
Una política de salud pública que apunta al recreo, no solo al aula
En Corea del Sur, donde las políticas urbanas suelen combinar tecnología, educación y campañas de cambio de hábitos con una disciplina poco común en otras latitudes, la ciudad de Seúl presentó un resultado que merece atención más allá de sus fronteras: los niños que participaron en el programa “Deol Daldal Wonjeongdae”, algo así como “La brigada menos dulce” o “Expedición menos azucarada”, redujeron en 19% la frecuencia con la que consumen colaciones con alto contenido de azúcar.
La cifra fue divulgada por el gobierno metropolitano de Seúl el 3 de agosto de 2026, a partir de una encuesta realizada junto con el Instituto de Seúl entre 13.491 participantes del programa del año pasado. De acuerdo con los datos, la frecuencia semanal de consumo de snacks o meriendas de alto contenido de azúcar bajó de 3,87 veces a 3,15 veces por semana. Dicho de otro modo, hubo una reducción de 0,72 veces semanales.
A simple vista, el descenso puede parecer modesto. En un titular rápido, alguien podría incluso preguntarse si vale la pena destacar un cambio menor a una vez por semana. Pero esa lectura sería incompleta. Lo relevante no es solamente la magnitud aritmética, sino el hecho de que se logró alterar una conducta cotidiana repetida, casi automática, en una etapa de la vida en la que el gusto, la costumbre y la recompensa inmediata suelen pesar más que cualquier discurso nutricional.
En América Latina y España, donde la conversación sobre alimentación infantil suele concentrarse en la obesidad, los ultraprocesados o las bebidas azucaradas, este caso surcoreano aporta un matiz importante: no se trata de demonizar el dulce ni de imponer una prohibición absoluta, sino de enseñar a elegir un poco mejor, un poco menos, un poco más conscientemente. Y a veces, en salud pública, ese “un poco” sostenido en miles de familias vale más que una campaña grandilocuente sin impacto real.
La iniciativa de Seúl se dirige a estudiantes de primaria, una etapa equivalente a la educación básica en muchos países hispanohablantes. Es decir, niños que todavía están formando rutinas, pero que ya toman decisiones concretas frente a una tienda escolar, una máquina expendedora, la lonchera o el antojo de la tarde. Ahí es donde el programa surcoreano parece haber encontrado su terreno: en el espacio cotidiano donde se define si el niño elige una galleta muy azucarada, una bebida endulzada o una opción menos dulce.
Los números importan, pero más importante es lo que revelan
El dato central del informe es claro: la frecuencia de consumo de colaciones altas en azúcar cayó de 3,87 a 3,15 veces por semana. Esa reducción del 19% es el indicador más visible. Sin embargo, el verdadero valor del estudio aparece cuando se observan otros cambios que acompañaron esa baja.
Antes de participar en el programa, solo 27% de los niños respondía que intentaba no comer snacks con alto contenido de azúcar. Después, ese porcentaje subió a 51,6%. Es un salto de 24,6 puntos porcentuales. La diferencia es significativa porque muestra algo más profundo que una obediencia pasajera: sugiere el desarrollo de una intención consciente de autocontrol.
También disminuyó la proporción de menores que dijo “me gustan los alimentos dulces”, que pasó de 71,8% a 63,1%. Y bajó, además, la respuesta de quienes se describían como personas que “suelen comer dulce”, de 43,3% a 34,4%. En otras palabras, no solo cambió la frecuencia de consumo; también se movieron en la misma dirección la preferencia, la autoimagen alimentaria y la voluntad de evitar ciertos productos.
Para cualquier especialista en nutrición o comportamiento, ese cruce de indicadores es importante. Una cosa es que un niño deje de comprar caramelos porque no tuvo dinero esa semana o porque en casa no había. Otra muy distinta es que empiece a pensar que puede regular su elección, reconocer que come más dulce de lo recomendable y esforzarse por reducirlo. Allí es donde una intervención educativa deja de ser una simple charla y comienza a convertirse en cambio de hábito.
Con todo, conviene mantener la cautela metodológica. Los datos provienen de encuestas antes y después del programa, respondidas por los propios participantes. Eso significa que no se midió de manera directa la cantidad exacta de azúcar ingerida ni se puede atribuir el resultado exclusivamente a la intervención sin considerar otros factores. La percepción personal, el deseo de responder “correctamente” o cambios en el entorno también pueden influir. Aun así, cuando varios indicadores se mueven a la vez en una misma dirección, el hallazgo gana solidez.
En un contexto mediático acostumbrado a proclamar “revoluciones” por variaciones mínimas, aquí el interés no está en vender una solución milagrosa, sino en registrar una mejora concreta y plausible. Si miles de niños pasan de consumir este tipo de snacks casi cuatro veces por semana a poco más de tres, y si además más de la mitad declara hacer un esfuerzo activo para evitarlos, entonces hay una señal que vale la pena observar.
Qué es “Deol Daldal Wonjeongdae” y por qué su nombre importa
El nombre del programa no es un detalle decorativo. En coreano, “deol daldal” transmite la idea de “menos dulce”, mientras que “wonjeongdae” remite a una expedición o brigada. No suena a castigo, ni a vigilancia, ni a una cruzada moral contra el placer. Y eso es precisamente parte de su fuerza.
En muchas sociedades, cuando se habla de reducir el azúcar en la dieta infantil, el tono se vuelve rápidamente punitivo: “no comas”, “eso hace daño”, “está prohibido”. El enfoque de Seúl parece ir por otra vía. En lugar de presentar el dulce como pecado, propone una misión de elección gradual: comer menos dulce, no necesariamente eliminar todo lo dulce. Para un público infantil, esa diferencia semántica importa muchísimo.
Corea del Sur lleva años desarrollando campañas públicas con una estética y una narrativa pensadas para involucrar activamente a los ciudadanos. En educación, tránsito, reciclaje o salud, el Estado surcoreano suele evitar, al menos en apariencia, el sermón abstracto. Prefiere formatos participativos, nombres memorables y estrategias que convierten el cambio de hábito en una experiencia compartida. En ese sentido, “La brigada menos dulce” encaja perfectamente en la cultura de campañas públicas del país.
Además, la intervención se centra en escolares de primaria porque esa etapa es decisiva en la formación del gusto y de las rutinas. No hace falta ser especialista para entenderlo: es en esos años cuando se consolidan preferencias que luego acompañan durante la adolescencia y la vida adulta. El niño que se acostumbra a una bebida muy endulzada o a una colación intensamente azucarada tiende a normalizar ese nivel de dulzor. Reducirlo temprano puede tener efectos duraderos.
El informe sugiere, justamente, que el programa no buscó convertir a los niños en enemigos del sabor dulce, sino en sujetos capaces de tomar decisiones. Esa distinción es clave. Después de todo, incluso tras la intervención, 63,1% seguía afirmando que le gustaban los alimentos dulces. Es decir, el gusto no desapareció por arte de magia. Lo que cambió fue la capacidad de ponerle un límite. Y para cualquier padre, madre o docente, esa meta resulta mucho más realista que esperar una transformación total del paladar infantil.
Si se piensa en realidades cercanas a las familias hispanohablantes, la lección es clara. No se trata de convertir la hora de la merienda en un campo de batalla entre adultos angustiados y niños frustrados. Se trata de que el menor aprenda a identificar qué consume, con qué frecuencia y qué alternativa puede escoger sin sentir que le están arrebatando todo placer. Ese equilibrio, tan difícil de encontrar en la práctica, es el corazón del programa de Seúl.
La batalla cultural contra el exceso de azúcar también interpela a América Latina y España
Para los lectores de América Latina y España, esta noticia surcoreana no debería verse como una curiosidad exótica de un país lejano. El problema del exceso de azúcar en la dieta infantil atraviesa con fuerza a nuestras sociedades, aunque se exprese con distintos acentos: la gaseosa en el almuerzo, la bollería industrial en el recreo, el yogur con exceso de endulzantes, los cereales de desayuno cargados de azúcar, las golosinas a la salida del colegio o el jugo “para niños” que de saludable tiene poco.
Desde Ciudad de México hasta Buenos Aires, desde Bogotá hasta Madrid, muchas familias lidian con una tensión conocida: quieren cuidar la alimentación de sus hijos, pero viven rodeadas de productos baratos, accesibles, atractivamente empaquetados y diseñados para generar hábito. En ese escenario, pedir “fuerza de voluntad” sin construir herramientas concretas suele ser insuficiente.
La experiencia de Seúl ofrece una enseñanza útil precisamente porque no se basa en la ilusión de un control perfecto. Nadie parece haber prometido que los niños dejarían por completo lo dulce. Lo que se promovió fue una reducción sostenida en la frecuencia de consumo de las colaciones con alto contenido de azúcar. El enfoque puede sonar modesto, pero es más realista que muchas campañas que terminan frustrando a las familias con metas imposibles.
En varios países latinoamericanos se ha avanzado en etiquetado frontal, regulación de publicidad o impuestos a bebidas azucaradas. España, por su parte, también ha abierto debates sobre menús escolares, educación nutricional y consumo infantil de ultraprocesados. Pero una medida regulatoria, por importante que sea, no siempre modifica de inmediato lo que el niño elige en su vida diaria. Ahí entra el componente educativo y conductual que muestra este caso coreano.
Hay además un punto cultural interesante. En nuestras sociedades, ofrecer algo dulce sigue siendo, muchas veces, una forma de cariño. El premio, el festejo, la salida del fin de semana o incluso la calma después del llanto aparecen vinculados al azúcar. Lo mismo ocurre en Corea, aunque con códigos propios. Por eso, un programa de este tipo no combate únicamente un nutriente: discute una relación emocional con la comida.
En ese sentido, la noticia de Seúl puede dialogar sin problema con hábitos muy reconocibles en el mundo hispanohablante. Cualquier madre o padre entiende lo que significa negociar una merienda en el supermercado, cualquier docente reconoce el peso de lo que circula en el recreo y cualquier pediatra ha escuchado a familias que sienten que “ya intentaron todo”. Si una política pública logra mover ese engranaje, aunque sea un poco, el caso merece ser contado y observado con seriedad.
Más allá de la prohibición: educar para elegir
Uno de los aspectos más relevantes del programa surcoreano es que desplaza el eje del debate. En lugar de preguntar si los niños dejaron por completo el azúcar, la pregunta pasa a ser si aprendieron a elegir mejor y con mayor conciencia. Esa diferencia no es menor, sobre todo en tiempos en los que la discusión pública suele oscilar entre dos extremos: la permisividad total o el veto absoluto.
Los datos presentados por Seúl permiten una lectura muy concreta. Aunque 63,1% de los participantes seguía diciendo que le gustaban los alimentos dulces al terminar el programa, 51,6% afirmaba que hacía un esfuerzo por evitar las colaciones altas en azúcar, y solo 34,4% se describía como alguien que come “más bien dulce” en su vida cotidiana. Eso significa que la preferencia y la conducta no avanzan necesariamente a la misma velocidad.
Desde el punto de vista de la educación alimentaria, este hallazgo es casi una lección de sentido común que a veces se olvida: una persona puede disfrutar de algo y, al mismo tiempo, aprender a consumirlo menos. Parece obvio, pero no siempre se comunica así. Con frecuencia, las campañas sanitarias se plantean como si el gusto debiera desaparecer para que la conducta cambie. La experiencia de Seúl sugiere lo contrario: primero puede cambiar la conducta, y solo después, tal vez, el gusto se reajuste.
Esto tiene implicancias prácticas para escuelas y familias. En vez de presentar el azúcar como un enemigo absoluto, se puede trabajar con objetivos medibles y concretos: reducir la frecuencia semanal, reemplazar parte de las colaciones, revisar qué productos tienen más azúcar de la que aparentan, y ayudar al niño a reconocer cuándo está eligiendo por impulso, por costumbre o por hambre real.
En la jerga de salud pública, podría decirse que el programa apunta a la autorregulación. En lenguaje cotidiano, significa algo más simple: que el niño no dependa solo de la vigilancia adulta, sino que pueda tomar una mejor decisión incluso cuando nadie lo está mirando. Ese es, probablemente, el cambio más difícil de conseguir y también el más valioso a largo plazo.
La propia formulación del programa surcoreano parece entenderlo bien. No hay una narrativa de culpa, sino de capacidad. No se trata de hacer sentir mal a los niños por disfrutar un sabor, sino de darles recursos para que ese gusto no controle toda su rutina alimentaria. En una época en la que la ansiedad de los adultos a veces se traslada a la mesa familiar, ese matiz resulta especialmente pertinente.
Lo que viene: continuidad, evaluación y una pregunta que excede a Corea
El gobierno de Seúl informó además que este año el programa cuenta con 13.403 participantes, una cifra muy similar a la del grupo evaluado el año anterior. Eso permite pensar que no se trató de una experiencia pequeña o aislada, sino de una política con cierta continuidad. Y ahí aparece la siguiente gran pregunta: ¿podrá sostenerse el cambio en el tiempo?
En salud pública, una mejora de corto plazo siempre es valiosa, pero el verdadero desafío es la permanencia. Será importante observar si la frecuencia de 3,15 consumos semanales se mantiene, si la voluntad de evitar snacks de alto contenido de azúcar sigue por encima del 50% y si las actitudes declaradas terminan consolidándose como costumbre. En otras palabras, el programa ya mostró una señal alentadora; ahora debe demostrar consistencia.
También habrá que ver si el modelo puede adaptarse a otros contextos. Corea del Sur tiene una capacidad de implementación institucional, un ecosistema escolar y una cultura de seguimiento administrativo que no siempre son comparables con los de otros países. Importar la idea no significa copiarla sin más. Significa traducir su lógica: menos castigo, más acompañamiento; menos obsesión por la perfección, más atención a las decisiones repetidas; menos discurso abstracto, más intervención en la vida cotidiana.
Para los sistemas educativos y sanitarios del mundo hispanohablante, la experiencia de Seúl deja una pregunta de fondo. Si el exceso de azúcar en la infancia es un problema tan reconocido, ¿cuántas políticas están logrando realmente modificar conductas concretas y no solo difundir mensajes generales? La diferencia entre informar y transformar es enorme. El caso coreano sugiere que esa distancia puede acortarse si el diseño del programa entiende cómo funciona la elección cotidiana de un niño.
Al final, la noticia no habla solo de una reducción del 19% en el consumo de colaciones azucaradas. Habla de algo más profundo y más universal: de cómo una ciudad intentó intervenir en un hábito pequeño, aparentemente banal, para producir una mejora medible en la vida diaria de miles de menores. En tiempos en que abundan las estrategias espectaculares y escasean los cambios verificables, esa ya es una historia que merece ser contada.
Quizás por eso la lección más interesante de Seúl no sea “quitar el azúcar”, sino enseñar a vivir con más criterio en un entorno que invita constantemente al exceso. Y esa, tanto en Corea como en América Latina o España, es una tarea que empieza mucho antes del consultorio médico: empieza en la escuela, en la casa y en la próxima merienda.
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