
Un calor histórico que ya no se mide solo en grados
Corea del Sur atraviesa uno de esos episodios meteorológicos que dejan de ser una anécdota del verano para convertirse en un retrato social del país. En la ciudad de Changwon, al sureste de la península, vecinos de zonas residenciales antiguas soportan temperaturas cercanas a los 40 grados dentro y fuera de casa, mientras en la cercana Yangsan los termómetros llegaron a 42,5 grados, un registro sin precedentes desde que comenzaron las observaciones meteorológicas modernas en 1904. La cifra, por sí sola, ya impresiona. Pero lo verdaderamente revelador es lo que ocurre cuando ese calor extremo entra en viviendas viejas, golpea a poblaciones envejecidas y obliga a muchas personas mayores a decidir entre encender un ventilador más tiempo o ahorrar en consumo eléctrico.
La escena, a miles de kilómetros de América Latina o España, no resulta ajena. En nuestras ciudades, desde Monterrey hasta Sevilla, pasando por Santiago de Chile, Buenos Aires o Asunción, el verano también ha dejado de ser solamente una temporada de incomodidad para convertirse en un problema de salud pública, desigualdad urbana y acceso desigual al descanso. En Corea del Sur, la ola de calor de estos días ofrece una imagen muy concreta de esa realidad: hay hogares donde el aire acondicionado existe, pero no puede usarse con libertad; hay barrios donde el trayecto de tres minutos hasta un refugio climatizado puede cambiar por completo el día de una persona mayor; y hay ciudades enteras que empiezan a reorganizar sus horarios, sus calles y sus prioridades alrededor del calor.
El fenómeno no se limita a un pico en la estadística climática. Lo que está en juego es algo más profundo: quién tiene un espacio realmente habitable cuando la temperatura se dispara, quién puede desplazarse sin poner en riesgo su salud y qué tan preparado está el tejido urbano para proteger a sus habitantes más vulnerables. En ese sentido, la emergencia surcoreana también dialoga con los dilemas que muchas sociedades hispanohablantes enfrentan ya en silencio: edificios que retienen calor, adultos mayores que viven solos, barrios con poco arbolado y una factura eléctrica que a menudo obliga a medir cada hora de ventilador.
Changwon y los “daldongne”: cuando la vivienda deja de ser refugio
Uno de los escenarios más duros de esta ola de calor se encuentra en los llamados daldongne, un término coreano que podría traducirse de forma aproximada como “barrios de ladera” o “pueblos en la luna”, aunque su significado social va mucho más allá de lo poético. Se trata de zonas residenciales construidas, por lo general, en pendientes o áreas elevadas, con casas antiguas y una infraestructura que suele reflejar décadas de postergación urbana. En Corea del Sur, el concepto evoca barrios modestos levantados en tiempos de rápida urbanización, donde muchas familias de menores ingresos se asentaron en viviendas pequeñas, de materiales envejecidos y con condiciones térmicas poco adecuadas para un clima cada vez más extremo.
En esos sectores de Changwon, el calor no se queda en la calle. Se mete en los muros, se acumula en los techos y convierte el interior de las viviendas en un espacio casi tan hostil como el exterior. Para los adultos mayores, que en muchos casos llevan más de medio siglo viviendo allí, la casa ya no funciona necesariamente como refugio. Un residente que ha pasado más de 60 años en la zona resumió la sensación con una frase tan simple como contundente: nunca había vivido algo así. Esa reacción importa porque Corea del Sur, pese a sus inviernos fríos y veranos húmedos, está acostumbrada a estaciones marcadas. Que personas mayores, con memoria larga sobre el clima local, hablen de un calor sin precedentes, ayuda a dimensionar el carácter excepcional del momento.
La imagen de ancianos que ahorran incluso el uso del ventilador puede parecer extrema, pero en realidad concentra varios problemas a la vez. Primero, el costo de la energía. Aunque Corea del Sur es una economía desarrollada, el gasto eléctrico sigue siendo una preocupación real para muchos hogares de ingresos bajos o fijos, especialmente entre jubilados. Segundo, la calidad de las construcciones. Una vivienda mal aislada térmicamente exige más gasto para mantenerse fresca, algo que multiplica la carga económica. Y tercero, la movilidad limitada. Cuando salir implica subir o bajar cuestas bajo un sol abrasador, la alternativa de “buscar un lugar mejor” no está siempre al alcance.
En otras palabras, el calor no afecta a todos por igual. No es lo mismo atravesar una tarde de 38 o 40 grados en un apartamento con buen aislamiento y aire acondicionado permanente, que hacerlo en una casa vieja ubicada en una ladera, con ventilación precaria y miedo a encender el abanico durante demasiadas horas. La desigualdad climática, un concepto cada vez más usado por urbanistas y expertos en salud pública, aparece aquí con toda claridad.
El refugio a tres minutos: por qué un espacio cercano puede salvar el día
Frente a esa realidad, un detalle aparentemente pequeño se vuelve decisivo: la existencia de un refugio climatizado a pocos minutos a pie. En el Centro Cultural para Personas Mayores de Hoewon, en Changwon, funciona uno de los llamados “refugios contra el calor” habilitados por las autoridades locales. Estos espacios, comunes en Corea del Sur durante periodos de temperaturas extremas, son instalaciones públicas o comunitarias abiertas para que los residentes, en particular los más vulnerables, puedan descansar en un ambiente con aire acondicionado.
La lógica parece sencilla, pero su impacto es profundo. Una mujer de más de 80 años explicó que suele terminar las tareas de la mañana en casa y luego camina hasta el centro, ubicado a apenas tres minutos. Incluso ese trayecto tan corto la deja empapada en sudor. Aun así, el esfuerzo vale la pena porque allí puede permanecer sin costo, sentarse con tranquilidad y pasar las horas más duras del día lejos del encierro sofocante de su vivienda. Ese testimonio muestra algo que las políticas públicas a veces olvidan: no basta con anunciar que existen instalaciones refrigeradas; esas instalaciones deben ser accesibles, cercanas y utilizables sin barreras económicas ni burocráticas.
En Corea, estos espacios reciben el nombre de mudewi swimteo, literalmente refugios o lugares de descanso contra el bochorno extremo. Son parte de una estrategia municipal y provincial que se activa en verano, algo parecido a lo que en varios países latinoamericanos se intenta hacer con centros de hidratación, edificios públicos abiertos o alertas para personas mayores, aunque no siempre con la misma capilaridad territorial. La provincia de Gyeongsang del Sur anunció además que ampliará el horario de estos refugios hasta las 10 de la noche entre semana y que abrirá también los fines de semana, una decisión significativa en un contexto donde el calor ya no se concentra solo al mediodía y se extiende hasta entrada la noche.
Ese punto es clave. Las olas de calor actuales no se comportan como las de hace una o dos décadas. Cada vez es más frecuente que las noches sigan siendo sofocantes, impidiendo al cuerpo recuperarse. Cuando una persona mayor vuelve a una casa que guarda el calor acumulado de todo el día, el descanso también se vuelve precario. Por eso, alargar el horario de los refugios no es un gesto administrativo menor, sino una herramienta concreta para modificar el ritmo cotidiano y reducir el tiempo de exposición al calor doméstico.
La historia de ese refugio a tres minutos también sugiere otra lectura. En tiempos de clima extremo, la infraestructura verdaderamente valiosa no siempre es la más monumental. A veces, la diferencia la marca un salón comunitario bien ventilado, una biblioteca de barrio, un centro para mayores o una sede vecinal con puertas abiertas y sillas disponibles. Es una lección que muchas ciudades de nuestra región harían bien en observar: no todos los planes de adaptación al cambio climático requieren obras espectaculares; algunos empiezan por garantizar que el barrio tenga un lugar cercano donde sentarse, tomar agua y respirar aire fresco.
De Seúl a Jeonju: el calor cambia el ritmo urbano
Lo que ocurre en Changwon forma parte de un cuadro más amplio. Ese mismo día, Seúl elevó la alerta por calor extremo en su zona noroeste y activó medidas de vigilancia especial para residentes de viviendas particularmente precarias, como los habitantes de las llamadas jjokbang. Este término designa habitaciones muy pequeñas, a menudo reducidas a unos pocos metros cuadrados, concentradas en sectores populares del centro urbano. Son espacios asociados a pobreza habitacional, personas mayores solas y trabajadores informales. En verano, la falta de ventilación y refrigeración los convierte en puntos críticos de riesgo sanitario.
Para un lector hispanohablante, las jjokbang pueden recordar a los cuartos de pensión diminutos, las piezas de alquiler informal o ciertas viviendas subdivididas de barrios centrales en ciudades latinoamericanas. Cambian los nombres y los contextos históricos, pero la lógica de fondo es similar: cuando el mercado inmobiliario y la protección social dejan a parte de la población en viviendas mínimas y mal acondicionadas, una ola de calor se transforma rápidamente en una amenaza vital.
Mientras tanto, en la provincia de Jeolla del Norte, ciudades como Gochang, Gimje, Jeonju, Namwon, Gunsan e Iksan registraban temperaturas por encima de los 35 grados al inicio de la tarde. En zonas comerciales de Jeonju, normalmente concurridas, las calles aparecían más vacías de lo habitual. El calor alteró la circulación peatonal, desplazó las actividades hacia interiores con aire acondicionado y redibujó la geografía del encuentro urbano. En términos simples: la ciudad empezó a funcionar de otra manera.
Ese cambio de ritmo es uno de los signos más visibles del calentamiento extremo. No se trata solo de soportar más calor, sino de adaptar hábitos cotidianos: cuándo salir, dónde descansar, cuánto caminar, qué trayectos evitar, a qué hora hacer compras o trámites. En muchos países de América Latina esto es perfectamente reconocible. Basta pensar en las ciudades donde el mediodía se vuelve impracticable y las tareas se reprograman para muy temprano o después del atardecer. Corea del Sur, a pesar de su alta modernización y su potente infraestructura, está enfrentando la misma pregunta que tantas sociedades: cómo reorganizar la vida urbana cuando el espacio público pierde habitabilidad durante varias horas del día.
También hay un componente simbólico. Durante años, la imagen de la modernidad asiática estuvo asociada a urbes eficientes, altamente tecnológicas y preparadas para casi todo. Sin embargo, las olas de calor recuerdan que la resiliencia urbana no depende únicamente de trenes puntuales, edificios inteligentes o redes digitales avanzadas. Depende, sobre todo, de si una persona de 80 años puede llegar caminando a un lugar fresco sin poner en riesgo su salud.
El récord de 42,5 grados y la nueva conversación sobre vulnerabilidad
El registro de 42,5 grados en Yangsan marca un antes y un después en la conversación pública surcoreana. No solo porque supera cualquier antecedente conocido desde hace más de un siglo de mediciones modernas, sino porque obliga a revisar supuestos arraigados sobre el clima del país y su capacidad de adaptación. Corea del Sur está acostumbrada a tifones, lluvias intensas y veranos húmedos, pero alcanzar este umbral térmico modifica la escala de referencia. Ya no se habla de un “verano duro”, sino de condiciones que presionan al límite a viviendas, redes eléctricas, servicios de salud y políticas de bienestar.
Ese umbral también cambia la percepción del riesgo. En muchas sociedades, el frío extremo suele ser entendido con mayor claridad como amenaza: se lo ve, se lo siente y se asocia de inmediato con peligro. El calor, en cambio, a menudo se trivializa o se convierte en comentario de sobremesa. Pero los especialistas llevan años advirtiendo que las olas de calor son uno de los fenómenos climáticos más letales, especialmente para personas mayores, pacientes crónicos, trabajadores al aire libre y quienes viven en condiciones habitacionales precarias.
En Corea, como en varios países con envejecimiento acelerado, esa vulnerabilidad adquiere una relevancia particular. La población surcoreana envejece a gran velocidad, y cada verano extremo pone bajo presión a un número creciente de personas mayores que viven solas o dependen de una red comunitaria frágil. Si a eso se suman barrios antiguos, cuestas empinadas y costos energéticos que obligan a restringir el uso del aire acondicionado, el problema deja de ser meteorológico y pasa a ser estructural.
Lo que muestran Changwon y Yangsan es, precisamente, esa transición: del dato climático al hecho social. Una marca récord en el termómetro importa, sí, pero importa mucho más porque altera la forma en que la gente cocina, duerme, se desplaza, se encuentra con otros y habita su propio hogar. La temperatura deja de ser una cifra abstracta para convertirse en una condición que modela el día entero.
Lecciones para Corea y para el mundo hispanohablante
Hay varias conclusiones que se desprenden de esta ola de calor surcoreana y que resuenan también al otro lado del mundo. La primera es que tener aparatos de refrigeración no equivale automáticamente a estar protegido. Si el costo de la electricidad impide usarlos o si la vivienda conserva el calor de manera extrema, el aire acondicionado y el ventilador se vuelven recursos teóricos antes que soluciones reales. La segunda es que los refugios públicos funcionan mejor cuando están integrados en la vida cotidiana del barrio, no cuando son instalaciones lejanas o difíciles de alcanzar. Y la tercera es que el calor extremo obliga a conectar políticas que muchas veces se piensan por separado: vivienda, salud, urbanismo, movilidad, asistencia social y gestión comunitaria.
Para lectores de América Latina y España, estas escenas surcoreanas pueden leerse como un espejo adelantado. En regiones donde los veranos baten récords con frecuencia creciente, la pregunta ya no es si habrá más olas de calor, sino quién podrá atravesarlas con cierta seguridad. Las respuestas no pasan solo por más alertas meteorológicas ni por recomendaciones genéricas de beber agua y evitar salir al mediodía. Esas medidas son necesarias, pero insuficientes si una persona vive en un cuarto diminuto, en un cerro sin sombra, en una casa de chapa o en un edificio que funciona como horno.
Corea del Sur, con toda su capacidad estatal y tecnológica, está mostrando que la adaptación más eficaz puede comenzar a escala de proximidad: un centro abierto hasta la noche, un refugio que abre fines de semana, un trayecto de tres minutos, una comunidad que sabe dónde están sus mayores y los acompaña. En tiempos de clima extremo, la infraestructura del cuidado se vuelve tan importante como la infraestructura física.
Quizá esa sea la gran historia detrás de los 42,5 grados. No solo el récord histórico, sino la manera en que ese calor obliga a repensar qué significa una ciudad habitable. Si el espacio doméstico falla como refugio y la calle se vuelve inhabitable durante horas, la supervivencia cotidiana depende de lugares intermedios: bibliotecas, centros vecinales, hogares de día, edificios públicos, plazas con sombra y circuitos cortos de apoyo. En Corea del Sur, la imagen de una mujer mayor que soporta un camino breve pero agotador para llegar a un salón fresco resume con crudeza y dignidad esa nueva realidad.
El calor extremo ya no es una nota de color del verano ni una curiosidad climática para los noticieros. Es una prueba de estrés para la vida urbana y para la capacidad de las sociedades de proteger a quienes menos margen tienen. Y en Changwon, en esas casas antiguas aferradas a la ladera, esa prueba se está librando hoy con ventiladores encendidos a medias, puertas abiertas para buscar algo de aire y refugios públicos que, por modestos que parezcan, se han vuelto esenciales.
0 Comentarios