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Las excursiones escolares con pernocta caen en Jeonbuk: por qué Corea del Sur debate el futuro de los viajes de estudio

Las excursiones escolares con pernocta caen en Jeonbuk: por qué Corea del Sur debate el futuro de los viajes de estudio

Una caída que enciende alarmas en las escuelas de Jeonbuk

En Corea del Sur, una región del suroeste del país acaba de abrir un debate que va mucho más allá de la logística escolar. La provincia de Jeonbuk —nombre abreviado de Jeollabuk-do, hoy oficialmente Jeonbuk Estado Autónomo Especial— registró una fuerte caída en la realización de actividades de aprendizaje experiencial con pernocta, una modalidad que incluye los clásicos viajes de estudio o excursiones escolares de varios días. Según datos presentados en la asamblea provincial, la tasa de realización de estas salidas bajó de 82,4% en 2023 a 62,2% este año, un descenso de 20,2 puntos porcentuales en un periodo muy corto.

El dato no pasó inadvertido. Durante la 430ª sesión extraordinaria del consejo provincial, el legislador Jang Yeon-guk, integrante del comité de educación, pidió medidas para aliviar la carga que hoy recae sobre los docentes, a quienes se atribuye buena parte de la presión operativa y administrativa detrás de este retroceso. El planteamiento no fue menor: en el corazón del problema no estaría una supuesta falta de interés pedagógico, sino la dificultad real que tienen las escuelas para organizar, supervisar y sostener este tipo de experiencias fuera del aula.

Para el lector hispanohablante, puede ser útil pensar en el equivalente de las excursiones de fin de curso, los viajes escolares a sitios históricos o las salidas educativas de varios días que en muchos países de América Latina y España forman parte de la memoria colectiva. En Corea del Sur, sin embargo, estas experiencias suelen estar más integradas a la formación escolar y tienen una dimensión que combina convivencia, aprendizaje territorial y disciplina grupal. No se trata simplemente de “irse de paseo”, sino de un formato educativo conocido como “aprendizaje experiencial en terreno”, en el que los estudiantes conocen otras regiones, museos, patrimonios, ecosistemas o espacios culturales mientras comparten rutinas y responsabilidades con sus compañeros.

Lo que hoy preocupa en Jeonbuk es que esa posibilidad se está estrechando de forma visible. Y cuando disminuyen este tipo de viajes, lo que está en juego no es solamente una actividad del calendario escolar: también se reduce una vía concreta para que niñas, niños y adolescentes conozcan el país más allá de su entorno inmediato.

El golpe es más fuerte en primaria: seis de cada diez escuelas no hicieron viaje

Si la caída general ya resulta significativa, el panorama en la educación primaria llama todavía más la atención. En el primer semestre de este año, la tasa de realización de viajes escolares en escuelas primarias de Jeonbuk se situó en apenas 42,8%. Dicho de otra manera, cerca de seis de cada diez escuelas primarias no realizaron este tipo de salida.

La cifra tiene un peso simbólico y pedagógico importante. En edades tempranas, el viaje escolar suele ser una primera oportunidad de salir del entorno conocido junto a sus pares, dormir fuera de casa en un marco institucional, aprender normas de convivencia y conectar contenidos vistos en clase con lugares reales. Es una experiencia que, en muchas sociedades, marca un pequeño rito de paso: el momento en que la geografía deja de ser sólo un mapa y se convierte en paisaje vivido.

En Corea del Sur, donde la vida escolar tiende a ser intensa, estructurada y exigente, este tipo de aprendizaje fuera del aula tiene un valor particular. Permite romper por unos días la rutina centrada en el rendimiento académico y abrir un espacio para conocer otras formas de vida, patrimonios regionales, costumbres locales y paisajes que no siempre forman parte de la vida cotidiana urbana. En un país territorialmente más pequeño que muchos de América Latina, las diferencias regionales siguen siendo relevantes en historia, gastronomía, acento, memoria local y perfil económico.

Por eso, que el descenso sea más marcado entre los más pequeños no es un detalle secundario. Si estas experiencias desaparecen o se vuelven excepcionales en primaria, una parte de la formación cívica y social también se debilita. No todos los estudiantes tienen las mismas oportunidades de viajar con su familia, y la escuela cumple allí una función igualadora: ofrece acceso a experiencias que no dependen exclusivamente del ingreso del hogar o de la disponibilidad de tiempo de los padres.

Visto desde América Latina o España, esto recuerda discusiones muy conocidas. Cuando las escuelas suspenden excursiones por costos, responsabilidad legal o falta de personal, quienes más pierden suelen ser los estudiantes con menos oportunidades de viajar por cuenta propia. Jeonbuk parece estar enfrentando una versión coreana de ese dilema: la reducción de los viajes no afecta a todos por igual y puede ampliar diferencias de experiencia cultural entre los alumnos.

Qué son estos viajes en Corea y por qué no equivalen a un simple paseo escolar

Para entender la magnitud del debate conviene detenerse en el concepto. En Corea del Sur, las llamadas actividades experienciales con alojamiento forman parte de una idea educativa más amplia: aprender también a través del desplazamiento, la observación directa y la convivencia. El término puede incluir viajes de estudio, visitas a otras regiones, recorridos por espacios históricos, experiencias en la naturaleza e incluso programas temáticos relacionados con identidad local o ciudadanía.

La “suhak yeohaeng”, expresión coreana que suele traducirse como viaje de estudios o excursión escolar, ocupa un lugar reconocido dentro de la cultura educativa. No es un lujo ni una actividad decorativa en la narrativa escolar coreana, sino un recurso que ayuda a vincular a los estudiantes con el territorio, la historia y el grupo. En la práctica, un viaje con pernocta exige transporte, planificación minuciosa, monitoreo permanente, coordinación con alojamientos, manejo de alimentación, seguridad, protocolos de emergencia y supervisión de la convivencia estudiantil durante las 24 horas.

Ese nivel de organización explica por qué la discusión actual se concentra en la carga sobre el profesorado. Si un viaje escolar implica que los docentes asuman responsabilidades que exceden ampliamente la enseñanza y rozan funciones de gestión de riesgos, administración y cuidado intensivo, muchas escuelas pueden terminar concluyendo que el esfuerzo no compensa. Incluso cuando el valor pedagógico está claro, la capacidad real de ejecución se vuelve el factor decisivo.

Hay además un contexto social que no puede ignorarse. En Corea del Sur, como en otros países, las exigencias hacia el sistema educativo en materia de seguridad se han vuelto mucho más estrictas con el paso de los años. Los centros escolares enfrentan una sensibilidad alta respecto de cualquier incidente, y eso lleva a una planificación cada vez más compleja. No hace falta que exista una prohibición formal para que una actividad se retraiga: basta con que los costos humanos, legales y administrativos sean percibidos como demasiado altos.

En términos periodísticos, el caso de Jeonbuk muestra una tensión que muchas familias reconocerían: todos valoran la excursión escolar en abstracto, pero cuando llega la hora de organizarla, aparece la pregunta incómoda sobre quién carga realmente con la responsabilidad. En este caso, el diagnóstico político apunta a los maestros.

La carga docente, en el centro del problema

El legislador Jang Yeon-guk no se limitó a denunciar una baja estadística. Su intervención fue más específica: reclamó medidas para reducir la carga del profesorado. Ese punto resulta clave porque desplaza la conversación desde la nostalgia por los viajes de estudio hacia el terreno de la política pública. El problema no sería que las escuelas hayan dejado de creer en el valor de estas actividades, sino que hoy organizarlas resulta demasiado pesado para quienes deben ejecutarlas.

Preparar un viaje escolar con alojamiento supone una cadena de tareas que empieza mucho antes de que el autobús salga del colegio. Hay que definir destinos, revisar presupuestos, coordinar permisos, comunicar a las familias, contratar o verificar servicios, planificar itinerarios, prever contingencias médicas, diseñar esquemas de vigilancia nocturna y responder por la seguridad del alumnado en cada tramo del trayecto. En sistemas educativos donde el personal docente ya enfrenta sobrecarga administrativa, estas labores pueden convertirse en un desincentivo contundente.

En América Latina y España, las discusiones sobre burocratización de la labor docente son frecuentes: formularios, informes, reuniones, seguimiento individual, protocolos y exigencias extraescolares se han acumulado hasta volver más difícil el trabajo pedagógico. Jeonbuk ofrece un espejo asiático de esa misma tendencia. El viaje educativo se mantiene en el discurso como una experiencia deseable, pero en la práctica queda relegado cuando no existen condiciones institucionales suficientes.

Lo importante aquí es no simplificar el asunto como una supuesta “falta de voluntad” de las escuelas. Los datos y la intervención política apuntan más bien a un fenómeno estructural. Si una actividad depende de que un profesor o profesora absorba tareas extraordinarias, gestione riesgos elevados y se exponga a responsabilidades difíciles de manejar, es natural que muchos centros opten por reducirla o suspenderla. Esa lógica no anula el valor educativo del viaje; lo que revela es una brecha entre la intención pedagógica y la capacidad operativa.

Hasta ahora, lo conocido públicamente se concentra en el diagnóstico y en el llamado a actuar. No se han anunciado medidas concretas ni calendarios de implementación. Eso obliga a la prudencia: sería prematuro interpretar que Jeonbuk ya definió una reforma o un nuevo sistema de apoyo. Lo que sí queda claro es que el problema ingresó al debate institucional y empezó a ser tratado como una cuestión de sostenibilidad educativa.

Cuando los estudiantes dejan de viajar, también cambia la relación con las regiones

Hay otro ángulo de la noticia que merece atención y que va más allá de la escuela. En Corea del Sur, como en muchos países, los viajes estudiantiles son también una puerta de entrada al conocimiento de otras regiones. Un alumno que visita una ciudad histórica, una aldea tradicional, un parque natural o un museo fuera de su zona habitual no sólo cumple con una actividad escolar: empieza a construir una relación emocional con el mapa del país.

Esa primera experiencia puede convertirse más adelante en un recuerdo que motive viajes familiares o personales. Desde la perspectiva del turismo interno, los estudiantes son visitantes del presente, pero también potenciales viajeros del futuro. Por eso, la caída en las salidas con pernocta no debe leerse únicamente como un problema administrativo escolar; también puede entenderse como una reducción de los puntos de contacto entre las juventudes y los territorios regionales.

Jeonbuk, precisamente, es una zona con fuerte identidad cultural dentro de Corea del Sur. Es conocida por su tradición culinaria, por ciudades como Jeonju —famosa por su hanok village, o aldea de casas tradicionales coreanas— y por un ritmo de vida que muchos surcoreanos asocian con patrimonio, cocina local y memoria histórica. Cuando las escuelas viajan, no sólo mueven estudiantes: activan circuitos de conocimiento cultural que ayudan a que esas regiones sigan siendo significativas para las nuevas generaciones.

Desde este lado del mundo, el fenómeno puede compararse con la importancia de que un estudiante argentino conozca el noroeste, que uno mexicano visite zonas arqueológicas fuera de su estado, que un escolar colombiano recorra una región cafetera o que un alumno español viaje a espacios históricos de otra comunidad autónoma. Son desplazamientos que amplían el sentido de pertenencia nacional y permiten descubrir que un país no es una sola experiencia cultural, sino una suma de territorios con historias propias.

Cuando esas experiencias disminuyen, se debilita también una forma de educación territorial. Los estudiantes tienen menos oportunidades de vincular el contenido de los libros con lugares concretos y de comprender cómo se vive en otras zonas. En un momento en que gran parte del consumo cultural juvenil transcurre en pantallas, las salidas escolares siguen siendo uno de los pocos dispositivos colectivos para convertir el conocimiento en experiencia compartida.

Un debate educativo que también interpela al modelo de bienestar escolar

La discusión en Jeonbuk llega en un contexto más amplio en el que Corea del Sur revisa, de manera gradual pero persistente, las condiciones de trabajo en sus escuelas. En los últimos años, la presión sobre el personal docente ha ganado visibilidad pública, y no son pocos los sectores que reclaman una redefinición de responsabilidades, apoyos y mecanismos de protección institucional. El caso de los viajes de estudio se inserta en ese clima.

Lo que está en juego no es sólo si habrá más o menos excursiones, sino qué tipo de escuela puede sostenerse en el tiempo. Si las actividades que enriquecen la formación integral dependen del sacrificio extra de los maestros, el sistema termina enviando un mensaje contradictorio: se valoran los aprendizajes significativos, pero no se construyen las condiciones para hacerlos posibles. En ese sentido, la caída de Jeonbuk funciona como síntoma.

Para las familias, además, la situación puede abrir preguntas incómodas. Muchas esperan que la escuela ofrezca no sólo contenidos académicos, sino también experiencias de socialización, autonomía y crecimiento personal. El viaje escolar suele reunir esas dimensiones. Es donde un niño aprende a compartir habitación, respetar horarios, cuidar a sus compañeros, resolver pequeñas incomodidades y mirar su entorno con curiosidad. Si esas instancias se recortan, una parte de la educación emocional y comunitaria se traslada otra vez al ámbito privado, donde no todos cuentan con las mismas posibilidades.

Por eso, la discusión sobre apoyo al profesorado no es corporativa ni secundaria. Tiene consecuencias directas sobre la calidad y la equidad de la experiencia escolar. Si las autoridades de Jeonbuk deciden intervenir, el desafío consistirá en no quedarse en una exhortación simbólica del tipo “hay que reactivar los viajes”, sino en diseñar herramientas concretas: personal de apoyo, protocolos simplificados, coordinación centralizada, seguros mejor definidos o presupuestos específicos que permitan a las escuelas elegir estas actividades sin sentir que asumen una carga imposible.

En el mejor de los casos, el debate podría desembocar en una política más robusta de educación fuera del aula. En el peor, la estadística de este año puede consolidarse como una nueva normalidad, con viajes cada vez más excepcionales y una experiencia escolar más encerrada en sí misma.

La pregunta de fondo: cómo devolver a los estudiantes la posibilidad de conocer un país más amplio

La noticia de Jeonbuk interesa incluso a quienes siguen Corea del Sur desde fuera por razones culturales, educativas o turísticas. Y no sólo porque toca una faceta menos visible del país que suele quedar fuera de la conversación dominada por el K-pop, los dramas coreanos o la gastronomía viral en redes. Interesa porque revela algo elemental: cómo una sociedad decide enseñar a sus jóvenes a conocer su propio territorio.

La pregunta que deja planteada la asamblea provincial es sencilla de formular, pero difícil de resolver: ¿cómo garantizar que los estudiantes sigan teniendo acceso a experiencias de viaje educativo sin trasladar todo el peso al profesorado? Esa interrogante resume un dilema contemporáneo bastante universal. En un mundo donde la educación exige cada vez más resultados medibles, la experiencia de salir del aula y encontrarse con otras realidades sigue siendo valiosa, pero también más costosa de sostener.

Los datos son elocuentes. Pasar de 82,4% a 62,2% en un año no es una oscilación menor, y que en primaria la tasa haya quedado en 42,8% refuerza la idea de un retroceso profundo. A la espera de propuestas concretas, el caso de Jeonbuk ya deja una lección: no basta con defender en abstracto la importancia de los viajes escolares si no se garantiza una estructura real para hacerlos viables.

Para los lectores hispanohablantes, esta historia permite mirar Corea del Sur desde un ángulo menos exportable, pero muy revelador. Aquí no se trata de la industria cultural que el país proyecta al mundo, sino de una discusión doméstica sobre escuela, territorio y bienestar docente. Y, precisamente por eso, resulta cercana. Porque en cualquier país donde una excursión escolar haya sido alguna vez una ventana al mundo, la posibilidad de perderla nunca es un asunto menor.

En Jeonbuk, el debate apenas empieza. Sin anuncios definitivos ni soluciones cerradas, lo que existe hoy es una advertencia clara: si las instituciones no encuentran maneras de aliviar la carga de quienes organizan estos viajes, la educación fuera del aula podría seguir reduciéndose. Y con ella, también se achica esa experiencia tan simple y tan poderosa de descubrir, a una edad temprana, que el país propio siempre es más grande de lo que cabe en una sala de clases.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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