
Una cita en Seúl que va más allá del protocolo
En medio de un escenario internacional marcado por guerras, polarización política, crisis climática y desinformación digital, Corea del Sur ha decidido convertir a Seúl en un laboratorio de diálogo juvenil con vocación global. Del 8 al 12 de este mes, el Ministerio de Educación surcoreano y el Centro Asia-Pacífico de Educación para el Entendimiento Internacional, institución vinculada a la Unesco y conocida por sus siglas en inglés APCEIU, celebran en la capital surcoreana la edición 2026 de su programa de formación en liderazgo juvenil para la educación para la ciudadanía mundial.
No se trata de una conferencia más en el calendario internacional ni de un intercambio simbólico para la foto oficial. Según la información difundida por las autoridades surcoreanas, el programa reúne a 40 jóvenes líderes procedentes de 30 países, seleccionados entre 2.181 postulantes de 117 naciones. La cifra, por sí sola, dice mucho: existe una demanda real, amplia y sostenida por espacios donde las nuevas generaciones puedan discutir paz, justicia social, convivencia y cambio colectivo con herramientas concretas, y no solo con grandes declaraciones de buenas intenciones.
Para el público hispanohablante, acostumbrado a ver a Corea del Sur asociada a la ola del K-pop, los dramas televisivos, la tecnología o la gastronomía que ya se abre paso en ciudades como Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires, Madrid, Lima o Santiago, esta noticia ofrece otra ventana sobre el país asiático. Es la Corea que no solo exporta cultura pop, sino también modelos de conversación pública, aprendizaje internacional y cooperación educativa. En otras palabras, la de un país que busca proyectarse no únicamente como potencia cultural de consumo, sino como plataforma de valores compartidos.
Eso es precisamente lo que vuelve relevante esta iniciativa para América Latina y España. Mientras en nuestra región se debate cómo formar jóvenes capaces de participar en democracias tensionadas por la desigualdad, la violencia, la fragmentación ideológica y el desgaste institucional, desde Seúl llega una propuesta que intenta responder una pregunta crucial: ¿cómo preparar a una generación para convivir en un mundo interdependiente y, al mismo tiempo, profundamente conflictivo?
La respuesta surcoreana, al menos en esta experiencia, no pasa solo por las aulas tradicionales. Pasa por el uso de los medios, el arte, la simulación de conflictos y la práctica de la empatía como instrumentos de formación política y social. Ahí reside el núcleo de esta historia.
Qué significa hablar de ciudadanía mundial desde Corea del Sur
El concepto de “educación para la ciudadanía mundial” puede sonar abstracto o incluso lejano para muchos lectores. En términos simples, se refiere a una forma de enseñanza que busca que las personas entiendan que los grandes problemas de nuestro tiempo no terminan en las fronteras nacionales. Cambio climático, migraciones, discursos de odio, racismo, desigualdad, guerras, salud pública o desinformación son fenómenos conectados entre sí y exigen ciudadanos capaces de pensar más allá del marco local sin abandonar su realidad inmediata.
En el lenguaje de organismos internacionales como la Unesco, esta idea propone formar personas conscientes de sus derechos y responsabilidades, abiertas a la diversidad cultural y preparadas para actuar frente a injusticias globales. Pero la versión que Corea del Sur intenta poner en práctica añade un matiz importante: no se queda en el plano teórico. Busca convertir esos valores en capacidades de intervención social.
Eso tiene especial peso en el contexto coreano. Corea del Sur es un país atravesado por memorias históricas intensas: colonización, guerra, división de la península, modernización acelerada y una competencia feroz por la excelencia educativa. Desde ahí, la discusión sobre paz, convivencia y cooperación internacional no es un lujo académico, sino una cuestión con raíces muy concretas. La idea de educar para el entendimiento mutuo adquiere una resonancia distinta cuando se piensa desde una sociedad que convive con una frontera militarizada y una tensión geopolítica permanente.
Para el lector latinoamericano, quizá se pueda entender mejor si se compara con los debates regionales sobre educación cívica, memoria histórica y cultura de paz en países marcados por conflictos armados internos, autoritarismos o estallidos sociales. En Colombia, por ejemplo, la conversación sobre paz ha estado necesariamente vinculada a la escuela y a la pedagogía. En Chile, México o Perú, la discusión sobre ciudadanía se cruza con la desigualdad, la protesta y la confianza en las instituciones. En España, los debates sobre convivencia, diversidad e identidad también forman parte del paisaje educativo y político. Lo que propone Seúl dialoga con todos esos contextos, aunque lo haga desde una sensibilidad asiática y multilateral.
Por eso este encuentro tiene una dimensión más amplia de la que sugieren sus cinco días de duración. Su valor no está solo en reunir jóvenes de distintos países, sino en ensayar una gramática de cooperación donde las diferencias culturales no se escondan, sino que se vuelvan materia de trabajo.
Las cifras importan: 117 países mirando hacia un mismo espacio
En el ecosistema de los programas internacionales, a menudo el verdadero termómetro no está en cuántas personas asisten, sino en cuántas quieren estar ahí. Que 2.181 jóvenes de 117 países hayan presentado su candidatura para participar en una formación de liderazgo en Seúl revela que el tema ha dejado de ser periférico. La ciudadanía mundial ya no es un concepto reservado a foros diplomáticos o documentos de organismos multilaterales; se ha convertido en una inquietud concreta entre una generación que sabe que su futuro estará definido por crisis compartidas.
La selección final de 40 participantes procedentes de 30 países también dibuja otro mensaje: la apuesta es por un grupo pequeño, altamente diverso y pensado para la interacción intensiva. No se trata de un macroevento donde los asistentes escuchan discursos y se van con una carpeta de materiales; se trata de una experiencia de inmersión. En términos periodísticos, es una noticia de escala reducida pero de densidad política y cultural considerable.
Para Corea del Sur, además, estas cifras tienen un efecto simbólico nada menor. Durante años, la imagen internacional del país ha crecido al compás de su industria cultural, su capacidad tecnológica y el atractivo de sus marcas globales. Ahora, programas como este sugieren una etapa distinta: la del país como anfitrión de debates públicos globales. Es un paso más allá de la difusión del entretenimiento. Seúl se presenta como lugar donde también se discuten soluciones, se entrenan liderazgos y se prueban métodos de educación social.
En América Latina, donde no siempre existe la infraestructura financiera o institucional para sostener programas internacionales de este tipo con continuidad, resulta llamativo que Corea del Sur esté invirtiendo capital político en este formato. Más aún si se considera que la competencia global por la atención juvenil suele concentrarse en becas académicas, empleabilidad o innovación tecnológica. Aquí, en cambio, el eje son la paz, la ciudadanía y la transformación social.
Eso ayuda a entender por qué este programa despierta interés más allá de Asia. En un mundo saturado de cumbres que prometen mucho y dejan poco, una convocatoria tan amplia puede leerse como señal de confianza en que todavía hay instituciones capaces de organizar encuentros con propósito. Y también como una advertencia para otras regiones: los jóvenes están buscando espacios serios para pensar el mundo, incluso cuando la política tradicional parece hablarles cada vez menos.
Medios, arte y cambio social: una pedagogía que busca salir del discurso
Uno de los aspectos más llamativos del programa es su diseño. La formación está orientada a que los participantes puedan impulsar la paz y el cambio social a través de los medios y el arte. No es una elección casual. En el siglo XXI, gran parte de la disputa por el sentido público ocurre precisamente ahí: en imágenes, relatos, canciones, videos, performances, campañas digitales, podcasts, intervenciones urbanas y narrativas que se viralizan con velocidad.
Corea del Sur conoce bien ese territorio. El poder de su industria cultural ha demostrado hasta qué punto una canción, una serie o una estética pueden cruzar fronteras y reconfigurar imaginarios. Pero este programa introduce un giro interesante: pone esas mismas herramientas al servicio de objetivos cívicos. La pregunta ya no es solo cómo producir contenido atractivo para el mercado global, sino cómo utilizar el lenguaje cultural para hablar de paz, justicia, inclusión y convivencia.
En términos latinoamericanos, la idea no resulta extraña. Nuestra región sabe desde hace décadas que el arte puede ser un vehículo de memoria y transformación. Lo han mostrado el muralismo, el teatro comunitario, la música de protesta, el cine documental, las intervenciones feministas, el rap barrial o las campañas visuales por los derechos humanos. En España, también hay una larga tradición de usar la creación cultural como espacio de crítica social y reflexión pública. Lo novedoso aquí es ver a Corea del Sur organizar esa intuición en un programa internacional de formación juvenil.
El componente mediático también es crucial. Vivimos en una época en la que la alfabetización ya no consiste solo en leer y escribir, sino en interpretar algoritmos, detectar manipulación, comprender el impacto de las plataformas y comunicar con responsabilidad. Hablar de medios en una formación de liderazgo juvenil significa asumir que hoy la paz no se construye únicamente en mesas diplomáticas o aulas universitarias. También se juega en TikTok, YouTube, Instagram, en medios comunitarios, en campañas públicas y en los modos en que circulan los relatos sobre el otro.
Por eso el programa surcoreano parece estar captando algo central de nuestro tiempo: que la ciudadanía no puede educarse con herramientas del siglo pasado para problemas del presente. Si los jóvenes se informan, crean comunidad y discuten asuntos públicos en ecosistemas mediáticos complejos, entonces la formación en liderazgo debe hablar ese mismo lenguaje.
El valor del role-play: ensayar conflictos para entender la realidad
Otro de los ejes del encuentro en Seúl es la participación de los jóvenes en ejercicios de role-play, es decir, dinámicas de representación de roles o simulación de situaciones conflictivas. Puede parecer un detalle metodológico, pero en realidad es uno de los elementos más potentes del programa. A diferencia de una clase magistral, este tipo de actividad obliga a los participantes a ocupar posiciones específicas, defender intereses en tensión, negociar, ceder, argumentar y convivir con la incomodidad de no tener respuestas simples.
En otras palabras, se trata de un entrenamiento para la complejidad. Y eso importa porque la conversación pública contemporánea está cada vez más dominada por simplificaciones extremas, consignas cerradas y trincheras digitales donde escuchar al otro parece una derrota. El role-play introduce un principio opuesto: para comprender un conflicto no basta con opinar sobre él; hay que entrar, aunque sea de manera simulada, en sus lógicas internas.
Desde la educación, este enfoque tiene un enorme valor. Las tensiones sociales no se resuelven solo con información, sino con capacidades relacionales: empatía, escucha, manejo de desacuerdos, lectura de contexto, construcción de alternativas. En sociedades atravesadas por la polarización, formar líderes capaces de actuar en escenarios de conflicto es casi tan importante como transmitirles principios normativos.
En América Latina, donde la vida pública suele moverse entre protestas, fracturas institucionales y disputas por representación, esta idea resuena con fuerza. Muchas veces se pide a la juventud que participe, pero no siempre se le ofrecen herramientas para hacerlo en entornos reales, donde los intereses chocan y los consensos son frágiles. El entrenamiento que propone el programa surcoreano parte de una premisa relevante: la paz no es ausencia de conflicto, sino capacidad de tramitarlo sin destruir al otro.
También hay aquí una señal sobre el tipo de liderazgo que se quiere promover. No el del orador carismático que monopoliza la escena, sino el de quienes saben intervenir en contextos difíciles, traducir posiciones y construir puentes. En una época fascinada por la visibilidad inmediata, esta visión del liderazgo resulta casi contracultural. Y quizá por eso mismo, más necesaria.
Seúl como escenario: de capital cultural a plataforma de cooperación
Que el programa tenga lugar en Seúl tampoco es un dato menor. Las ciudades no son simples contenedores logísticos; son escenarios que producen significado. Y Seúl, en la última década, se ha convertido en una de las capitales más observadas de Asia por razones que van desde el entretenimiento hasta la innovación urbana. Ahora suma otra capa a esa identidad: la de centro de encuentro para jóvenes que buscan pensar la convivencia global.
La capital surcoreana tiene la capacidad de condensar varias narrativas al mismo tiempo. Es una metrópolis hipertecnológica, con un sistema educativo exigente, una industria cultural de alcance planetario y una historia marcada por transformaciones aceleradas. En ese paisaje, reunir a 40 jóvenes de 30 países para hablar de paz y cambio social produce una imagen poderosa: la de una Corea del Sur que no solo emite tendencias, sino que organiza conversaciones con vocación pública.
Para lectores de habla hispana, esta dimensión puede compararse con lo que significan ciudades como Bogotá, Buenos Aires, Ciudad de México, Barcelona o Madrid cuando funcionan como nodos de debate regional. El valor de la sede no reside solo en su infraestructura, sino en lo que comunica. Seúl aparece aquí como un punto de convergencia donde la proyección internacional del país encuentra una traducción educativa.
Además, el hecho de que la formación se desarrolle en APCEIU, una institución con perfil internacional y vinculada a la Unesco, refuerza la idea de que Corea del Sur no quiere limitarse a hospedar eventos, sino a diseñar marcos de trabajo. Esa diferencia es clave. Un país puede alquilar salones para una reunión global; otra cosa es convertirse en referente metodológico, es decir, en actor capaz de proponer cómo debe organizarse el aprendizaje común.
En tiempos en que la competencia por el prestigio internacional suele medirse en rankings, inversión o volumen de exportaciones culturales, Corea del Sur parece estar ensayando una forma más sutil de influencia: la de ofrecer espacios donde otros puedan aprender, discutir y ensayar respuestas colectivas. Es una diplomacia educativa y cultural de largo plazo.
Qué le dice esta experiencia a América Latina y España
Más allá del interés específico que pueda despertar Corea del Sur, este programa toca una fibra sensible para el mundo hispanohablante: la urgencia de pensar cómo se forman las nuevas generaciones en un contexto de incertidumbre. América Latina arrastra desafíos estructurales en materia educativa, acceso desigual a oportunidades, violencia, fragmentación social y desgaste de la confianza democrática. España, por su parte, también enfrenta debates intensos sobre convivencia, desinformación, participación política juvenil e integración en una sociedad plural.
Frente a ese panorama, la experiencia de Seúl no ofrece una receta exportable, pero sí varias pistas. La primera es que la formación ciudadana debe ser internacionalista sin perder anclaje en la realidad concreta. La segunda es que el arte y los medios no son adornos pedagógicos, sino lenguajes fundamentales para una generación hiperconectada. La tercera es que el liderazgo necesita práctica situada, no solo teoría. Y la cuarta es que las instituciones públicas todavía pueden convocar interés si construyen programas con sentido, exigencia y vocación transformadora.
También hay una lección sobre escala. A veces en nuestra región se mide el impacto solo por la cantidad, cuando experiencias pequeñas y bien diseñadas pueden generar efectos multiplicadores más duraderos. Cuarenta participantes parecen pocos frente a los grandes números de la política educativa, pero cuando esos 40 provienen de 30 países y han pasado por un proceso de selección altamente competitivo, el resultado puede tener una influencia desproporcionada en redes, comunidades y proyectos futuros.
Por supuesto, también conviene evitar la idealización. Ningún programa de cinco días va a resolver por sí solo las fracturas del mundo. Pero sí puede producir algo escaso y valioso: un espacio protegido para pensar, ensayar y crear vínculos entre personas que en otro contexto difícilmente se habrían encontrado. En un clima internacional marcado por la desconfianza, ese gesto ya tiene peso político.
Al final, lo que sucede esta semana en Seúl importa porque muestra otro rostro de la globalización. No el de los flujos comerciales o el consumo acelerado de tendencias, sino el de una generación que intenta dotarse de herramientas para vivir en un mundo compartido. Corea del Sur, que hace tiempo entendió el valor estratégico de la cultura, parece haber comprendido también que el prestigio internacional del futuro no dependerá solo de cuánto se exporta, sino de cuánto se contribuye a imaginar formas de convivencia.
En ese sentido, la noticia no habla únicamente de Corea ni de un curso de liderazgo. Habla de una disputa más amplia por el sentido de la educación, por el papel de la juventud y por las formas concretas de construir paz en un tiempo de ruido. Y en esa conversación, América Latina y España no son espectadores lejanos. Son parte de la misma pregunta.
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