Antes del K-pop: Seo Jae-pil y la batalla por una Corea que pudiera leer, debatir y participar

Antes del K-pop: Seo Jae-pil y la batalla por una Corea que pudiera leer, debatir y participar

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La historia coreana que no cabe en una lista de éxitos

Para muchos lectores de América Latina y España, el encuentro con Corea del Sur comienza con una serie, una canción o una película. Ese acceso cultural tiene una virtud: despierta preguntas sobre una sociedad cuya historia suele ocupar poco espacio en nuestros programas escolares y medios de comunicación. La trayectoria de Seo Jae-pil, reformista, periodista y médico que vivió entre 1864 y 1951, permite abordar una de las más importantes: cómo se abrió paso la idea de que los asuntos del Estado también debían discutirse fuera de la corte.

Su nombre está asociado a dos iniciativas de 1896: el periódico Dongnip Sinmun, conocido en español como Periódico de la Independencia, y la Asociación de la Independencia. A través de la publicación, las conferencias y los debates, Seo contribuyó a divulgar conceptos como democracia y derecho a participar en la política. No estableció por sí solo un régimen democrático ni su trayectoria fue una marcha sin contradicciones hacia ese objetivo. Su importancia reside en haber ensanchado los canales por los que circulaban el conocimiento y la discusión pública.

La historia interesa más allá de la península. En países hispanohablantes donde la prensa, el exilio y las asociaciones civiles también fueron escenarios de disputa política, su recorrido resulta reconocible sin necesidad de forzar equivalencias. Ayuda, además, a mirar la relación cultural con Corea desde un lugar menos limitado al consumo: detrás de sus industrias creativas existe una historia de conflictos sobre quién puede hablar, aprender y decidir.

Joseon: una monarquía donde el saber abría las puertas del poder

Seo nació en 1864 en Dongbok, en un lugar que hoy pertenece al condado de Boseong, al suroeste de la península. Pasó parte de su infancia en la actual región de Nonsan y, a los siete años, fue adoptado por un pariente de su padre que no tenía hijos varones. La adopción dentro de la familia formaba parte de las estrategias de continuidad del linaje. En su caso, también lo incorporó a un entorno vinculado con la administración y facilitó su traslado a Hanseong, la ciudad que hoy conocemos como Seúl.

La Corea de su infancia pertenecía a la dinastía Joseon. No era todavía la República de Corea actual ni existía el Imperio de Corea, proclamado en 1897. Esta distinción importa: las iniciativas periodísticas de Seo surgieron dentro de una monarquía y en un período de presión internacional, no en una democracia con libertades e instituciones comparables a las contemporáneas. Hablar de participación política entonces suponía discutir los límites de un orden asentado en la autoridad del soberano y en jerarquías sociales muy marcadas.

Desde 1872 estudió en la residencia del funcionario Kim Seong-geun. Su formación incluía obras históricas y clásicos confucianos, cuyo dominio era fundamental para presentarse a los exámenes de acceso a la burocracia. Estos exámenes, conocidos como gwageo, no deben confundirse con unas oposiciones actuales: además de seleccionar funcionarios, reflejaban una cultura política en la que el conocimiento de textos canónicos legitimaba el ejercicio de la autoridad. Seo aprendió a moverse dentro de ese sistema antes de cuestionar parte de sus prioridades.

De memorizar los clásicos a mirar el mundo con un telescopio

En aquel ambiente conoció a figuras reformistas como Kim Ok-gyun y Seo Gwang-beom. A través de sus relaciones accedió a círculos interesados en conocimientos y objetos que ampliaban el horizonte de la educación tradicional: mapas, globos terráqueos, telescopios, relojes y nociones de matemáticas. No se trataba simplemente de descubrir instrumentos curiosos. Esos encuentros planteaban una pregunta política: qué debía aprender Corea para relacionarse con un mundo en transformación y defender su capacidad de decisión.

La corriente de la que formó parte suele describirse como aperturista o modernizadora. El concepto coreano de gaehwa alude a esa apertura hacia nuevos conocimientos, técnicas e instituciones. Conviene evitar una lectura según la cual todo lo extranjero representaba progreso y todo lo local era un obstáculo. Los reformistas actuaban entre rivalidades internas y presiones externas; sus propuestas podían combinar aspiraciones de fortalecimiento nacional con decisiones arriesgadas sobre qué modelos adoptar y con quién colaborar.

Algunos de esos intercambios pasaban por templos budistas, espacios que podían funcionar también como puntos de encuentro intelectual. En Bongwonsa, en Hanseong, el monje Lee Dong-in mantenía contactos con Japón y obtenía libros sobre historia, geografía, física y química. Seo y sus compañeros acudían a consultar esos materiales, en ocasiones de manera reservada. Para un lector hispanohablante, la escena recuerda la importancia que tuvieron tertulias, bibliotecas y círculos de lectura en distintas épocas: el cambio político empieza a veces por conseguir un libro y encontrar con quién discutirlo.

Japón, la reforma militar y el fracaso de una vía desde arriba

Seo aprobó el examen civil en 1882, a los dieciocho años, y comenzó una carrera con nombramientos breves y cambios de puesto. La entrada en la administración no le aseguró una posición estable. Paralelamente, profundizó sus vínculos con otros reformistas y se interesó por la defensa. La capacidad militar era una preocupación central para quienes veían que la autonomía del reino dependía también de su posibilidad de responder a las potencias que intervenían en la región.

En 1883 viajó a Japón al frente de catorce jóvenes de origen plebeyo. Estudió japonés en Keio, adquirió nociones de inglés y observó instalaciones militares y sistemas policiales. A comienzos de 1884 recibió instrucción en la escuela militar de Toyama. Su aprendizaje se había desplazado de la recitación de los clásicos hacia las lenguas, la organización institucional y el entrenamiento práctico. Japón aparecía como un lugar donde estudiar transformaciones que los reformistas querían adaptar a Corea.

Tras regresar, participó en una propuesta para organizar la formación de oficiales. El rey Gojong autorizó inicialmente una estructura de instrucción, pero el proyecto quedó bloqueado por resistencias vinculadas con la corte y con la influencia de la China Qing. La disputa mostraba que reformar el ejército implicaba redistribuir poder, no solo incorporar técnicas. En 1884, Seo se sumó al golpe conocido como Gapsin, un intento reformista que fracasó en tres días. Después huyó a Japón y, más tarde, a Estados Unidos.

Este episodio obliga a matizar cualquier retrato puramente celebratorio. El futuro promotor del debate público había participado antes en una tentativa de cambio mediante un golpe. Su biografía no demuestra que desde joven sostuviera un programa idéntico al de una democracia moderna. Permite observar, en cambio, cómo la derrota, el desplazamiento y el contacto con otras sociedades precedieron a una ampliación de sus herramientas de intervención política.

El exilio y una identidad entre dos países

En Estados Unidos, Seo adoptó el nombre de Philip Jaisohn y desarrolló una carrera médica. La reseña biográfica coreana sitúa el 10 de junio de 1890 la obtención de su ciudadanía estadounidense y lo identifica como el primer coreano en conseguirla. Su vida posterior incluyó actividad científica y apoyo a la independencia coreana desde el exterior. La experiencia estadounidense no borró su relación con la península, pero sí transformó las condiciones desde las que podía intervenir en ella.

El exilio ofrece un punto de contacto con la historia latinoamericana y española. En ambos espacios, numerosos proyectos políticos e intelectuales se elaboraron desde otros países, mediante periódicos, correspondencia y redes de solidaridad. La comparación es útil como pregunta, no como equivalencia automática: vivir fuera puede ampliar el acceso a conocimientos y contactos, pero también introduce distancia respecto de la sociedad que se quiere transformar. Seo encarnó esa tensión entre pertenencia nacional y trayectoria transnacional.

La oportunidad de regresar llegó en 1895, cuando el gabinete de Kim Hong-jip lo invitó a desempeñarse como asesor del Jungchuwon, un órgano de consulta del gobierno. Al año siguiente emprendió la iniciativa que definiría buena parte de su legado público. El antiguo funcionario y participante en una conspiración palaciega colocó el periódico entre sus instrumentos de reforma.

1896: cuando informar se convirtió en una intervención política

El 7 de abril de 1896 apareció el Dongnip Sinmun, presentado en la reseña como el primer periódico privado de Corea. La precisión temporal es importante: nació durante Joseon, antes de la proclamación del Imperio de Corea. Aunque Seo suele figurar entre los reformistas asociados a ese imperio, su proyecto atravesó el cambio de denominación y de marco político. No pertenece a una historia institucional inmóvil, sino a unos años de redefinición del Estado.

Fundar un periódico significaba introducir otra forma de circulación de ideas. Los conocimientos ya no quedaban restringidos al intercambio entre compañeros de estudio, funcionarios o personas próximas al soberano. La publicación ofrecía un soporte para abordar cuestiones de interés común. Eso no permite afirmar que toda la población tuviera acceso efectivo a la información ni que desaparecieran las diferencias sociales. Sí permite identificar un cambio de método: intentar influir también mediante una audiencia, y no únicamente mediante un cargo.

Para América Latina y España, donde numerosos diarios participaron en debates sobre soberanía, constituciones y ciudadanía, la relación entre prensa y reforma resulta familiar. Pero sería impreciso equiparar aquel periódico con una redacción contemporánea sometida a nuestros criterios profesionales. Su intervención tenía una orientación reformista explícita. La lección histórica no es que el periodismo estuviera separado de la política, sino que publicar podía crear un espacio distinto para discutirla.

La Asociación de la Independencia: aprender a participar

En julio de 1896, pocos meses después del lanzamiento del periódico, Seo fundó la Asociación de la Independencia. Sus actividades incluyeron debates, conferencias, peticiones al rey y movilizaciones públicas. El periódico y la organización eran instrumentos complementarios: uno permitía difundir argumentos; la otra reunía a personas para escucharlos, discutirlos y expresarlos colectivamente. La reforma se convertía así también en una práctica de encuentro.

Las peticiones al soberano, llamadas sangso, pertenecían a una tradición de comunicación política propia de la monarquía. Su coexistencia con conferencias y reuniones públicas muestra que la transformación no consistió en sustituir de inmediato un sistema por otro. Los nuevos recursos se superponían a mecanismos anteriores. Es una advertencia útil frente a los relatos que presentan la modernización como un salto instantáneo desde una sociedad supuestamente cerrada hacia otra plenamente participativa.

Entre las ideas que Seo difundió estaban la democracia y los derechos de participación política. También defendió la importancia de estudiar en el extranjero para conocer otras instituciones y conocimientos. Sin embargo, promover esos conceptos no equivale a haber establecido sufragio universal, igualdad efectiva o representación de todos los sectores. El alcance de su contribución debe medirse con precisión: ayudó a hacer de la participación un asunto de discusión pública, dentro de condiciones que seguían siendo restrictivas.

México: del interés por la cultura coreana a una relación con más contexto

Para concretar el ángulo local, México ofrece una perspectiva pertinente como país latinoamericano con públicos interesados en la cultura coreana y vínculos diplomáticos y económicos con Corea del Sur. La historia de Seo no acredita por sí misma cambios en ese mercado: la fuente no contiene cifras de consumo cultural, datos comerciales, anuncios empresariales ni actividades mexicanas relacionadas con su legado. Por tanto, no sería riguroso convertir esta biografía en prueba de un auge editorial o de una nueva oportunidad de negocio cuantificable.

Su utilidad para las audiencias mexicanas es principalmente interpretativa. Quien llega a Corea a través de un drama histórico puede encontrar referencias a exámenes burocráticos, linajes, facciones de la corte o presiones extranjeras. Comprender esos elementos permite distinguir mejor entre una convención narrativa y una institución histórica. También evita proyectar la Corea del Sur contemporánea sobre épocas en las que no existían ni el mismo Estado ni las mismas formas de pertenencia política.

Para editoriales, medios, distribuidores audiovisuales y empresas de turismo cultural en México, el caso sugiere una tarea concreta, no una rentabilidad garantizada: acompañar los contenidos coreanos con información histórica fiable. Una cronología revisada, un glosario claro o una entrevista con especialistas pueden aportar más que presentar toda diferencia cultural como una curiosidad exótica. En la relación con Corea, ese trabajo favorece un conocimiento menos superficial y reconoce a los públicos locales como lectores capaces de interesarse por algo más que sus productos de entretenimiento.

La misma orientación resulta aplicable a España y a otros mercados latinoamericanos, aunque sus audiencias y empresas no sean intercambiables. No existe un único fandom hispanohablante con intereses homogéneos. Algunos seguidores buscan música; otros, literatura, idioma o historia. Ofrecer contexto amplía las posibilidades de encuentro sin exigir que disfrutar de una canción se convierta obligatoriamente en una lección académica.

Qué mirar después: conocimiento, circulación y ciudadanía

Leída como proceso y no como una sucesión de efemérides, la trayectoria de Seo muestra una transformación reconocible. Primero buscó avanzar dentro de la administración; después participó en proyectos militares y en un golpe fallido; más tarde incorporó el periódico y la asociación como medios de acción. El cambio relevante no fue un abandono absoluto de la política institucional, sino la ampliación del lugar donde imaginaba que podía producirse una reforma.

Ese recorrido ofrece una agenda para la cobertura cultural de Corea en español. Conviene preguntar quién produce las explicaciones históricas que llegan a nuestras pantallas, cómo se contextualizan las instituciones y qué diferencias se pierden al utilizar palabras como independencia o democracia. En la Corea de finales del siglo XIX, la defensa de la soberanía y la discusión sobre participación convivían con rivalidades imperiales y conflictos dentro de la monarquía. Reducirlas a una sola consigna empobrece la comprensión.

Seo Jae-pil murió en 1951. No corresponde atribuirle retrospectivamente todos los avances políticos que Corea experimentaría después ni presentar su vida como una anticipación inevitable del presente. Su legado es más preciso y, por ello, más interesante: contribuyó a que informar, reunirse y discutir fueran considerados recursos para intervenir en los asuntos colectivos. Para los lectores hispanohablantes que hoy se acercan a Corea, esa historia abre una conversación que va más allá de la pantalla: la de cómo una sociedad aprende a reclamar voz propia.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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