre iguales, sino como una imposición.

Para el público hispanohablante que llega a Corea a través de la ola cultural conocida como hallyu, esta biografía abre una pregunta importante: ¿cómo se construyó la defensa de una identidad nacional antes de convertirse en una presencia cultural global? La respuesta exige reconocer una tensión. Choi combatió la subordinación extranjera, pero no buscaba una sociedad democrática e igualitaria en el sentido contemporáneo. Quería preservar un orden moral y político que consideraba legítimo.

La educación de un niño pobre y el deber de cuidar el país

Choi nació el 14 de enero de 1834 en Pocheon, en la actual provincia de Gyeonggi. Su familia tenía recursos limitados y se trasladó por distintas localidades durante su infancia. Esa precariedad convivió con una formación intelectual exigente. A los catorce años, por indicación de su padre, ingresó en el círculo del erudito Yi Hang-ro, una figura decisiva para entender sus elecciones posteriores.

Su aprendizaje se apoyó en textos del neoconfucianismo, la tradición que organizaba buena parte de la educación, la ética y la legitimidad política de Joseon. No se trataba únicamente de estudiar filosofía: aquellos libros ofrecían criterios para gobernar, ordenar las relaciones familiares y juzgar la conducta de los funcionarios. Una enseñanza resumía el vínculo entre esos ámbitos: amar al soberano como a un padre y preocuparse por el país como por la propia casa.

Para lectores de América Latina y España, puede ser útil pensar en una educación donde la formación moral y el acceso al servicio público resultaban inseparables. Sin embargo, no conviene equiparar este sistema con las instituciones religiosas o administrativas del mundo hispánico. Tenía sus propias jerarquías, debates y linajes intelectuales. Choi quedó vinculado a la corriente Noron, una agrupación político-académica cuya defensa de la ortodoxia marcaría tanto su integridad personal como su intolerancia frente a posiciones rivales.

El funcionario que cuestionó el costo del esplendor real

En 1855, Choi destacó en una prueba de interpretación de los clásicos y obtuvo acceso a la etapa del examen que le permitió iniciar su carrera oficial. El sistema de exámenes de Joseon vinculaba el dominio de determinados conocimientos con el ingreso a la burocracia. A lo largo de su trayectoria ocupó cargos centrales y provinciales, incluidos puestos destinados a señalar faltas de otros funcionarios y a presentar críticas al gobierno.

Su relación con Heungseon Daewongun, padre del rey Gojong y principal figura del poder durante la primera etapa de su reinado, comenzó con apoyo y terminó en confrontación. Choi había respaldado sus reformas frente al predominio de la familia Kim de Andong. Después se distanció, en parte por la incorporación de sectores rivales de los Noron. La discrepancia, por tanto, no fue exclusivamente una batalla abstracta por el buen gobierno: también estuvo atravesada por lealtades de grupo.

Sus objeciones a la reconstrucción del palacio Gyeongbokgung, sin embargo, abordaron problemas muy concretos. En 1868 denunció el consumo de recursos, las dificultades de subsistencia de quienes eran movilizados para trabajar y el aumento de precios asociado a la emisión de la moneda dangbaekjeon. El contraste entre una obra monumental y su costo social resulta reconocible para cualquier audiencia hispanohablante. Choi preguntaba, en términos propios de su tiempo, quién pagaba el esplendor del poder y qué obligaciones tenía el gobernante frente a sus súbditos.

Criticar al soberano desde la lealtad a la monarquía

Una herramienta central de su actuación fue el sangso: un escrito formal elevado al monarca para exponer críticas, advertencias o propuestas. No equivalía a una columna de opinión ni a una intervención parlamentaria. Era un mecanismo de comunicación política dentro de una monarquía, donde el funcionario podía reivindicar su deber moral de corregir al poder sin cuestionar necesariamente la institución real.

En 1873, una de esas intervenciones contribuyó a una transformación decisiva de la corte. Choi sostuvo que Gojong ya había alcanzado la edad para gobernar y que su padre no tenía razones para seguir ejerciendo la regencia. La reina, conocida posteriormente como emperatriz Myeongseong, había buscado su participación en la ofensiva contra Daewongun. El respaldo de Gojong y del entorno de la familia Min convirtió el escrito en una pieza de la disputa que terminó con diez años de predominio del regente.

Pero Choi tampoco permaneció dócil ante quienes se beneficiaron del cambio. Criticó la gestión de altos funcionarios y después los errores de la propia familia Min. Tras recibir ascensos y reconocimiento, acabó interrogado y desterrado a Jeju. La modalidad de castigo, llamada wiri anchi, restringía sus movimientos mediante un recinto cercado alrededor de su alojamiento. Su recorrido muestra que la franqueza podía ser premiada cuando servía a una coalición y castigada cuando amenazaba al nuevo equilibrio de poder.

El hacha ante el palacio y el rechazo a la apertura

En 1876, Choi llevó su oposición al Tratado de Ganghwa hasta la puerta de Gwanghwamun, acceso principal al palacio Gyeongbokgung. Se presentó con un hacha y un escrito en el que enumeraba cinco razones para rechazar la apertura comercial. El gesto expresaba su disposición a morir antes que aceptar el rumbo propuesto. Su protesta se dirigía tanto contra la presión japonesa como contra las autoridades coreanas dispuestas a establecer ese marco de relaciones.

El episodio encarna la doctrina conocida como wijeong cheoksa: preservar lo considerado correcto y rechazar las ideas o fuerzas juzgadas heterodoxas. En su caso, lo correcto era el orden neoconfuciano. La defensa territorial, la lealtad al monarca y la protección de una tradición moral formaban parte de un mismo proyecto. Por eso sería incompleto describirlo como un opositor a un tratado comercial específico o como un nacionalista idéntico a los del siglo XX.

Su advertencia sobre los peligros de la penetración extranjera encontró sustento en el avance posterior de las presiones económicas, políticas y militares. Pero ese desarrollo no convierte automáticamente en acertadas todas sus posiciones. Choi rechazaba también la entrada de ideas y prácticas occidentales por considerarlas corruptoras. La apertura que combatía ocurría bajo fuertes desigualdades de poder; aun así, su alternativa no consistía en negociar una modernización plural, sino en proteger un orden heredado. Por su oposición fue confinado en Heuksando y recuperó la libertad en 1879.

Un resistente antijaponés que no era un reformista social

La trayectoria de Choi obliga a separar dos cuestiones que suelen mezclarse: defender la autonomía de un país y defender transformaciones internas. Podían coincidir, pero no eran lo mismo. Su rechazo a la injerencia extranjera convivió con una oposición firme al movimiento campesino Donghak de 1894. Tampoco aceptó las reformas Gabo, impulsadas en un contexto de intervención japonesa, ni las posteriores medidas que alteraban costumbres tradicionales.

Su resistencia al decreto de corte de cabello requiere una explicación cultural. En la tradición confuciana, el cuidado del cuerpo recibido de los padres tenía un significado moral, y el cabello formaba parte de esa obligación. Por ello, imponer un nuevo peinado no se percibía necesariamente como una simple actualización estética. Podía entenderse como una agresión a la piedad filial, a la identidad social y a la capacidad de decidir sobre las propias costumbres.

También hay límites evidentes en su actuación política. Se opuso con dureza a la rehabilitación de figuras asociadas a corrientes rivales e incluso reclamó castigos por traición para quienes promovían esas revisiones. Su defensa de los principios estaba ligada a una concepción excluyente de la legitimidad. Reconocer esta dimensión no borra su resistencia antijaponesa; permite comprenderla mejor. Los personajes históricos no tienen por qué encajar en las categorías actuales de progresista o conservador para merecer un análisis riguroso de sus decisiones y contradicciones.

Los uibyeong: tomar las armas en nombre del deber

Cuando distintas regiones vieron surgir grupos armados contra las reformas y la intervención extranjera, Choi defendió su legitimidad. Se los conoce como uibyeong, término que suele traducirse como ejércitos de la justicia o milicias justicieras. En este contexto, designaba fuerzas movilizadas fuera del ejército regular que afirmaban actuar por lealtad y obligación moral frente a una amenaza al país. La palabra no debe confundirse con las organizaciones de vigilantes contemporáneas que pueden evocar algunas traducciones españolas.

Gojong intentó utilizar la autoridad de Choi para persuadir a esas fuerzas de que se disolvieran. Él rechazó la premisa: sostuvo que sus integrantes eran personas levantadas por fidelidad y sentido del deber, no un problema que debiera resolverse mediante represión. Incluso después del asesinato de la reina en 1895, no aceptó desempeñar el papel de convencer a las milicias de abandonar su resistencia.

La oposición al acuerdo de Eulsa de 1905 llevó esa trayectoria hacia el liderazgo armado antijaponés por el que se lo recuerda. Su vida terminó en el destierro en Tsushima, isla japonesa llamada Daemado en coreano. Hay una continuidad entre sus escritos y su participación en la resistencia: en ambos casos afirmaba cumplir una obligación superior a la conveniencia personal. También hubo un cambio decisivo de escenario. La disputa ya no giraba solamente alrededor de quién debía gobernar o cómo administrar el reino, sino de la posibilidad misma de conservar su autonomía.

México ante esta historia: del interés cultural a una relación informada

Para concretar la mirada latinoamericana, México ofrece una perspectiva útil como país donde la relación con Corea puede abordarse desde la cultura, la educación y la actividad empresarial. La biografía de Choi, sin embargo, no aporta cifras sobre audiencias mexicanas, inversiones o consumo de contenidos. No permite afirmar que exista una nueva demanda comercial de relatos sobre él ni atribuir a su legado decisiones actuales de empresas coreanas o mexicanas.

Su relevancia para el público mexicano es principalmente interpretativa. La historia nacional de México incluye debates profundos sobre soberanía, intervención extranjera y las diferencias entre proyectos conservadores y liberales. Esas referencias permiten formular preguntas sobre Corea, pero no establecer equivalencias automáticas. Choi no fue un Benito Juárez coreano: su lealtad a la monarquía y a la ortodoxia confuciana respondía a otro marco institucional. Comparar preguntas puede enriquecer la lectura; intercambiar etiquetas nacionales la empobrece.

Para editoriales, distribuidores audiovisuales, medios y proyectos educativos mexicanos que trabajen con materiales coreanos, el valor potencial está en una contextualización cuidadosa. Explicar qué eran un sangso o los uibyeong ayuda a evitar que una serie histórica, un libro o una exposición se presenten mediante categorías engañosas. Es una consideración editorial, no una previsión de ventas. Para el fandom local, esa misma atención permite ampliar el vínculo con Corea más allá de sus celebridades, sin convertir el entusiasmo por la cultura contemporánea en una aceptación acrítica de cualquier relato sobre su pasado.

De América Latina a España, una memoria que exige matices

La conexión con el mundo hispanohablante no necesita inventar un impacto económico inmediato. Para lectores de España y América Latina, la historia de Choi ofrece una ocasión de examinar cómo una sociedad recuerda a quienes defendieron su existencia política, incluso cuando sus ideas resultan incómodas en el presente. Las memorias del imperio, las independencias y las intervenciones extranjeras son distintas a ambos lados del Atlántico. Precisamente por ello, pueden abrir conversaciones, siempre que no se utilicen para sustituir la experiencia coreana por una historia más familiar.

Su caso también permite analizar una transformación histórica de largo plazo: el paso de la crítica institucional a la resistencia armada cuando se estrecha el margen de soberanía. Choi comenzó intentando corregir al poder mediante los mecanismos de la corte y terminó asociado a una lucha contra la subordinación del país. La continuidad estuvo en su idea del deber; el cambio, en la naturaleza y la gravedad de la amenaza que enfrentaba.

Para quienes producen, distribuyen o consumen cultura coreana en español, lo importante será observar cómo se representan estas tensiones: si se explica la coerción japonesa, si se distingue el patriotismo del reformismo social y si se reconoce la diversidad de posiciones dentro de Corea. La biografía de Choi Ik-hyeon resulta más reveladora cuando no se convierte en una estampa impecable. Fue un defensor de la autonomía nacional cuya valentía convivió con una visión rígida del orden. Comprender ambas dimensiones permite acercarse a Corea con algo más duradero que la fascinación: conocimiento histórico.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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