Corea del Sur convierte la experiencia de sus mayores en empleo digital y servicio público: el modelo que acaba de recibir su mayor reconocimiento

Un premio que dice mucho más que una ceremonia
En Corea del Sur, un país que suele aparecer en los titulares internacionales por sus gigantes tecnológicos, el K-pop o los dramas televisivos, acaba de ganar visibilidad otra historia menos estridente pero profundamente reveladora: la de un programa que transforma la experiencia de las personas mayores en empleo, producción de contenidos y apoyo comunitario en el mundo digital. La Fundación de Medios para los Espectadores, una entidad pública surcoreana dedicada a fortalecer el acceso ciudadano a la comunicación y la alfabetización mediática, recibió el máximo galardón —el premio del ministro de Salud y Bienestar— en la ceremonia de reconocimiento a nuevos modelos de empleo adecuados para adultos mayores organizada por el Instituto Coreano de Desarrollo de Recursos Humanos para Personas Mayores.
La noticia, en apariencia, podría leerse como un reconocimiento institucional más dentro del amplio ecosistema de políticas públicas de Corea del Sur. Pero el trasfondo es mucho más interesante para cualquier lector de América Latina y España: este programa no trata a las personas mayores como beneficiarias pasivas de cursos de tecnología, sino como protagonistas de una nueva economía social vinculada a la información, la seguridad digital y la memoria local. En otras palabras, Corea del Sur está ensayando una respuesta concreta a una pregunta que también inquieta a nuestras sociedades: ¿qué hacer con la brecha digital, el envejecimiento de la población y la necesidad de empleo con sentido social?
La cifra central ayuda a dimensionar el fenómeno. Este año, en 12 centros regionales de medios distribuidos por el país, se crearon 309 puestos de trabajo para personas mayores, una escala que multiplica por 17 el tamaño inicial del proyecto. No se trata de plazas decorativas ni de labores accesorias. Quienes participan producen contenidos sobre información pública, noticias de seguridad y promoción del patrimonio cultural local. Además, ofrecen orientación sobre el uso del teléfono inteligente, educación mediática y prevención de fraudes como el voice phishing, una modalidad de estafa telefónica muy extendida en Corea y, con otras variantes, también familiar para los públicos hispanohablantes, desde el “cuento del familiar en apuros” hasta el engaño bancario por mensajería instantánea.
El valor del premio, entonces, no reside solo en la medalla institucional. Lo que Corea del Sur está validando es una idea de fondo: la experiencia acumulada por los mayores puede convertirse en una capacidad profesional útil para el ecosistema digital. Y eso, en un contexto internacional donde muchas veces la conversación sobre envejecimiento gira solo en torno a dependencia, cuidados o pensiones, merece atención.
Cómo funciona el modelo surcoreano de empleo mediático para mayores
Para entender la relevancia de esta iniciativa conviene detenerse en su arquitectura. La Fundación de Medios para los Espectadores opera una red de centros regionales, conocidos en Corea del Sur como espacios de educación y participación mediática al servicio de la ciudadanía. En estos lugares no solo se enseña a usar herramientas audiovisuales o digitales; también se promueve que distintos grupos sociales accedan a la producción de contenidos, comprendan mejor el entorno informativo y fortalezcan su participación pública. Dentro de ese sistema nació el programa de empleo para adultos mayores, que decidió ir un paso más allá: en vez de limitarse a impartir talleres para “ponerse al día” con la tecnología, integró a las personas mayores como creadoras y mediadoras.
El resultado es un perfil laboral híbrido que combina varias funciones. Por un lado, los participantes elaboran piezas de información pública y noticias de seguridad para comunidades concretas. Eso puede incluir materiales que expliquen trámites locales, alertas sobre riesgos cotidianos o mensajes de utilidad práctica redactados en un lenguaje claro. Por otro, producen contenidos de difusión sobre patrimonio cultural regional, una tarea especialmente valiosa en un país donde cada localidad busca preservar y proyectar su identidad en medio de una modernización acelerada. A esto se suma una dimensión de servicio directo: en centros comunitarios y oficinas administrativas, los mayores apoyan a vecinos con dudas sobre el uso del smartphone, acompañan procesos básicos de alfabetización digital y orientan sobre prevención de estafas.
En términos latinoamericanos, podría imaginarse una mezcla entre tallerista comunitario, reportero barrial, promotor cultural y facilitador digital. La comparación no es exacta, pero ayuda a captar la originalidad del esquema. No es simplemente un empleo social ni un programa de voluntariado maquillado; es una función diseñada para que la experiencia vital, el conocimiento del territorio y las herramientas mediáticas se encuentren en un mismo puesto de trabajo.
Ese diseño también rompe con una visión bastante extendida en nuestras sociedades: la de considerar que la alfabetización digital es un flujo unidireccional, desde los jóvenes hacia los mayores. El programa surcoreano introduce una lógica circular. Primero forma a los participantes; luego ellos mismos se convierten en transmisores de conocimiento y de información relevante para otros vecinos. La persona mayor deja de ser receptora y pasa a ser nodo. En el lenguaje de las políticas públicas, se trata de una cadena de valor social; en términos más cotidianos, es la diferencia entre sentar a alguien en la última fila para que aprenda y darle un micrófono para que ayude a otros.
309 empleos y una red local: por qué la escala importa
Las 309 plazas creadas este año no son una cifra gigantesca si se las compara con los grandes planes nacionales de empleo. Sin embargo, su importancia está en la calidad del modelo y en la prueba de escalabilidad que ofrecen. El hecho de que la iniciativa haya crecido 17 veces respecto de su etapa inicial sugiere que dejó de ser un piloto simpático para convertirse en una política con posibilidades reales de consolidación. En el universo de los programas públicos, donde abundan las pruebas acotadas que nunca logran pasar de la fase experimental, ese dato es crucial.
También importa la dimensión territorial. Los 12 centros regionales permiten que el programa se adapte a necesidades locales, algo que suele marcar la diferencia entre un proyecto funcional y uno meramente burocrático. No es lo mismo producir mensajes de servicio para una gran ciudad densamente conectada que hacerlo para una comunidad con población envejecida, fuerte identidad patrimonial o limitaciones en acceso a información digital. La presencia regional permite ajustar contenidos, prioridades y formas de acompañamiento.
Por eso, cuando en Corea del Sur se habla de información pública y noticias de seguridad generadas por estas personas mayores, no se está pensando en contenidos abstractos, sino en piezas conectadas con la vida diaria: desde alertas sobre riesgos de fraude hasta difusión de servicios comunitarios o iniciativas culturales. En muchos barrios de América Latina y España, una necesidad similar existe desde hace tiempo: información confiable, clara, cercana y útil. El reto es que, a menudo, las administraciones comunican con lenguaje técnico o por canales que no siempre llegan a todos. El caso surcoreano sugiere que incorporar a personas mayores como mediadoras podría mejorar ese puente.
Hay además un elemento poco visible, pero decisivo: la confianza. En entornos barriales o comunitarios, la información no circula solo por su contenido, sino por la credibilidad de quien la transmite. Una persona mayor que conoce a sus vecinos, entiende la historia del lugar y puede explicar con paciencia cómo evitar una estafa telefónica o cómo utilizar una aplicación pública tiene un capital social que no se improvisa. Esa reserva de confianza, combinada con competencias mediáticas, es precisamente lo que Corea del Sur parece haber sabido aprovechar.
Si se mira desde fuera, el programa también desmonta una idea frecuente sobre la innovación. Muchas veces se asocia la innovación social con aplicaciones nuevas, laboratorios de datos o tecnologías de punta. Aquí, la innovación está en el rediseño del rol social de una población que suele ser subestimada. No hace falta inventar un dispositivo futurista para generar impacto; a veces basta con reorganizar inteligentemente el vínculo entre experiencia, territorio y herramientas digitales.
Brecha digital, envejecimiento y fraude: un problema coreano con ecos hispanohablantes
La historia resuena con fuerza fuera de Corea del Sur porque toca tres preocupaciones que también atraviesan a los países de habla hispana. La primera es el envejecimiento. Aunque con ritmos distintos, muchas sociedades de América Latina y España enfrentan el aumento de la población mayor y la necesidad de repensar su integración social y económica. En España, por ejemplo, la conversación sobre soledad no deseada, dependencia y envejecimiento activo ya ocupa un lugar central en la agenda pública. En América Latina, el proceso es desigual, pero la tendencia va en aumento, con sistemas de protección social que no siempre avanzan al mismo ritmo.
La segunda preocupación es la brecha digital. La pandemia dejó claro, de Madrid a Ciudad de México, de Buenos Aires a Bogotá, que hoy buena parte del acceso a derechos y servicios depende de saber manejar un teléfono inteligente, completar formularios en línea, identificar mensajes fraudulentos y distinguir información fiable de la que no lo es. Para muchas personas mayores, ese salto ha sido abrupto. Quien no domina las claves digitales no solo se siente rezagado: puede quedar prácticamente excluido de trámites de salud, banca, comunicación familiar y acceso a información básica.
La tercera preocupación es el fraude. Corea del Sur habla de voice phishing, un término que designa estafas telefónicas o digitales diseñadas para engañar a las víctimas y extraer dinero o datos personales. El problema no es ajeno a nuestros países. En el mundo hispanohablante se conocen fórmulas similares: falsas llamadas de bancos, supuestos secuestros virtuales, mensajes que suplantan a instituciones y cadenas que buscan apropiarse de contraseñas o cuentas. Las personas mayores figuran entre los grupos más vulnerables porque muchas veces combinan confianza interpersonal, menor familiaridad con entornos digitales y necesidad de resolver trámites rápidamente.
Ahí es donde el modelo surcoreano ofrece una lección interesante. En lugar de enfrentar estas vulnerabilidades solo con campañas generales o con plataformas impersonales, incorpora a mayores capacitados como agentes de prevención y acompañamiento. La medida tiene un efecto doble: protege a la comunidad y, al mismo tiempo, genera empleo con utilidad pública. Dicho de otro modo, el mismo programa que combate la exclusión digital también combate el aislamiento social y la precarización del rol de las personas mayores.
Para un lector latinoamericano o español, esto podría recordar iniciativas comunitarias de alfabetización en bibliotecas, telecentros, casas de cultura o centros de jubilados, pero con una diferencia importante: en Corea del Sur la labor se organiza como nuevo perfil profesional reconocido y premiado por su eficacia. Ese paso, que convierte una buena práctica en política pública robusta, es probablemente la parte más difícil de replicar y la más valiosa de observar.
La experiencia como capital: una idea que desafía prejuicios
Uno de los aspectos más poderosos de este caso es el cambio de mirada sobre la vejez. En muchos países, incluso cuando se habla de “envejecimiento activo”, persiste una narrativa paternalista: se promueven actividades para que las personas mayores se mantengan ocupadas, entretenidas o integradas, pero no necesariamente se las reconoce como productoras de valor en sectores nuevos. El programa de la Fundación de Medios para los Espectadores altera ese encuadre. Parte de una premisa sencilla pero políticamente potente: la experiencia de vida, la comprensión del entorno local y la capacidad de comunicación también son recursos económicos y sociales.
Ese giro no es menor. En la práctica, significa que la edad deja de leerse solo como una desventaja frente a la tecnología. La experiencia cotidiana de haber criado familias, resuelto conflictos, participado en la vida barrial y conservado memorias locales se convierte en materia prima para tareas vinculadas a medios, información y servicio comunitario. Lejos de borrar lo que una persona fue antes, el modelo aprovecha lo acumulado y lo traduce a un formato útil en el presente.
La idea resulta especialmente pertinente en Corea del Sur, una sociedad atravesada por transformaciones tecnológicas vertiginosas y por una cultura donde el respeto a los mayores tiene un peso histórico, aunque en la vida cotidiana ese principio conviva con tensiones generacionales propias de la modernidad acelerada. Para lectores hispanohablantes, puede ser útil recordar que la cultura coreana mantiene una fuerte conciencia de la jerarquía etaria, visible en el lenguaje, en los códigos de trato y en la organización social. Sin embargo, esa valoración simbólica no siempre se traduce automáticamente en inclusión económica o digital. Justamente por eso este programa adquiere relevancia: toma una norma cultural de respeto y la convierte en estructura práctica de participación.
En nuestras sociedades, donde el discurso meritocrático suele privilegiar novedad, velocidad y juventud, una propuesta así también interroga prejuicios profundamente instalados. ¿Por qué pensar que solo un nativo digital puede comunicar bien en el mundo digital? ¿Por qué asumir que la pedagogía tecnológica tiene que venir siempre de arriba hacia abajo o de joven a mayor? ¿Y por qué separar la protección comunitaria de la política de empleo, como si fueran compartimentos sin relación?
Las respuestas que ofrece Corea del Sur son, por ahora, parciales pero sugestivas. El éxito del programa sugiere que cuando el diseño institucional es serio, las personas mayores no solo aprenden herramientas nuevas, sino que pueden aportar un tipo de valor que otros perfiles no siempre tienen: cercanía, paciencia, arraigo territorial y legitimidad comunitaria. En tiempos de saturación informativa y desconfianza, ese aporte vale más de lo que a veces se admite.
Lo que este modelo puede enseñar a América Latina y España
Sería ingenuo pensar que una experiencia surcoreana puede copiarse sin adaptación en contextos hispanohablantes muy distintos entre sí. Corea del Sur cuenta con capacidades estatales, redes territoriales y una infraestructura digital que no siempre tienen equivalentes directos en América Latina. Además, la continuidad presupuestaria y la articulación entre instituciones públicas que permitió el crecimiento del programa no son fáciles de reproducir en entornos con mayor fragmentación administrativa o inestabilidad política.
Pero justamente por eso el caso resulta valioso como referencia: no como receta cerrada, sino como mapa de posibilidades. La primera lección es que la brecha digital puede abordarse desde el empleo con impacto social, no solo desde la asistencia. La segunda es que las personas mayores pueden ser aliadas centrales en la circulación de información confiable a nivel local. La tercera es que la política cultural, la alfabetización mediática y la prevención de fraudes pueden integrarse en una sola estrategia, en lugar de funcionar como programas dispersos.
Para ciudades latinoamericanas donde abundan los centros comunitarios, radios locales, bibliotecas populares o redes de adultos mayores organizados, la inspiración es evidente. También para España, donde los debates sobre digitalización de servicios públicos y acompañamiento a mayores son cada vez más urgentes. En ambos mundos, el desafío no pasa solo por impartir talleres, sino por reconocer que quienes completan esa formación pueden desempeñar un rol estable y útil para otros.
Hay, además, un punto narrativo que no conviene subestimar. El éxito del modelo surcoreano ofrece una imagen alternativa de la vejez, alejada del estereotipo de desconexión o dependencia absoluta. Muestra a personas mayores produciendo contenidos, orientando a vecinos, difundiendo patrimonio y fortaleciendo la seguridad informativa de su comunidad. Esa escena tiene una potencia cultural enorme, porque modifica la manera en que una sociedad imagina el lugar de sus generaciones mayores.
En un momento en que el debate público suele estar dominado por cifras frías —edad de retiro, costo previsional, presión sobre los sistemas de salud—, Corea del Sur pone sobre la mesa otro ángulo: el de la capacidad. La pregunta deja de ser únicamente cuánto cuesta envejecer como sociedad y pasa a ser qué valor puede generar una sociedad que sabe integrar mejor a quienes envejecen.
Un premio al presente, pero también una pista sobre el futuro
La distinción obtenida por la Fundación de Medios para los Espectadores funciona, en definitiva, como una señal política. Reconoce un programa que no se conforma con ampliar el número de empleos, sino que redefine su contenido. En lugar de relegar a las personas mayores a tareas secundarias, las ubica en el cruce entre producción de contenidos, acompañamiento digital, prevención de riesgos y fortalecimiento comunitario. Ese enfoque explica por qué el premio tiene peso más allá del protocolo.
El presidente de la fundación, Choi Cheol-ho, resumió la idea al señalar que los mayores pueden encontrar nuevas funciones en el ámbito mediático a partir de su experiencia y sabiduría, al tiempo que contribuyen a reducir la brecha de comunicación en sus comunidades. La formulación puede sonar institucional, pero captura una intuición importante: la transformación digital no tiene por qué dejar a una generación atrás. También puede abrirle una segunda oportunidad de participación pública.
Para el público hispanohablante, acostumbrado a mirar a Corea del Sur a través de sus exportaciones culturales o su potencia industrial, este caso revela otra faceta del país: la de un laboratorio social donde el envejecimiento, la tecnología y la cohesión comunitaria se piensan de manera integrada. En un escenario global donde cada vez más sociedades deberán aprender a convivir con poblaciones mayores, la pregunta ya no es si habrá que adaptar instituciones, sino cómo hacerlo con inteligencia y dignidad.
Corea del Sur ofrece aquí una respuesta concreta, todavía perfectible, pero lo suficientemente sólida como para llamar la atención internacional. Lo que celebró el jurado no fue únicamente la expansión de 309 puestos en 12 centros regionales. Lo que reconoció fue una forma distinta de entender el trabajo, la ciudadanía digital y el valor social de la experiencia. Y en tiempos en que tantas discusiones públicas parecen atrapadas entre la nostalgia del pasado y la fascinación acrítica por la tecnología, esa combinación de memoria, servicio y futuro merece ser seguida de cerca.
Quizá ahí radique la lección más universal de esta historia: la innovación no siempre consiste en correr más rápido, sino en mirar mejor a quienes ya están ahí y descubrir que todavía tienen mucho que enseñar, producir y cuidar. Corea del Sur, esta vez, no solo exporta tendencias culturales; también propone una idea de sociedad. Una donde la edad no es un margen, sino una plataforma.
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