Michelle Steel vuelve a Seúl con un hotteok en la mano: diplomacia, memoria y vida cotidiana en el mercado de Namdaemun

Una embajadora que eligió la calle antes que el protocolo
En una ciudad acostumbrada a que la política exterior se escenifique entre salones oficiales, alfombras discretas y reuniones de alto nivel, el primer gesto público de Michelle Steel como nueva embajadora de Estados Unidos en Corea del Sur llamó la atención por su sencillez: en lugar de presentarse únicamente desde el lenguaje solemne de la diplomacia, apareció en el mercado de Namdaemun con un hotteok en la mano, sonriendo junto a comerciantes y dejando que una merienda callejera contara parte de su historia.
La escena, difundida por medios surcoreanos como SBS y reforzada por imágenes compartidas en redes sociales, tiene varias capas de lectura. Steel, nacida en Seúl en 1955 y emigrada a Estados Unidos en 1975, acaba de asumir un cargo de alto simbolismo: es la primera mujer de origen coreano en convertirse en embajadora estadounidense en Seúl. Su regreso, por tanto, no es el de una visitante cualquiera. Tampoco el de una funcionaria que pisa un destino más en su carrera. Su llegada ocurre en el punto de cruce entre la memoria personal, la representación institucional y una Corea del Sur que hoy ocupa un lugar central en la conversación global, desde la geopolítica hasta la cultura popular.
Por eso importa tanto el dónde como el qué. Namdaemun no es simplemente un mercado turístico, aunque millones de viajeros lo recorran cada año. Es uno de los espacios más antiguos y emblemáticos de Seúl, un lugar donde conviven la Corea de la prisa contemporánea con la de los oficios heredados, las compras al por mayor, los puestos de comida humeante y ese ritmo barrial que sobrevive incluso en una de las metrópolis más digitalizadas del mundo. Elegir ese escenario para reaparecer ante la opinión pública equivale a decir: antes de hablar desde la distancia del cargo, quiero ser leída también desde la proximidad del recuerdo.
Y en medio de esa escena aparece el hotteok, un antojo callejero que para muchos lectores hispanohablantes podría describirse, salvando las distancias, como un primo coreano de las masas rellenas que en América Latina y España despiertan memoria inmediata: algo entre la calidez emocional de un buñuelo recién hecho, la practicidad de una tortita de feria y el encanto popular de una merienda que se come al paso, de pie, entre ruido, conversaciones y vapor de aceite. El hotteok suele prepararse con una masa dorada a la plancha y un relleno dulce, tradicionalmente de azúcar morena, canela y frutos secos, aunque hoy existen múltiples versiones. No es un plato ceremonioso ni sofisticado; justamente por eso resulta poderoso. Cabe en una mano, pero también contiene una idea de ciudad.
Cuando Steel dijo que ese momento le hizo recordar viejos tiempos, no estaba hablando sólo del sabor. Estaba activando una de las formas más universales de la memoria: la que entra por el olfato, por la textura, por la temperatura de un alimento comprado en la calle. Como ocurre con una empanada en una plaza, un café con churros en invierno o una arepa comida al paso antes de entrar al trabajo, hay comidas que no sólo alimentan: ubican a las personas dentro de una geografía afectiva. En ese sentido, la imagen de la embajadora con un hotteok no fue una anécdota menor, sino una pieza de comunicación pública excepcionalmente eficaz.
Namdaemun, el mercado donde Seúl se deja leer a través de sus sabores
Para entender por qué esta visita generó interés, conviene detenerse en lo que representa Namdaemun. En Seúl hay barrios y espacios que condensan distintas versiones de la ciudad. Está la capital monumental y política de Gwanghwamun, con sus avenidas amplias, palacios y estatuas; la capital tecnológica y comercial de Gangnam; la juvenil y creativa de Hongdae; y la capital de las rutinas compartidas, del comercio cotidiano, de las compras pequeñas y las comidas rápidas servidas con una sonrisa breve, que encuentra en los mercados tradicionales una de sus expresiones más vivas.
Namdaemun pertenece a esta última categoría. Fundado hace siglos, sigue siendo uno de los grandes pulmones comerciales de Seúl. Quien camina por sus callejones no se topa únicamente con productos y precios; entra en una coreografía urbana hecha de voces, vapor, bandejas, bolsas, saludos rápidos y una hospitalidad muy concreta, menos retórica que práctica. Ahí la ciudad no se presenta como concepto abstracto, sino como experiencia. Se compra, se prueba, se pregunta, se espera turno, se comparte espacio.
En los últimos años, la llamada ola coreana —el Hallyu— acostumbró al público internacional a conocer Corea del Sur a través de grandes vitrinas culturales: el K-pop, los dramas televisivos, el cine, la cosmética, la moda o la alta gastronomía reinterpretada para audiencias globales. Pero hay otra capa del país que sigue siendo decisiva y que a menudo resulta más elocuente: la de la vida cotidiana. Los mercados tradicionales forman parte de esa Corea tangible, donde el prestigio internacional convive con lo doméstico y donde la modernidad no ha cancelado del todo los rituales pequeños de comprar comida recién hecha en un puesto de confianza.
La visita de Steel puso eso en primer plano. No mostró a Seúl como una ciudad hecha sólo de rascacielos, branding y agenda oficial, sino como un lugar donde la identidad sigue pasando por las manos de los vendedores, por la comida servida en papel, por la breve interacción entre quien ofrece y quien recibe. Esa dimensión importa porque dice mucho sobre cómo Corea del Sur se cuenta a sí misma y cómo quiere ser leída afuera: no únicamente como potencia económica y actor estratégico, sino como sociedad con memoria, textura y costumbres reconocibles.
Hay además un detalle que no debe pasar desapercibido. Los mercados tradicionales en Corea del Sur han sido defendidos durante años como espacios patrimoniales y económicos frente a la presión de grandes cadenas y plataformas digitales. Son, en cierto modo, escenarios donde el país protege una parte de su identidad material. Que la nueva embajadora estadounidense haya hecho allí una de sus primeras apariciones públicas tiene un valor simbólico añadido: reconoce que la relación con Corea no se limita a ministerios, empresas tecnológicas o bases militares, sino que también se expresa en los lugares donde late la vida común.
El hotteok como lenguaje cultural: comida, memoria y cercanía
En términos culinarios, el hotteok puede parecer modesto. Precisamente por eso funciona tan bien como símbolo. No exige explicación técnica extensa, no requiere mesa formal, no está rodeado del aura de los menús de degustación ni de la presión estética de la gastronomía convertida en espectáculo. Se compra, se recibe caliente, se muerde con cuidado para no quemarse y se sigue caminando. Es un alimento profundamente urbano, asociado a los meses más fríos y a esa clase de consuelo inmediato que muchos reconocen en sus propias culturas.
Para un lector de América Latina o España, quizá la mejor forma de entender su fuerza cultural sea pensar en esas comidas que, aun siendo sencillas, guardan una capacidad enorme para narrar una ciudad. En Ciudad de México puede ser un tamal en la esquina al amanecer; en Buenos Aires, una porción de pizza de molde o una medialuna que activa recuerdos familiares; en Bogotá, una almojábana comprada de paso; en Madrid, unos churros comidos casi como ritual de fin de noche o de mañana fría. No se trata de equivalencias exactas, porque cada tradición tiene su historia, sino de una intuición compartida: hay bocados que funcionan como llaves de acceso a una comunidad.
Eso explica por qué la foto de Steel con el hotteok tiene tanta fuerza narrativa incluso para públicos que nunca lo han probado. Aun sin conocer el nombre del producto, la imagen es legible: una persona vuelve a un lugar importante de su vida, toma entre las manos una comida popular y sonríe con quienes la preparan. Es un guion emocional casi universal. Y en tiempos en que la circulación internacional de imágenes suele ser instantánea y fragmentaria, esa legibilidad importa. La escena comunica más allá del idioma.
En Corea existe además una palabra clave para entender el subtexto de esa reacción: jeong, un concepto difícil de traducir de forma perfecta al español, pero que remite a un afecto acumulado, una calidez relacional, una cercanía que se construye con el tiempo y con las experiencias compartidas. No es exactamente cariño, ni mera amabilidad, ni simple nostalgia. Es un tipo de vínculo emocional y social muy presente en la cultura coreana. Cuando Steel sugiere que muchas cosas han cambiado en Seúl pero que la calidez y la vitalidad del mercado le resultan familiares, está rozando justamente esa idea.
Desde esa perspectiva, el hotteok deja de ser un postre callejero y pasa a ser un dispositivo cultural. Une la Seúl de ayer con la de hoy, la biografía individual con la ciudad transformada, la memoria íntima con la escena pública. También resume una de las claves del éxito internacional del K-food: su capacidad para entrar en la vida de la gente no sólo como receta, sino como experiencia. La popularidad global de la comida coreana no se explica únicamente por cifras de exportación o por la presencia de marcas internacionales, sino por imágenes y relatos que hacen deseable participar de un momento cotidiano. Comer lo que alguien come en un mercado, vivir lo que alguien vive mientras lo compra, suele despertar más curiosidad que cualquier campaña de promoción diseñada en un despacho.
De la biografía personal a la diplomacia pública
La visita a Namdaemun no puede leerse sólo como un episodio sentimental. También es un acto de diplomacia pública cuidadosamente inteligible. En el mundo contemporáneo, los embajadores ya no hablan únicamente mediante discursos, comunicados y reuniones privadas. Hablan con sus recorridos, con sus fotos, con sus símbolos y con los escenarios que eligen para mostrarse. Steel, al aparecer en un mercado tradicional poco después de asumir el cargo, está construyendo una narrativa de cercanía con la sociedad coreana y, a la vez, de legitimidad personal en su rol.
Su condición de primera mujer de origen coreano al frente de la embajada estadounidense en Seúl vuelve esa narrativa todavía más significativa. Hay un componente biográfico evidente: nació en Corea, emigró a Estados Unidos, construyó allí su trayectoria política y ahora regresa como representante de Washington. Esa trayectoria la coloca en un espacio singular, entre la experiencia del desarraigo, la integración en otra sociedad y el retorno a un país que ya no es exactamente el que dejó atrás. Para cualquier periodista, esa combinación es material narrativo de alto voltaje. Para cualquier diplomático, también puede convertirse en herramienta estratégica.
Antes de Namdaemun, Steel ya había enviado otros mensajes de contenido simbólico. Se dejó ver en Gwanghwamun, frente a la estatua del rey Sejong, figura capital de la historia coreana por su vínculo con la creación del alfabeto hangul y por su legado cultural y político. También visitó la iglesia Youngnak, vinculada a la memoria de sus padres, desplazados del Norte. En conjunto, esos movimientos dibujan una secuencia muy clara: familia, historia, lengua, memoria nacional, vida cotidiana. No es una llegada improvisada; es una forma de presentarse ante Corea del Sur diciendo que entiende la dimensión histórica del país y, al mismo tiempo, reconoce el peso de sus espacios comunes.
En la práctica diplomática, ese tipo de gestos cumple varias funciones. Humaniza a la representante de una potencia extranjera, suaviza la frialdad que a veces acompaña a los mensajes de seguridad y alianzas, y permite construir empatía sin necesidad de grandes declaraciones. En un momento internacional marcado por tensiones geopolíticas, discusiones sobre la arquitectura de seguridad en Asia y la competencia estratégica entre potencias, la imagen de una embajadora sonriendo con comerciantes en un mercado ofrece una contraescena deliberada: la política exterior también puede hablar en el idioma de la proximidad.
Eso no significa, por supuesto, que el gesto sustituya la complejidad real de la relación entre Estados Unidos y Corea del Sur. La alianza bilateral sigue atravesada por temas duros: la amenaza nuclear norcoreana, la cooperación militar, la economía regional, la política industrial, la competencia tecnológica y el lugar de Seúl en el tablero asiático. Pero precisamente por eso los símbolos cuentan. Los vínculos entre Estados no se sostienen sólo con documentos; también requieren legitimidad social, percepción pública favorable y una narrativa compartida que no resulte ajena a los ciudadanos. En ese terreno, una imagen sencilla puede abrir puertas que un discurso formal no siempre alcanza.
La Seúl conocida y la Seúl nueva: lo que revela este regreso
Hay una frase atribuida a Steel que ayuda a entender el trasfondo de su visita: la idea de una Seúl que se siente a la vez familiar y nueva. Ese matiz es importante. Corea del Sur es uno de los países que más vertiginosamente se transformaron en las últimas décadas. Para alguien nacido en la Seúl de mediados del siglo XX y que emigró en los años setenta, regresar hoy supone enfrentarse a una metrópolis globalizada, hipertecnológica y culturalmente influyente de un modo que en aquella época habría parecido difícil de imaginar.
Sin embargo, las ciudades no cambian de manera uniforme. Hay capas que persisten, ritmos que sobreviven, escenas mínimas que resisten incluso cuando todo lo demás parece distinto. Los mercados tradicionales son una de esas zonas de continuidad. No porque estén congelados en el tiempo —sería una mirada romántica y falsa—, sino porque siguen ofreciendo una forma de sociabilidad reconocible: intercambio cara a cara, improvisación, recomendaciones del vendedor, comida preparada a pocos pasos del cliente. En ciudades donde la modernización a menudo implica distancia y automatización, esos espacios conservan una densidad humana particular.
Para la diáspora coreana, además, la experiencia del regreso puede estar marcada por una sensación ambivalente: pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo. Ver un paisaje conocido pero reorganizado, oler algo que remite al pasado mientras el entorno confirma que el país siguió adelante sin uno. La escena del hotteok encaja en ese registro. No es simplemente la turista que descubre una costumbre local, ni la funcionaria extranjera que posa con folclore ajeno. Es alguien que vuelve a una trama de recuerdos y la encuentra transformada, aunque todavía capaz de ofrecerle un punto de apoyo emocional.
Ese tipo de regreso resuena también con públicos hispanohablantes, especialmente en América Latina, región atravesada por historias de migración, exilio, ida y vuelta. Hay algo profundamente reconocible en la idea de reencontrarse con un lugar de origen a través de un sabor. Muchas familias migrantes pueden entender esa escena sin necesidad de traducción cultural compleja: basta pensar en quien vuelve a su barrio y busca el pan de siempre, el guiso de la infancia o la bebida que de inmediato lo devuelve a una versión anterior de sí mismo. Ahí reside buena parte de la potencia emocional de esta noticia.
Por eso, más que una postal simpática, la visita de Steel a Namdaemun puede leerse como una síntesis de la Corea contemporánea: un país que proyecta innovación, liderazgo y soft power a escala global, pero que sigue encontrando en sus mercados y en sus comidas callejeras una forma de contarse a sí mismo. En un tiempo dominado por la puesta en escena digital, la autenticidad —o al menos la percepción de autenticidad— se ha vuelto un capital político y cultural valioso. Y pocas cosas parecen más efectivas para producirla que un alimento sencillo compartido en un espacio real, con personas reales y sin la rigidez de una ceremonia.
K-food, soft power y la fuerza de lo cotidiano
La ola coreana acostumbró al mundo a identificar la proyección internacional de Corea del Sur con productos culturales de gran alcance: grupos de K-pop que llenan estadios, dramas que dominan plataformas, películas premiadas, marcas de belleza omnipresentes o restaurantes que reinterpretan la tradición culinaria. Pero el episodio de Namdaemun recuerda que el soft power coreano también se construye desde abajo, desde escenas pequeñas que condensan un modo de vida deseable o, al menos, atractivo para el observador extranjero.
En esa lógica, el K-food ocupa un lugar privilegiado. A diferencia de otras expresiones culturales que requieren más tiempo de familiarización, la comida opera con una inmediatez muy concreta. Puede seducir incluso antes de ser probada. Basta con ver una bandeja, un gesto, un vapor que sube en invierno, una fila de clientes o una recomendación cargada de emoción. En el ecosistema digital, donde una fotografía o un video corto pueden disparar curiosidad masiva, los alimentos callejeros tienen una ventaja singular: son visuales, comprensibles y emocionalmente accesibles.
El hotteok que aparece en manos de Steel funciona así como una especie de embajador silencioso. No lleva cifras de exportación impresas ni necesita subtítulos largos. Habla por su textura, por el contexto donde se vende y por la historia que lo acompaña. Para un público global, la promesa no es sólo gastronómica. Es experiencial. No se trata únicamente de preguntarse “¿a qué sabrá?”, sino “¿cómo será estar ahí, en ese mercado, comprándolo recién hecho, mientras la ciudad sigue su curso alrededor?”. Esa es una de las claves de la expansión contemporánea de la cultura coreana: su capacidad para convertir costumbres locales en deseos compartibles.
Desde la diplomacia, esto también tiene lectura. Las relaciones bilaterales y las estrategias de imagen país han entendido desde hace tiempo que la cultura cotidiana puede ser tan influyente como los grandes mensajes institucionales. Una embajadora que muestra interés genuino por un mercado tradicional y por un alimento popular participa, de manera consciente o no, de esa pedagogía blanda. Le dice a su audiencia que el país no debe conocerse sólo a través de sus titulares estratégicos, sino también a través de sus gestos diarios.
En América Latina y España, donde la gastronomía de calle es parte fundamental de la identidad urbana, ese mensaje puede encontrar eco especial. Los lectores entienden bien que una ciudad también se revela en lo que se come de pie, con prisa o con curiosidad, entre desconocidos que comparten un espacio breve. Tal vez por eso la escena de Namdaemun resulta tan exportable: porque en el fondo habla de algo muy nuestro también. Habla de la dignidad cultural de lo cotidiano, de la memoria que cabe en una receta sencilla y del modo en que los vínculos humanos empiezan muchas veces con algo tan elemental como aceptar un bocado caliente de manos de otra persona.
Más que una foto amable: una escena que explica un país
La imagen de Michelle Steel en Namdaemun corre el riesgo de ser leída, en una primera mirada, como simple material de color: una diplomática recién llegada, una foto amable, una anécdota gastronómica apta para redes sociales. Pero sería reducir demasiado su alcance. La escena condensa varios de los temas que hoy definen la conversación sobre Corea del Sur: la relación entre tradición y modernidad, el papel de la diáspora, la centralidad del soft power, la fuerza simbólica de la comida y la importancia de la diplomacia pública en tiempos de sobreexposición mediática.
También recuerda algo que a veces olvidamos al cubrir Asia desde el mundo hispanohablante: los grandes procesos geopolíticos no sólo se entienden a través de tratados, presupuestos de defensa o declaraciones oficiales. También se comprenden en escenas aparentemente menores donde los actores públicos se posicionan frente a la memoria, la identidad y la vida común. En este caso, el retorno de Steel a Seúl quedó enmarcado no únicamente por la solemnidad de su nuevo cargo, sino por el gesto íntimo de reconocer un sabor y una atmósfera.
En un presente saturado de mensajes cuidadosamente calculados, quizá la eficacia de esa imagen radique en su economía. Un mercado, un puesto, una vendedora, una sonrisa, un hotteok. Lo suficiente para evocar la ciudad, la infancia, la migración, el regreso y el inicio de una nueva misión diplomática. Lo suficiente, también, para que lectores de muy distintos lugares entiendan que Corea del Sur puede entrar por la gran puerta de sus industrias culturales, sí, pero a menudo se queda en la memoria por un detalle más sencillo: el calor de una comida popular sostenida entre las manos.
Si algo deja esta escena es una lección útil para quienes observan la expansión global de la cultura coreana. La influencia no siempre se impone con grandilocuencia. A veces se instala a través de un gesto doméstico, de una calle que sigue oliendo a masa tostada, de un mercado que ofrece continuidad en medio del cambio. Y a veces, también, la diplomacia más eficaz no es la que habla más fuerte, sino la que sabe escuchar lo que un país cuenta sobre sí mismo cuando alguien, simplemente, muerde un hotteok y recuerda.
Comentarios
Publicar un comentario