Los fangales de Seosan entran en la conversación global: la ampliación del patrimonio natural de la UNESCO pone a Corea y sus marismas frente al mundo

Los fangales de Seosan entran en la conversación global: la ampliación del patrimonio natural de la UNESCO pone a Corea

Un paisaje que deja de ser local para convertirse en patrimonio compartido

En un momento en que buena parte de la atención internacional sobre Corea del Sur suele concentrarse en el K-pop, los dramas televisivos o la potencia tecnológica de Seúl, el país acaba de colocar en el mapa global otro de sus grandes activos: la naturaleza costera. La bahía de Garorim, en la ciudad de Seosan, provincia de Chungcheong del Sur, ha quedado incorporada a la ampliación de “Getbol, los fangales coreanos” como Patrimonio Natural Mundial de la UNESCO, una decisión adoptada el 25 de julio de 2026 durante la 48ª sesión del Comité del Patrimonio Mundial celebrada en Busan, en el centro de convenciones BEXCO.

La noticia puede parecer, a primera vista, una actualización técnica de un listado internacional. Pero no lo es. En términos políticos, ambientales y simbólicos, la ampliación del registro significa que los fangales de Seosan ya no son vistos solo como un paisaje costero valioso para Corea, sino como una parte del patrimonio natural que la comunidad internacional considera digna de preservación para las próximas generaciones.

Para lectores hispanohablantes, conviene detenerse en un concepto central: el “getbol”, palabra coreana que se utiliza para referirse a las extensas llanuras de marea, o fangales intermareales, que quedan expuestas cuando baja el mar y se cubren nuevamente con la pleamar. En América Latina y España existen marismas, esteros y humedales costeros que cumplen funciones ecológicas comparables, pero en Corea estos ecosistemas ocupan un lugar especialmente visible en la identidad del litoral occidental. No son solo un paisaje: son espacios donde conviven aves migratorias, moluscos, cangrejos, peces juveniles y comunidades humanas que durante generaciones han construido prácticas de recolección, pesca y vida cotidiana en diálogo con las mareas.

La ampliación aprobada por la UNESCO refuerza precisamente esa idea. Seosan, un nombre todavía poco familiar para el gran público fuera de Asia, adquiere ahora un sello de reconocimiento que funciona como lenguaje común a escala internacional. Para un viajero de Bogotá, Ciudad de México, Buenos Aires, Lima, Madrid o Santiago, tal vez “Garorimman” no diga mucho de entrada. Pero la expresión “Patrimonio Natural Mundial” sí transmite de inmediato que se trata de un lugar cuya conservación excede las fronteras nacionales.

Las autoridades de Seosan han interpretado la decisión como la consolidación de una nueva marca internacional para la ciudad. Y aunque el lenguaje de “marca” puede sonar cercano al marketing turístico, el fondo del asunto es más profundo: la UNESCO no avala eslóganes, sino valores universales excepcionales. Es decir, reconoce que ese territorio posee características ecológicas y naturales que merecen ser preservadas no por moda, sino por su importancia real dentro del patrimonio del planeta.

En tiempos en que tantos destinos compiten por atraer visitantes con grandes eventos, parques temáticos o megaproyectos, el caso de Seosan recuerda una lección cada vez más vigente: la singularidad de una ciudad también puede construirse a partir de aquello que ya existe en su paisaje y que requiere cuidado, no explotación indiscriminada. En ese sentido, la bahía de Garorim no solo suma prestigio a Corea; también ofrece un ejemplo de cómo la conservación ambiental puede convertirse en un relato de identidad territorial con proyección global.

Qué son los “getbol” y por qué Corea los considera un tesoro

Para entender el alcance de esta decisión, hay que ir más allá de la postal y explicar por qué los fangales coreanos tienen tanta importancia. Los “getbol” se forman en zonas costeras donde el juego de las mareas deja al descubierto superficies de sedimentos finos, ricos en nutrientes y altamente productivos. Aunque para el ojo no entrenado puedan parecer simplemente extensiones de barro, en realidad funcionan como viveros biológicos. Son ecosistemas de transición entre la tierra y el mar, fundamentales para la reproducción de múltiples especies, la alimentación de aves migratorias y el equilibrio general de la biodiversidad costera.

En Corea del Sur, especialmente en su costa occidental, estos paisajes tienen una densidad cultural y ecológica muy marcada. Durante décadas, la modernización acelerada, la expansión portuaria y los proyectos de relleno costero pusieron bajo presión a varios humedales. Por eso, la defensa de los fangales ha ido adquiriendo una relevancia pública comparable, salvando las distancias, a la que en otros países tienen la protección de selvas, glaciares o grandes humedales interiores.

Para un lector de América Latina, puede resultar útil imaginar la mezcla de funciones que cumplen espacios como el Delta del Paraná, los manglares del Pacífico colombiano o ecuatoriano, los humedales mexicanos o Doñana en España: reservorio de biodiversidad, barrera natural, sustento económico local y símbolo de una relación histórica entre comunidad y entorno. Los fangales coreanos participan de esa misma lógica. Son ecosistemas que sostienen cadenas de vida enteras y al mismo tiempo forman parte de la memoria cotidiana de las localidades costeras.

La UNESCO ya había inscrito “Getbol, los fangales coreanos” en 2021, cuando recomendó considerar una ampliación que incorporara zonas adicionales del noroeste del país para fortalecer la protección de hábitats interconectados. La decisión de 2026 responde justamente a esa continuidad. No es una ocurrencia de último minuto, ni un gesto diplomático aislado. Es la concreción de un proceso en el que la organización había señalado que el valor ecológico del sistema de fangales coreanos se comprende mejor si se lo observa como un entramado más amplio, y no como piezas separadas.

Ese matiz es importante. En asuntos de patrimonio natural, ampliar una inscripción no equivale simplemente a añadir un punto más al mapa. Significa reconocer que ciertos ecosistemas funcionan de manera articulada y que su conservación solo tiene sentido si se protege esa continuidad ecológica. En otras palabras, la inclusión de Seosan no responde únicamente a la belleza del lugar, sino a su papel dentro de un sistema natural mayor.

En la cobertura sobre Corea, muchas veces la conversación internacional se inclina hacia sus industrias culturales, desde BTS hasta las series de Netflix o el cine de Bong Joon-ho. Sin embargo, esta noticia obliga a mirar otra Corea: la de sus estuarios, mareas y paisajes sedimentarios; la de una costa donde la biodiversidad también forma parte del relato nacional. Y eso es particularmente relevante para un público hispanohablante que, acostumbrado a consumir la “ola coreana” en clave pop, encuentra aquí una dimensión menos difundida, pero igual de reveladora, del país.

La ruta de protección: de reserva marina a parque ecológico nacional y ahora patrimonio mundial

La inscripción ampliada de los fangales de Seosan no apareció de la nada. Su importancia radica también en la acumulación de reconocimientos previos dentro de Corea del Sur. Según la información difundida por las autoridades locales, el área fue designada en 2016 como la primera zona de protección de vida marina del país. Esa decisión marcó un antes y un después: por primera vez, Seosan quedaba formalmente situado dentro del sistema coreano de resguardo ecológico por su riqueza biológica y por el valor de su hábitat costero.

El siguiente paso llegó en 2025, cuando la zona fue designada como el primer Parque Nacional de Ecología Marina de Corea del Sur. El cambio no fue meramente administrativo. Si la categoría anterior ponía el acento en la protección de especies y ambientes críticos, la nueva figura ampliaba la mirada hacia el conjunto del espacio marino-costero como patrimonio ecológico de escala nacional. Es una evolución que muchos países conocen bien: primero se resguarda lo urgente, luego se estructura una visión de manejo integral.

Con la ampliación de la inscripción de la UNESCO en 2026, Seosan suma ahora un tercer nivel de reconocimiento. En términos simples, el lugar ha atravesado un recorrido que va de la protección local y nacional a la validación internacional. Y eso importa porque revela una maduración en la forma de leer el territorio. La comunidad científica, las autoridades y los organismos de conservación no están diciendo solo que se trata de un sitio bonito o de un recurso turístico. Están afirmando que su valor ha sido constatado en distintas escalas y bajo criterios distintos, todos convergentes.

Para cualquier ciudad, construir una identidad internacional a partir de la naturaleza es un desafío complejo. Muchas veces, la tentación es convertir el sello de reconocimiento en una campaña de promoción rápida. Pero el caso de Seosan parece sostenerse sobre una narrativa más sólida: la de un territorio cuya importancia fue primero estudiada, luego protegida por el Estado y finalmente presentada ante la UNESCO con un expediente capaz de resistir la evaluación global.

Este proceso recuerda algo que en América Latina conocemos bien cuando se habla, por ejemplo, de reservas de biosfera, parques nacionales o sitios Ramsar: un título internacional serio no sustituye el trabajo previo, sino que lo corona. Si no existe una base de protección, vigilancia, manejo y legitimidad social, el reconocimiento externo se vuelve vacío. En Seosan, en cambio, la UNESCO llega después de una trayectoria acumulada, y por eso su peso simbólico es mayor.

También hay un elemento político que no debe pasarse por alto. Corea del Sur, como otras economías altamente industrializadas, enfrenta el reto de equilibrar desarrollo, infraestructura y conservación. Que una ciudad pueda presentarse hoy como “ciudad patrimonio mundial” a partir de un humedal costero y no exclusivamente desde su capacidad industrial o urbana habla de una transformación en la forma de proyectar prestigio. No se trata solo de producir más, sino de demostrar que se puede proteger mejor.

Seosan y la construcción de una nueva imagen de ciudad

Cuando las autoridades municipales celebraron que Seosan se incorpore al grupo de las ciudades con patrimonio mundial, el mensaje fue claro: el fangal de Garorim no debe entenderse como un borde periférico sin relación con la vida urbana, sino como uno de los activos centrales con los que la ciudad puede explicarse ante el mundo. Esa declaración tiene implicaciones profundas en la construcción de imagen territorial.

En buena parte del mundo, incluyendo América Latina, la identidad de una ciudad suele asociarse con monumentos históricos, gastronomía, festivales o actividad económica. Sin embargo, cada vez más urbes encuentran en su paisaje natural un eje narrativo de primer orden. Pensemos en ciudades que se explican por una bahía, un cerro, un río, un salar o una reserva ecológica cercana. En esos casos, la naturaleza no es decorado: es parte del ADN urbano.

Eso es lo que parece estar en juego en Seosan. La ampliación del patrimonio no convierte automáticamente al lugar en un destino masivo, pero sí le da una herramienta poderosa de comunicación internacional. El nombre de la ciudad puede empezar a circular asociado a una idea concreta y fácilmente comprensible en distintos idiomas: la de un territorio que alberga fangales reconocidos por su valor universal.

El detalle no es menor en un país donde la competencia entre ciudades por destacar en el mapa turístico y cultural es intensa. Busan tiene su perfil marítimo y cinematográfico, Gyeongju carga con el peso de su herencia histórica, Jeonju con su tradición culinaria y arquitectónica, y Jeju con su magnetismo volcánico y paisajístico. Seosan, menos conocida fuera de Corea, gana ahora una carta de presentación propia, respaldada por una institución cuyo sello es entendido desde Lima hasta Barcelona.

Pero la oportunidad no está exenta de riesgos. En más de un país hemos visto cómo una declaratoria prestigiosa deriva en una presión turística mal gestionada, en infraestructuras improvisadas o en una explotación del territorio que contradice el sentido original del reconocimiento. La UNESCO, de hecho, no premia la sobreexposición; exige conservación sostenida. La gran pregunta para Seosan será cómo traducir la nueva visibilidad en educación ambiental, planificación y visitas responsables, en lugar de caer en la lógica del consumo rápido del paisaje.

Ahí radica una diferencia crucial entre “sitio fotogénico” y “patrimonio mundial”. Lo primero puede agotarse en la imagen; lo segundo obliga a construir una ética de relación con el lugar. Si Seosan quiere consolidar esta nueva identidad, tendrá que lograr que tanto visitantes coreanos como extranjeros entiendan que el valor del fangal no se mide únicamente por su potencial turístico, sino por su rol ecológico, por la continuidad de sus hábitats y por la historia de protección que hizo posible esta inscripción ampliada.

En este punto, la experiencia comparada puede resultar útil. Ciudades costeras de Iberoamérica que han intentado combinar conservación y desarrollo sostenible saben que el prestigio internacional abre puertas, pero también eleva las exigencias. Señalización, interpretación del patrimonio, límites de acceso, participación comunitaria y monitoreo ambiental dejan de ser asuntos secundarios. Se convierten en la verdadera prueba de madurez tras la celebración inicial.

Más allá del turismo: el sentido de conservar un humedal en plena era de crisis climática

Si hay una idea que sobresale en esta ampliación de la UNESCO es que la protección del hábitat debe ir por delante de la promoción del destino. Esa fue, de hecho, la lógica que ya aparecía en la recomendación emitida por el Comité del Patrimonio Mundial en 2021, cuando propuso extender la inscripción hacia fangales adicionales del noroeste coreano para fortalecer la conservación ecológica. No se trataba simplemente de engrosar la lista, sino de proteger mejor un sistema natural conectado.

Ese principio resulta especialmente relevante en el contexto actual. Los humedales costeros del mundo están entre los ecosistemas más amenazados por la urbanización, la contaminación, la alteración de líneas de costa y los efectos del cambio climático. A su vez, son espacios clave para la adaptación climática, porque amortiguan impactos, capturan carbono en sus sedimentos y sostienen cadenas alimentarias enteras. En otras palabras, proteger un fangal no es una extravagancia verde; es una medida de sentido común en una época de vulnerabilidad ambiental creciente.

Desde esa perspectiva, la noticia de Seosan tiene una resonancia que va más allá de Corea. En América Latina y España, donde el debate sobre humedales se ha intensificado por incendios, sequías, desarrollos inmobiliarios y conflictos productivos, el caso coreano aporta un ejemplo de cómo un país puede elevar el valor de estos ecosistemas hasta colocarlos en el centro de su diplomacia cultural y ambiental. El barro, que tantas veces se asocia con lo residual o lo improductivo, aparece aquí resignificado como riqueza viva.

También conviene recordar que los humedales costeros no son solo refugios de biodiversidad abstracta. Son escenarios de prácticas humanas concretas: recolección de mariscos, pesca artesanal, observación de aves, educación ecológica, transmisión de saberes locales. En Corea, muchas comunidades del litoral han mantenido vínculos cotidianos con el getbol, un término que condensa tanto realidad ecológica como experiencia cultural. Para el público hispanohablante, esa relación puede compararse con la que mantienen poblaciones ribereñas o marisqueras con esteros, albuferas o marismas que forman parte de su identidad laboral y afectiva.

Por eso, el desafío posterior a la inscripción no será solo evitar daños físicos al ecosistema, sino también comunicar bien su significado. Que un visitante entienda por qué ese espacio mereció protección en 2016, designación ecológica nacional en 2025 y reconocimiento mundial en 2026 es tan importante como que admire el paisaje. La interpretación del patrimonio —es decir, la capacidad de explicar un lugar de manera clara, rigurosa y sensible— será decisiva para que la visibilidad internacional no vacíe de sentido aquello mismo que la hizo posible.

En una era dominada por la velocidad digital, donde muchas experiencias de viaje parecen diseñadas para consumirse en segundos y compartirse en redes sociales, el caso de Seosan propone otra temporalidad: la de las mareas, los ciclos biológicos y los procesos de conservación a largo plazo. Esa quizá sea una de las lecciones más valiosas de esta noticia. Frente a la lógica de lo instantáneo, el patrimonio natural obliga a pensar en continuidad, cuidado y responsabilidad compartida.

Lo que esta noticia dice sobre Corea y sobre la manera en que el mundo mira sus paisajes

La ampliación del Patrimonio Natural Mundial para incluir los fangales de Seosan también funciona como una ventana para observar cómo Corea del Sur quiere ser leída en el escenario internacional. Durante años, el país ha perfeccionado una formidable capacidad de proyección cultural, desde la música y el entretenimiento hasta la gastronomía y la cosmética. Esa diplomacia blanda ha sido tan eficaz que, para millones de personas, Corea ya no es una referencia lejana, sino una presencia habitual en la vida cotidiana.

Sin embargo, toda ola cultural corre el riesgo de simplificar aquello que representa. La Corea que consume el mundo muchas veces llega filtrada por el brillo de las industrias creativas. La noticia de Seosan amplía ese encuadre y recuerda que la imagen internacional de un país también se construye con paisajes, políticas de conservación y formas de nombrar su relación con la naturaleza.

Que la decisión haya sido adoptada en Busan, durante una sesión del Comité del Patrimonio Mundial celebrada en territorio coreano, añade una capa simbólica interesante. Pero el núcleo de la noticia no está en el escenario diplomático, sino en la validación de un proceso de protección que venía madurando desde hace años. Lo esencial es que un ecosistema concreto, situado en una ciudad relativamente poco conocida fuera del país, ha sido incorporado a una narrativa universal sobre el valor de conservar la vida costera.

Para el lector hispanohablante, esta historia puede resultar especialmente sugerente porque conecta temas muy presentes en nuestras propias sociedades: qué hacemos con los humedales, cómo conciliamos desarrollo y protección, de qué manera una comunidad convierte su paisaje en símbolo sin destruirlo en el intento. En ese espejo, Seosan deja de ser solo una ciudad coreana y se convierte en un caso de estudio sobre el futuro de los territorios costeros.

La ampliación de “Getbol, los fangales coreanos” permite además comprender que el prestigio internacional más sólido no siempre nace del espectáculo, sino de la consistencia. En Seosan hubo primero reconocimiento científico y legal, luego una política nacional de protección y, finalmente, un aval global. Esa secuencia importa. Muestra que el patrimonio, cuando es auténtico, no se inventa de un día para otro: se documenta, se cuida y se argumenta.

En definitiva, la noticia que llega desde Corea del Sur no habla solo de una nueva inscripción en la UNESCO. Habla de la posibilidad de convertir un paisaje intermareal, aparentemente silencioso y modesto, en una pieza central del relato contemporáneo de un país. Habla de una ciudad que encuentra en sus marismas una forma de nombrarse ante el mundo. Y habla, sobre todo, de una certeza que atraviesa continentes: en tiempos de crisis ecológica, conservar ya no es un lujo ni una nota al pie, sino una forma de entender qué vale la pena legar.

Si la ola coreana enseñó al mundo a mirar hacia Seúl, hacia sus pantallas y sus escenarios, la ampliación del patrimonio en Seosan invita a dirigir la mirada hacia otro ritmo y otro horizonte: el de las mareas que suben y bajan sobre un fangal cuyo valor, ahora, pertenece también a la conciencia global.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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