tvN prepara un giro de ida y vuelta con el universo de ‘Undercover Chef’: cocineros de Italia y China viajarán a Corea para un nuevo spin-off

Un formato que cambia de dirección, pero no de corazón
La televisión surcoreana vuelve a apostar por uno de los ingredientes que mejor resultado le ha dado en los últimos años: la combinación entre gastronomía, viaje y vínculos humanos. El canal tvN confirmó que emitirá antes de que termine el año un spin-off de ‘Undercover Chef’, el reality culinario que llamó la atención del público por poner a chefs surcoreanos de renombre a trabajar como si fueran principiantes en cocinas de otros países. Esta vez, sin embargo, la premisa se invierte: quienes viajarán a Corea del Sur serán los veteranos de cocina que aparecieron en la obra original, procedentes de Parma y Nápoles, en Italia, y de Chengdu, en China.
Aunque el título definitivo y la fecha exacta de estreno todavía no han sido revelados, la idea central ya basta para entender por qué el proyecto despierta interés. Si la serie original observaba a figuras reconocidas de la cocina coreana desenvolverse como empleados novatos en restaurantes extranjeros, el nuevo programa propone mirar la misma relación desde el otro lado del mostrador. Es un cambio de enfoque que, en términos narrativos, parece sencillo, pero que en realidad dice mucho sobre cómo ha evolucionado el entretenimiento surcoreano: menos obsesionado con el impacto instantáneo y más atento a las historias que continúan después de que se apagan las cámaras.
En una época en la que muchos programas de variedades compiten por el momento viral, el caso de ‘Undercover Chef’ destaca por algo más difícil de fabricar: la sensación de que las relaciones construidas en pantalla no eran un truco de edición, sino un lazo genuino entre personas que compartieron presión, cansancio, aprendizaje y un idioma a veces insuficiente. Para los espectadores hispanohablantes, acostumbrados también a realities de cocina donde predominan la eliminación, el conflicto o el dramatismo calculado, esta propuesta coreana ofrece otro tipo de recompensa: la de ver cómo el trabajo cotidiano puede convertirse en una forma de diplomacia cultural.
Por eso el nuevo spin-off no se siente como un simple derivado comercial. Más bien se presenta como la segunda parte de una convivencia que dejó asuntos pendientes. Si en el primer recorrido Corea salió al encuentro del mundo, ahora el mundo entra en la cocina coreana. Y en ese desplazamiento hay una promesa poderosa: comprobar si la empatía que se construyó entre fogones en Parma, Nápoles y Chengdu puede traducirse a Seúl o a cualquier otra ciudad coreana donde se desarrolle el programa.
De chefs estrella a “maknae”: la clave del éxito del original
Uno de los grandes aciertos del ‘Undercover Chef’ original fue su decisión de despojar temporalmente a sus protagonistas de la autoridad que normalmente los acompaña. En Corea del Sur, cocineros como Sam Kim, Jung Ji-sun y Kwon Sung-jun son nombres reconocibles para el público interesado en gastronomía y entretenimiento. Pero el programa los obligó a dejar de lado la fama, la jerarquía y la comodidad del prestigio para asumir el rol del integrante más joven y menos experimentado dentro de una brigada de cocina extranjera.
Aquí conviene detenerse en un concepto cultural importante para entender mejor tanto el programa como la sociedad coreana: el “maknae”. En Corea, esa palabra se usa para designar al menor de un grupo, ya sea por edad o por posición dentro de una estructura. En programas de televisión, grupos musicales, oficinas o cocinas, ser el maknae implica muchas veces ocupar el lugar de quien observa, aprende, recibe instrucciones y todavía no tiene el capital simbólico para imponer sus propias reglas. Que chefs consagrados aceptaran convertirse en “novatos encubiertos” fue parte del atractivo del programa, porque desmontó la imagen del experto inalcanzable y la sustituyó por la de un profesional obligado a reaprender desde cero.
La mecánica no descansaba solamente en el secreto de identidad o en la tensión de pasar inadvertidos. Lo más interesante estaba en la adaptación. Había que trabajar bajo códigos distintos, entender el ritmo de otra cocina, respetar formas de mando ajenas y enfrentar barreras idiomáticas reales. En otras palabras, el programa no trataba solo de cocinar bien, sino de entrar en una comunidad laboral con sus propias reglas no escritas. Para cualquiera que haya emigrado, cambiado de rubro o tenido que empezar desde abajo en un lugar desconocido, la propuesta resultaba inmediatamente reconocible.
Ese matiz explica por qué el original consiguió un pico nacional de audiencia del 6,2%, según Nielsen Korea. En el ecosistema televisivo coreano, especialmente en cable, no es una cifra menor. Pero más allá del número, lo relevante es el tipo de conexión que generó. El público no se enganchó únicamente por la curiosidad de ver a celebridades sufriendo en una cocina extranjera. Se quedó por los intercambios humanos: la paciencia del compañero que corrige, la torpeza inicial que se vuelve complicidad, la sonrisa que aparece cuando alguien por fin entiende una instrucción sin necesidad de traducción.
En América Latina y España, donde la cocina también es una forma de identidad colectiva y memoria afectiva, no cuesta entender esa atracción. Basta pensar en la importancia emocional que tienen la sobremesa, el sazón heredado, la cocina de barrio o la figura del cocinero que enseña “con la mano”, más por repetición y acompañamiento que por teoría. ‘Undercover Chef’ conectó con esa fibra universal: la de aprender haciendo, equivocarse frente a otros y aun así ganarse un lugar.
El spin-off: cuando los anfitriones pasan a ser invitados
La novedad del spin-off reside justamente en el cambio de roles. Los cocineros veteranos de Parma, Nápoles y Chengdu, que en la primera temporada fueron los referentes locales para los chefs coreanos infiltrados, viajarán ahora a Corea. En apariencia, ellos llegan como invitados; en la práctica, serán también aprendices de un entorno nuevo. Y es ahí donde el formato puede encontrar su mayor riqueza.
En la cocina profesional, el conocimiento rara vez es absoluto. Un maestro en un espacio determinado puede volverse principiante al cruzar una frontera. Cambian los ingredientes, las formas de servicio, las jerarquías, el lenguaje corporal, los horarios y hasta la idea de lo que significa “sabor casero”. El nuevo programa puede explorar precisamente ese desplazamiento: qué ocurre cuando quienes antes daban instrucciones ahora tienen que leer señales distintas en una cocina coreana, interpretar una etiqueta laboral que no les pertenece y descubrir sabores que, aunque globalmente famosos gracias al auge del hallyu, no siempre resultan familiares en su lógica cotidiana.
La apuesta es especialmente interesante porque evita la trampa del exotismo superficial. En muchos formatos internacionales, Corea aparece como un escaparate de platos convertidos en tendencia global —ramyeon instantáneo, tteokbokki, kimchi, pollo frito coreano— sin explicar el sistema cultural que sostiene esa cocina. Si tvN cumple con lo que su premisa sugiere, el spin-off podría ofrecer algo más complejo: no solo mostrar comida coreana, sino observar cómo se negocia la convivencia en torno a ella.
Eso incluye detalles que el público hispanohablante quizá no siempre tenga presentes. Por ejemplo, en Corea del Sur las relaciones dentro del trabajo suelen estar atravesadas por el peso del respeto jerárquico, la cortesía verbal y la lectura del contexto. La cocina, como espacio de alta presión, puede amplificar estas normas. Ver a profesionales italianos y chinos adaptarse a ese ambiente puede resultar tan revelador como cuando, en la versión original, fueron los coreanos quienes debieron acomodarse a la lógica de restaurantes extranjeros. En otras palabras, el verdadero “giro” no es turístico, sino relacional.
También hay un atractivo casi cinematográfico en el reencuentro. El público ya conoce a parte de estas personas no como personajes abstractos, sino como compañeros de una experiencia previa. Esa continuidad distingue al proyecto de muchos spin-off tradicionales, que suelen tomar la marca de un éxito para insertar rostros nuevos y repetir una fórmula. Aquí, en cambio, lo que se prolonga es un vínculo. Es como reencontrarse con alguien a quien se conoció en circunstancias extraordinarias y preguntarse si la amistad sobrevivirá fuera de ese contexto.
La cocina como idioma común en la era del hallyu
El auge global de la cultura surcoreana suele contarse a través del K-pop, los dramas televisivos y, más recientemente, el cine y las plataformas. Pero la gastronomía ocupa un lugar cada vez más visible en esa expansión. No es casualidad: la comida funciona como una puerta de entrada particularmente eficaz para audiencias internacionales, porque permite participar sensorialmente de una cultura incluso sin dominar su idioma. Un espectador puede no entender todas las capas de una conversación en coreano, pero sí reconocer el gesto de probar algo picante, la tensión de un servicio en hora punta o la emoción de cocinar para alguien.
En ese sentido, el spin-off de ‘Undercover Chef’ llega en un momento oportuno. El hallyu —la llamada Ola Coreana— ya no se limita a exportar productos terminados; también produce un tipo de curiosidad más profunda por las prácticas cotidianas de Corea del Sur. ¿Cómo se trabaja? ¿Cómo se come? ¿Cómo se reciben los invitados? ¿Qué significan la senioridad y el compañerismo en espacios de alta exigencia? Este programa puede convertirse en una respuesta accesible a esas preguntas, sin la rigidez de un documental clásico y con la calidez de un reality bien construido.
Para lectores de América Latina y España, esto tiene además una resonancia especial. Nuestras sociedades conocen bien la cocina como territorio de identidad mestiza, migración e intercambio. Desde la influencia árabe en la gastronomía española hasta las mezclas indígenas, africanas y europeas que atraviesan las cocinas latinoamericanas, la idea de que los platos cuentan historias de viaje no resulta ajena. Por eso es fácil ver en este proyecto algo más que entretenimiento: un recordatorio de que la cocina es uno de los pocos espacios donde las fronteras pueden discutirse sin necesidad de discursos grandilocuentes.
La presencia de cocineros de Parma y Nápoles, por un lado, y de Chengdu, por otro, no es un detalle menor. Cada una de esas ciudades representa tradiciones culinarias con un peso cultural muy definido. Parma evoca la disciplina del producto y la tradición emiliana; Nápoles, la pasión popular y una cocina donde la identidad local se defiende con orgullo casi futbolero; Chengdu, uno de los grandes centros gastronómicos de China, asociado a sabores intensos y a una cultura culinaria de enorme sofisticación. Llevar esas sensibilidades a Corea abre la puerta a un diálogo especialmente rico, tanto en términos de gusto como de temperamento profesional.
Si el programa logra capturar ese intercambio sin convertirlo en postal folclórica, podría consolidarse como un ejemplo de entretenimiento transnacional bien pensado. No se trataría de “mostrar Corea al extranjero” de forma unidireccional, sino de registrar un encuentro en el que todas las partes deben negociar, aprender y ceder un poco. En tiempos de algoritmos que simplifican identidades hasta volverlas mercancía, esa complejidad se agradece.
Más allá del rating: por qué importan las relaciones
La propia producción dio una pista clara sobre el tono que pretende recuperar. La productora Hong Jin-joo afirmó que espera volver a ofrecer risas y emoción a través de esos vínculos especiales que continuaron más allá de las fronteras. La frase puede sonar promocional, pero encierra la razón principal por la que este spin-off llama la atención: su motor dramático no es la competencia, sino el reencuentro.
Eso marca una diferencia importante dentro del panorama del entretenimiento culinario. En numerosos formatos populares, desde franquicias globales hasta concursos locales, la cocina se presenta como un campo de batalla. Los tiempos se acortan, los jurados elevan la presión, las ediciones subrayan el choque de egos. Ese modelo funciona, pero no es el único. Corea del Sur ha desarrollado desde hace años una tradición de programas de variedades donde la observación de la convivencia tiene tanto peso como el objetivo final. En lugar de preguntar quién gana, muchas veces pregunta cómo se relacionan quienes comparten una tarea.
‘Undercover Chef’ encaja en esa línea. Su spin-off, si mantiene esa sensibilidad, podría profundizar en un aspecto poco explorado de la televisión gastronómica: qué queda después del desafío. En otras palabras, una vez que el episodio termina, ¿esa gente volvió a hablarse?, ¿se visitó?, ¿mantuvo el afecto?, ¿siguió intercambiando recetas, consejos o recuerdos? La nueva entrega parece surgir precisamente de esa pregunta.
Para la audiencia hispanohablante, ese enfoque tiene un eco claro. En nuestra cultura mediática también hay una larga tradición de valorar la “química” entre personas por encima del artificio del formato. Ocurre en entrevistas, magazines, realities y transmisiones deportivas: cuando se percibe autenticidad en el trato, el espectador se queda. Y si algo convirtió al original en un programa comentado fue esa impresión de que los lazos entre chefs y colegas extranjeros no eran desechables.
El nuevo escenario, además, promete invertir las emociones conocidas. Antes, el chef coreano debía lidiar con la vulnerabilidad de estar fuera de casa. Ahora, esa fragilidad recaerá sobre los visitantes. ¿Cómo reaccionarán ante ingredientes fermentados, niveles de picante, horarios o modales distintos? ¿Cómo leerán la hospitalidad coreana, a menudo más codificada de lo que parece a primera vista? ¿Se mantendrá la misma complicidad cuando cambie el mapa? Las mejores escenas probablemente nazcan de esas pequeñas incomodidades que, bien acompañadas, se transforman en confianza.
Qué puede esperar el público hispanohablante de este regreso
De momento, hay que ser precisos con los hechos confirmados. tvN informó que el spin-off se emitirá dentro de este año, pero todavía no comunicó ni el título definitivo ni el calendario exacto. También se sabe que la idea principal contempla la visita a Corea de los veteranos de cocina conocidos en las etapas ambientadas en Italia y China. Todo lo demás —el formato exacto, la duración, las ciudades de rodaje, los restaurantes implicados o el reparto completo— permanece abierto.
Sin embargo, incluso con esa información limitada, ya se dibuja una propuesta con potencial. Para el público de América Latina y España, donde la conversación sobre Corea del Sur suele concentrarse en ídolos del pop, series románticas o thrillers de plataforma, este programa puede ampliar el mapa. Recordará que la Ola Coreana también se expresa en la forma de construir televisión de no ficción y, sobre todo, en la capacidad de convertir lo cotidiano en un relato con circulación global.
Hay además una dimensión muy contemporánea en su posible recepción internacional. En un mundo donde la traducción automática permite que una noticia de entretenimiento viaje en segundos de Seúl a Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires, Lima, Santiago o Madrid, los formatos apoyados en gestos, sabores y rutinas tienen ventaja. La cocina se entiende visualmente. La relación entre maestro y aprendiz, entre anfitrión e invitado, entre compañero veterano y recién llegado, no necesita demasiadas notas al pie. Eso vuelve a este tipo de contenidos especialmente exportables.
También es una oportunidad para que los espectadores hispanohablantes se acerquen a Corea desde un lugar menos idealizado. No a través de la fantasía del drama perfecto ni del brillo del escenario musical, sino desde la organización del trabajo, el cansancio real, la torpeza amable y la necesidad de cooperar. Esa clase de mirada, si está bien contada, suele dejar una huella más duradera que cualquier tendencia pasajera.
En última instancia, el valor de este spin-off podría residir en algo muy simple: confirmar que la experiencia compartida no terminó cuando terminó la temporada original. Que lo vivido entre chefs coreanos y colegas de Italia y China no fue un recurso narrativo de usar y tirar, sino el comienzo de una amistad profesional capaz de cruzar fronteras en ambas direcciones. En tiempos donde tantas colaboraciones internacionales se anuncian con grandilocuencia pero se agotan en la foto promocional, una historia construida a fuego lento puede resultar refrescante.
Si el proyecto logra sostener ese espíritu, tvN no solo tendrá entre manos una secuela atractiva. Tendrá también una muestra de cómo la televisión de entretenimiento puede hablar de hospitalidad, humildad y trabajo en equipo sin perder ritmo ni encanto. Y para quienes seguimos la cultura asiática desde el mundo hispanohablante, ese quizá sea el verdadero plato fuerte: ver cómo una relación nacida entre ollas, acentos y turnos intensos encuentra una segunda vida en Corea, ahora con los papeles invertidos y la misma pregunta de fondo. ¿Qué pasa cuando cocinar juntos deja de ser una prueba y se convierte en un vínculo?
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