
Un paso diplomático que importa, aunque todavía no sea una victoria
En la sede de Naciones Unidas en Nueva York comenzó esta semana un movimiento diplomático que, aunque pueda sonar técnico y lejano para el lector común, tiene implicaciones concretas para el futuro de los mares y para el lugar que varios países buscan ocupar en la conversación global sobre sostenibilidad. Corea del Sur y Chile iniciaron formalmente el procedimiento de negociación de la resolución preparatoria de la cuarta Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos, una instancia de alto nivel donde se discuten medidas para proteger el entorno marino y asegurar el uso sostenible de sus recursos.
La noticia, confirmada por la misión surcoreana ante la ONU, no significa que la conferencia ya esté cerrada ni que exista un acuerdo final entre los Estados miembros. Precisamente ahí reside su relevancia. Lo que se abrió fue la fase en la que los países empiezan a discutir el texto base, las prioridades y el tono político de una resolución que, si todo avanza según lo previsto, debería llegar a la Asamblea General de la ONU en diciembre. En diplomacia multilateral, ese momento inicial vale mucho más de lo que parece: es donde se decide qué temas entran a la conversación, con qué lenguaje se los aborda y hasta qué punto las diferencias entre gobiernos pueden administrarse sin romper el consenso.
Para el público hispanohablante, el dato tiene un ingrediente adicional de interés: Chile aparece como coprotagonista de esta negociación junto con Corea del Sur. No es menor que un país sudamericano asuma, en sociedad con una potencia asiática de perfil tecnológico y exportador, la tarea de ayudar a ordenar una agenda internacional tan sensible como la oceánica. En tiempos en que América Latina suele mirar la política mundial desde la tribuna y no desde la mesa principal, la participación chilena ofrece un ángulo distinto. Y del lado coreano, el movimiento confirma algo que Seúl viene intentando consolidar desde hace años: pasar de ser un actor que se adapta a las reglas internacionales a convertirse en uno que también ayuda a redactarlas.
En otras palabras, todavía no hay aplausos finales ni foto de cierre. Lo que sí hay es una señal política: Corea del Sur y Chile decidieron involucrarse desde el arranque en el andamiaje de una de las discusiones más estratégicas del sistema multilateral.
Por qué la Conferencia de los Océanos no es un foro más
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos es, en esencia, el mayor espacio político de alto nivel dedicado a la salud del mar y al aprovechamiento sostenible de sus recursos. Se celebra cada tres años y está vinculada a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en particular al ODS 14, dedicado a conservar y utilizar sosteniblemente los océanos, los mares y los recursos marinos. Dicho así puede parecer una fórmula burocrática, pero detrás de esa arquitectura institucional se juegan debates muy concretos: la contaminación por plásticos, la sobrepesca, la acidificación del agua, la pérdida de biodiversidad marina, la gobernanza de los fondos marinos y el impacto del cambio climático sobre costas, islas y cadenas alimentarias.
La importancia de esta conferencia radica en que no se limita a una sola mirada. No se trata únicamente de protección ambiental, como si el mar fuera un museo que hubiera que cerrar al uso humano. Tampoco se trata solo de explotación económica, como si los océanos fueran una despensa infinita. La lógica del foro consiste en negociar ese equilibrio incómodo entre conservar y utilizar, entre blindar ecosistemas y sostener actividades como la pesca, el transporte marítimo, la investigación científica o la economía azul. Ese equilibrio, por definición, es conflictivo.
En América Latina y España esa tensión se entiende bien. Basta pensar en los debates sobre cuotas pesqueras, parques marinos, turismo costero o contaminación portuaria. Desde Valparaíso hasta Vigo, desde el Caribe hasta el Pacífico sur, el mar no es una abstracción diplomática: es trabajo, alimento, comercio, identidad y, cada vez más, alarma climática. Por eso el proceso que ahora empiezan Corea del Sur y Chile no solo interesa a los especialistas en la ONU. También interpela a países ribereños, comunidades pesqueras, científicos, armadores y organizaciones ambientales que saben que la letra de estos documentos internacionales, aunque a veces lenta y gris, termina orientando políticas nacionales y flujos de financiamiento.
La fase preparatoria resulta clave porque la conferencia no se improvisa en una semana de discursos. Mucho antes de que los jefes de Estado, cancilleres o ministros ocupen los atriles, ya hubo meses de negociación sobre prioridades, conceptos y compromisos. En la práctica, la resolución preparatoria funciona como un mapa. Define el marco político y procedimental sobre el cual avanzará la reunión. Y en la ONU, donde una palabra puede abrir o cerrar consensos, la redacción importa casi tanto como la intención.
Corea del Sur busca algo más que visibilidad internacional
Para entender por qué Seúl decidió involucrarse en esta etapa temprana hay que mirar su evolución diplomática reciente. Corea del Sur, conocida globalmente por el K-pop, las series de televisión, la industria tecnológica y el llamado Hallyu o Ola Coreana, lleva años intentando traducir ese poder cultural y económico en mayor influencia política internacional. El Hallyu, conviene explicarlo, es el término usado para describir la expansión global de la cultura popular surcoreana, desde la música hasta el cine, la moda o la gastronomía. Pero la imagen de Corea ya no quiere limitarse a BTS, a los Oscar de Parasite o a los teléfonos inteligentes. También busca proyectarse como un país capaz de mediar, coordinar y liderar discusiones complejas en organismos multilaterales.
En ese contexto, participar en el arranque de la negociación de una resolución de la ONU tiene un valor simbólico y práctico. Simbólico, porque muestra a Corea del Sur como un actor que no espera a que otros diseñen el marco y luego se suma, sino que entra desde el principio a la cocina diplomática. Práctico, porque le permite influir en la definición de prioridades, tender puentes entre grupos regionales y demostrar capacidad de coordinación en un terreno donde no bastan la potencia económica o la reputación tecnológica.
Corea del Sur es además un país profundamente ligado al mar. Su condición peninsular, su dependencia del comercio marítimo y el peso de sus industrias naviera, portuaria y pesquera hacen que la agenda oceánica no le resulte ajena ni ornamental. Para Seúl, hablar de gobernanza marina es hablar de seguridad alimentaria, cadenas logísticas, competitividad industrial y resiliencia ambiental. En un planeta donde buena parte del comercio circula por rutas marítimas y donde el deterioro de los ecosistemas costeros afecta cada vez más a las ciudades densamente pobladas, la discusión sobre los océanos es también una discusión sobre el modelo de desarrollo.
Eso explica por qué el gobierno surcoreano presenta este inicio de negociaciones como un primer paso de su diplomacia multilateral en materia oceánica. En el lenguaje político coreano, estas señales cuentan. No se venden como triunfos consumados, sino como hitos de posicionamiento. Y en un momento en que Asia oriental concentra buena parte de las tensiones geopolíticas del mundo, desde la rivalidad entre Estados Unidos y China hasta la amenaza permanente de Corea del Norte, abrir un frente de liderazgo cooperativo en temas globales ofrece a Seúl una plataforma menos polarizada y más favorable para mostrar iniciativa.
Chile en la mesa: una presencia latinoamericana con peso propio
Que Chile comparta este papel con Corea del Sur no es un detalle protocolar. Para América Latina, la participación chilena tiene una carga geográfica y política evidente. Chile es un país de litoral extenso, de fuerte vocación marítima y con una relación estructural con el Pacífico. Su política exterior ha buscado históricamente combinar inserción comercial, presencia multilateral y una identidad vinculada al océano. Por eso su papel en esta negociación resulta coherente con su trayectoria.
También hay una lectura regional. En un escenario internacional donde América Latina no siempre logra convertir sus intereses comunes en influencia sostenida, la coparticipación de Chile puede verse como un recordatorio de que la región tiene voz en discusiones globales sobre bienes públicos planetarios. El Pacífico sur, la Antártida, la pesca de altura, la conservación marina y el impacto climático en las costas latinoamericanas no son temas periféricos. Son asuntos centrales para economías, territorios y comunidades que viven del mar o al borde de él.
Desde una perspectiva hispanoamericana, la asociación entre Chile y Corea del Sur tiene además un valor narrativo interesante: une a dos países de extremos del Pacífico que, pese a sus diferencias de escala, historia y entorno regional, comparten la necesidad de pensar el océano no solo como frontera, sino como vínculo. En una época de cadenas globales entrelazadas, la diplomacia marítima ya no pertenece exclusivamente a las grandes potencias navales. También se construye desde coaliciones flexibles entre Estados medianos capaces de generar consensos.
Por supuesto, esa alianza no garantiza por sí sola un desenlace exitoso. En la ONU, la legitimidad de un proceso depende menos de quién lo inicia que de su capacidad para incluir sensibilidades diversas. Habrá que ver hasta qué punto Corea del Sur y Chile logran formular un texto que convoque tanto a países fuertemente comprometidos con metas ambientales ambiciosas como a aquellos que temen restricciones sobre sus actividades económicas o reclaman mayor flexibilidad según sus niveles de desarrollo.
La negociación real: proteger el mar sin ignorar que el mundo vive de él
El núcleo del problema está ahí. Hablar de océanos en foros internacionales implica navegar una contradicción permanente. Todos los gobiernos aceptan, al menos en el discurso, que la salud de los mares se deteriora y que hacen falta respuestas más firmes. Pero no todos están de acuerdo sobre cuán exigentes deben ser esas respuestas, quién debe financiarlas, cómo se reparten las cargas y de qué manera se compatibilizan con necesidades productivas inmediatas.
Ese tira y afloja se reflejará inevitablemente en la negociación de la resolución preparatoria. Un texto demasiado ambicioso en sus formulaciones ambientales podría encontrar resistencia de países que dependen fuertemente de la explotación de recursos marinos o que consideran que ciertas exigencias no toman en cuenta sus capacidades reales. A la inversa, un texto excesivamente general y blando podría decepcionar a quienes esperan que la conferencia sirva para elevar la presión política sobre la protección oceánica. En diplomacia multilateral, el arte consiste en redactar frases que impulsen acción sin expulsar a los interlocutores de la mesa.
Para el lector latinoamericano y español, este dilema recuerda otras discusiones internacionales donde la gran pregunta siempre es la misma: cómo transformar principios nobles en compromisos aplicables. Ocurre con el clima, con la migración, con la transición energética y también con el mar. Nadie quiere aparecer como enemigo de la sostenibilidad, pero cuando llega el momento de definir obligaciones concretas, plazos, financiamiento y mecanismos de seguimiento, aparecen los matices, los vetos y las reservas.
En el caso oceánico, el desafío es todavía más complejo porque los mares son al mismo tiempo ecosistema, ruta comercial, fuente de alimento, depósito de minerales, espacio estratégico y termómetro climático. Cualquier decisión afecta intereses cruzados. De ahí que el inicio de la negociación en Nueva York deba leerse como algo más que un trámite. Es la apertura formal de una conversación donde se pondrán a prueba no solo las prioridades ambientales de los países, sino también su capacidad para aceptar un lenguaje común.
Lo que realmente ocurrió en Nueva York y por qué conviene evitar exageraciones
En tiempos de titulares instantáneos y consumo rápido de noticias internacionales, existe la tentación de presentar cada movimiento diplomático como si fuera un acuerdo histórico consumado. No es el caso. Lo que ocurrió en la sede de la ONU fue el inicio del procedimiento negociador de la resolución preparatoria de la cuarta Conferencia de los Océanos. No se adoptó todavía la resolución. No terminó la negociación. No se celebró aún la conferencia. Y no hay, por ahora, un texto final consensuado por todos los Estados miembros.
Esa precisión importa porque la diplomacia, a diferencia de las series de televisión o de los grandes eventos mediáticos, rara vez avanza con escenas concluyentes. Se mueve por etapas, muchas veces silenciosas, donde el gesto más decisivo no es la firma final sino la capacidad de sostener el proceso, evitar bloqueos y construir bases de acuerdo. Según lo informado por la representación surcoreana, la intención es acelerar las conversaciones con los países miembros para llegar en diciembre a la Asamblea General con una resolución lista para adopción. Ese es el horizonte, no el resultado asegurado.
También se informó que el embajador surcoreano ante la ONU, Cha Ji-hoon, presidió la reunión preparatoria. El dato refuerza la idea de que Corea del Sur está involucrada directamente en el manejo del proceso y no solo prestando apoyo lateral. Sin embargo, reducir todo a una figura individual sería simplificar en exceso. La verdadera prueba no estará en una sola reunión ni en un solo diplomático, sino en la continuidad del trabajo técnico y político de aquí a diciembre.
Para quienes siguen la política internacional desde América Latina o España, hay una lección útil: muchas veces las decisiones que más afectan el futuro se incuban lejos del ruido, en salas de negociación donde lo relevante no es el espectáculo, sino la paciencia. Nueva York fue, en este caso, el punto de partida de una carrera larga.
Qué está en juego para el mundo y por qué esta historia merece atención en español
Hay noticias internacionales que capturan la atención por la guerra, el escándalo o la confrontación. Esta no pertenece a esa categoría. Y justamente por eso conviene prestarle atención. La apertura de la negociación impulsada por Corea del Sur y Chile muestra una dimensión menos estridente, pero no menos decisiva, de la política global: la construcción de reglas y consensos para gestionar bienes comunes que ningún país puede proteger por sí solo.
Para las sociedades hispanohablantes, el tema no es ajeno. España mira al Atlántico y al Mediterráneo; América Latina vive entre dos océanos y varios mares; el Caribe enfrenta amenazas existenciales vinculadas al calentamiento y al deterioro costero; el Pacífico sur es clave para pesca, comercio y biodiversidad. En todos esos espacios, la salud del océano está vinculada con el precio de los alimentos, el empleo portuario, la seguridad de las comunidades costeras y la frecuencia de fenómenos extremos. Lo que se discuta en la ONU no resolverá por sí solo esas crisis, pero sí puede ordenar prioridades, movilizar cooperación y fijar estándares.
En el caso coreano, además, la noticia ayuda a ampliar una mirada que en el mundo hispano suele concentrarse en la cultura pop o en la tensión militar de la península. Corea del Sur también quiere ser leída como un país que participa en la elaboración de normas globales, y esta negociación ofrece una muestra concreta de esa aspiración. En el caso chileno, la coparticipación refuerza la idea de que un país latinoamericano puede ejercer influencia en discusiones planetarias desde su propia experiencia marítima y diplomática.
Queda, desde luego, el tramo más difícil. De aquí a diciembre, Corea del Sur y Chile deberán conversar con un mosaico de países con prioridades distintas, sensibilidades políticas divergentes y grados desiguales de dependencia económica del mar. Si logran encauzar esa diversidad hacia un texto aceptable, habrán demostrado una capacidad de articulación que vale tanto como cualquier discurso grandilocuente. Si no lo consiguen, el episodio quedará como otro recordatorio de lo arduo que resulta convertir los consensos retóricos sobre sostenibilidad en compromisos multilaterales efectivos.
Por ahora, el dato central es claro: Seúl y Santiago ya pusieron en marcha la maquinaria diplomática de la próxima gran discusión oceánica de Naciones Unidas. No es una llegada; es una salida. Pero en el mundo de la política internacional, saber quién ayuda a trazar la ruta desde el inicio suele ser tan importante como saber quién aparece en la foto final.
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