
Una voz del K-pop se acerca al mayor escenario del fútbol
La cantante Jihyo, integrante de TWICE, participó como voz en “Follow Me”, una canción de colaboración internacional concebida de cara al Mundial de 2026 que organizarán Estados Unidos, México y Canadá. La información fue confirmada por JYP Entertainment y rápidamente encendió el interés de dos universos que, a primera vista, parecen distintos pero hoy conviven con naturalidad en la cultura global: el del K-pop y el del fútbol.
La noticia no llama la atención solamente porque se trate de una figura reconocida de la música surcoreana. También importa por el contexto. El Mundial de 2026 no será una edición cualquiera: se celebrará en Norteamérica, una región donde conviven comunidades latinas masivas, potencias del entretenimiento y una industria deportiva acostumbrada a convertir los grandes eventos en fenómenos culturales de múltiples pantallas. En ese escenario, que una artista coreana de la primera línea del pop participe en una canción pensada para conectar aficionados del fútbol y de la música resulta más que un detalle promocional: es una señal de época.
“Follow Me” fue lanzada oficialmente el día 12, y el día 22 se dio a conocer su video musical, en el que aparecen, además de Jihyo, figuras del fútbol como el brasileño Ronaldo, el marroquí Brahim Díaz y el uruguayo Federico Valverde. La combinación es elocuente por sí sola. Para quienes siguen el K-pop, Jihyo funciona como un imán inmediato; para quienes viven el fútbol con la intensidad de una sobremesa de domingo, una previa de eliminatorias o una noche de clásico continental, la presencia de esos nombres convierte el proyecto en algo cercano y reconocible.
En América Latina y España, donde el fútbol no se consume solo como deporte sino también como conversación familiar, memoria colectiva y rito callejero, este cruce tiene una lectura especial. Hace años que la música acompaña la narrativa mundialista: himnos oficiales, canciones espontáneas de hinchada, playlists que suben la adrenalina antes del partido. Lo novedoso ahora es que el K-pop, una industria con enorme capacidad de movilización digital y emocional, entra a ese espacio no como invitado exótico, sino como un actor central de la conversación.
Eso explica por qué la participación de Jihyo se volvió tema de interés más allá de Corea del Sur. No se trata únicamente de una nueva colaboración en la carrera de una idol, término con el que se conoce en Corea a los artistas formados dentro del sistema de entretenimiento pop. Se trata, sobre todo, de una muestra de cómo el lenguaje del K-pop puede integrarse a uno de los eventos deportivos más observados del planeta.
Qué representa Jihyo dentro de TWICE y por qué su nombre pesa en este proyecto
Para buena parte del público hispanohablante, TWICE ya no necesita demasiadas presentaciones. El grupo es uno de los nombres más reconocibles del pop coreano contemporáneo y ha tenido un papel decisivo en la expansión internacional de la llamada Hallyu, la “Ola Coreana”, es decir, la difusión global de la cultura popular surcoreana a través de la música, las series, el cine, la moda y las plataformas digitales.
Dentro de esa estructura, Jihyo ocupa un lugar particularmente importante. Su nombre suele asociarse con la solidez vocal del grupo y con una presencia escénica que ha sido clave en la identidad de TWICE. Cuando una artista con ese perfil participa en una canción de colaboración internacional ligada al Mundial, el gesto tiene un peso simbólico inmediato. No es solo una celebridad sumando su voz a una pista pensada para amplificar audiencia; es una intérprete que lleva consigo un capital cultural construido durante años en una escena altamente competitiva y extremadamente globalizada.
En la lógica del K-pop, además, estas participaciones rara vez son neutrales. Cada aparición fuera del circuito habitual de promociones, discos o giras de grupo abre una conversación sobre el alcance individual del artista y sobre la capacidad de la industria coreana para colocarse en espacios antes dominados por el pop anglosajón o latino. Que Jihyo aparezca en un proyecto de este tipo sugiere que la voz de una cantante de K-pop puede funcionar también como un elemento narrativo dentro del espectáculo deportivo global.
Esto no significa, conviene subrayarlo, adjudicarle a la canción un impacto que todavía no puede medirse de manera definitiva. Los hechos confirmados son concretos: Jihyo participa como cantante, la canción fue publicada oficialmente y el video reúne a artistas y figuras del fútbol de distintos países. Pero incluso con esos datos acotados, el movimiento ya es significativo. Porque en la industria actual, donde cada colaboración busca sumar territorios, audiencias y códigos culturales, la presencia de Jihyo habla de una selección cuidadosa de voces con capacidad de resonar en públicos diversos.
Para los seguidores de TWICE, además, el interés tiene un componente emocional claro. Escuchar una voz familiar en un contexto distinto activa esa mezcla de orgullo, curiosidad y sentido de pertenencia que caracteriza a los fandoms del K-pop. Y aquí conviene detenerse en ese concepto. Un fandom, en este ámbito, no es solo un grupo de admiradores; es una comunidad organizada que comenta, comparte, impulsa tendencias y convierte cada lanzamiento en un acontecimiento colectivo. En términos latinoamericanos, podría compararse con la intensidad con que una hinchada acompaña a su club, aunque trasladada al terreno digital y cultural.
“Follow Me”: una canción pensada para cruzar fronteras y públicos
El título de la canción, “Follow Me”, transmite una idea directa y fácil de universalizar: seguir juntos, avanzar en bloque, sumarse a una energía compartida. En un proyecto vinculado al Mundial, ese mensaje adquiere una potencia obvia. El fútbol moviliza identidades nacionales, sí, pero también produce una experiencia global en la que personas de idiomas, países y costumbres muy distintas terminan cantando, celebrando o sufriendo al mismo tiempo.
Las canciones asociadas a grandes torneos funcionan precisamente en esa intersección. No siempre quedan en la memoria popular con la misma fuerza, pero casi todas persiguen un mismo objetivo: condensar en pocos minutos la emoción expansiva del evento. En América Latina, donde cada Copa del Mundo deja un archivo emocional propio —desde caravanas improvisadas hasta plazas colmadas, desde memes hasta cábalas familiares—, se entiende bien la necesidad de ponerle banda sonora a una cita de ese tamaño.
Lo interesante en este caso es que “Follow Me” no aparece planteada como una canción dirigida a una sola región ni a un solo mercado. Según la información difundida, el tema fue concebido para conectar a aficionados del fútbol y de la música de todo el mundo. Esa intención explica la elección de una estructura de colaboración amplia, con participantes de diferentes escenas musicales y con una narrativa visual sostenida también por figuras del deporte.
En otras palabras, no estamos ante una canción local elevada artificialmente a rango global, sino ante un producto diseñado desde el inicio con vocación transnacional. Y allí el K-pop tiene ventaja comparativa. La industria surcoreana lleva años trabajando con una lógica internacional: videoclips que circulan al instante, comunidades de fans multilingües, estrategias de difusión sincronizadas y una estética capaz de dialogar con mercados muy distintos sin perder identidad. Por eso la presencia de Jihyo parece natural en un proyecto que busca hablarle simultáneamente a públicos de Asia, América, Europa, África y Medio Oriente.
También hay un elemento generacional. El consumo cultural de hoy ya no está ordenado por fronteras tan rígidas. Un joven en Ciudad de México puede seguir a TWICE, ver fútbol europeo, escuchar reguetón y comentar un videoclip con alguien en Madrid o Buenos Aires en tiempo real. Ese ecosistema híbrido vuelve perfectamente coherente una colaboración que hace apenas una década habría parecido inusual. “Follow Me” se inserta justo en ese nuevo mapa cultural, donde los eventos globales ya no se explican solo desde el deporte o solo desde la música, sino desde la convergencia de ambos.
El sello de RedOne y una alineación internacional de artistas
Otro de los puntos clave del proyecto es la participación del productor y compositor RedOne, ganador del Grammy y figura ampliamente reconocida en la industria pop internacional. Su nombre no aparece aquí como adorno curricular, sino como un indicador del tipo de proyecto que se intenta construir. RedOne ha estado históricamente vinculado a producciones de alcance masivo, orientadas a públicos diversos y diseñadas para circular con facilidad entre mercados distintos.
En términos periodísticos, su presencia ayuda a leer la colaboración bajo una luz específica: la de un producto musical con ambición global, pensado no para una escena nacional concreta sino para un ecosistema internacional donde conviven estrellas de múltiples procedencias. Junto a Jihyo también participan French Montana, Ludmilla y Adriana C, lo que refuerza esa idea de ensamblaje multicultural.
Ese tipo de combinaciones dice mucho sobre la música pop contemporánea. Ya no se trata solo de sumar nombres famosos, sino de reunir comunidades de escucha. Cada artista aporta un público, una sensibilidad y una puerta de entrada distinta. Jihyo conecta con el mundo del K-pop; otros nombres acercan audiencias del hip hop, del pop internacional o del universo latino y global. El resultado, al menos en el plano conceptual, es una especie de selección musical multinacional, una metáfora muy apropiada para un proyecto asociado al Mundial.
Para el lector hispanohablante, esa lógica resulta familiar. El fútbol hace tiempo entendió el valor de mezclar culturas sin perder su centro narrativo. Basta pensar en un club europeo lleno de jugadores africanos, sudamericanos y asiáticos, coreado en estadios por fanáticos de decenas de países. La música pop, por su parte, ha venido siguiendo un camino parecido. Las colaboraciones son hoy una forma de diplomacia cultural ligera: no resuelven tensiones geopolíticas ni borran desigualdades de mercado, pero sí crean espacios simbólicos de contacto entre comunidades que antes apenas se rozaban.
En ese marco, la inclusión de una vocalista de K-pop en una canción pensada para acompañar la atmósfera mundialista no es una rareza, sino una evolución lógica del tablero global. Corea del Sur ya no es un actor periférico en la cultura pop internacional. Lo que antes se observaba con curiosidad hoy se integra con naturalidad a las programaciones, a los rankings y a los grandes eventos.
Del estadio al fandom: por qué el cruce entre fútbol y K-pop tiene sentido
Hay algo profundamente compatible entre la cultura del fútbol y la cultura del K-pop: ambas se sostienen en la energía colectiva. En el fútbol, esa energía se expresa en el canto, el color, la memoria compartida, la pasión heredada y la tensión de los noventa minutos. En el K-pop, se manifiesta en comunidades de fans muy activas, en el seguimiento minucioso de contenidos, en la participación masiva en redes y en una identificación emocional intensa con los artistas.
Visto así, el encuentro entre ambos mundos no debería sorprender. Los dos producen pertenencia. Los dos convierten la experiencia individual en emoción grupal. Y los dos saben transformar un lanzamiento o un partido en un acontecimiento social. En América Latina esto se entiende de manera casi instintiva. Así como una hinchada convierte un estadio en una sola voz, un fandom de K-pop puede convertir el estreno de una canción en una tendencia continental en cuestión de minutos.
Desde luego, hay diferencias importantes. El fútbol arrastra tradiciones centenarias, arraigos territoriales y rivalidades históricas; el K-pop es una industria mucho más reciente, ligada al ecosistema digital y a la producción cultural de alta velocidad. Pero precisamente por eso el cruce resulta fértil. Uno aporta la épica del evento y la densidad simbólica del Mundial; el otro, la capacidad de amplificar esa épica entre públicos jóvenes y globalizados.
La presencia de futbolistas de renombre en el video va en esa misma dirección. Ronaldo, Brahim Díaz y Federico Valverde no son apenas cameos decorativos. Funcionan como puntos de anclaje para públicos que quizá no siguen el K-pop, pero sí reconocen inmediatamente el lenguaje del fútbol de élite. Ese puente es esencial. Un fan de Jihyo puede entrar al proyecto por la música y quedarse por la curiosidad mundialista; un fan del fútbol puede llegar por los jugadores y descubrir, de paso, a una artista coreana dentro de un contexto completamente familiar.
En un tiempo dominado por algoritmos, segmentación y nichos, estas colaboraciones tienen además un valor estratégico: bajan las barreras de entrada entre comunidades. Permiten que alguien se acerque a un contenido desde su zona de comodidad y, casi sin darse cuenta, se encuentre con otro universo cultural. Hace años eso ocurría a menor escala; hoy es parte central de cómo se construyen los fenómenos globales.
Qué dice esta colaboración sobre la expansión de la Ola Coreana
La Hallyu ya no se limita a exportar canciones o dramas coreanos. Su expansión actual pasa por otro nivel: insertarse en estructuras globales previamente consolidadas y dialogar de igual a igual con ellas. Ahí está, precisamente, el valor simbólico de esta colaboración. No se trata de que el K-pop observe el Mundial desde la periferia, sino de que una de sus voces reconocibles forme parte del sonido que rodea al torneo.
Este matiz es importante para comprender la evolución de la cultura coreana en el mundo. Durante años, el relato dominante estuvo centrado en el “ascenso” del K-pop, como si aún debiera demostrar su legitimidad internacional. Hoy la conversación es distinta. El género ya no busca solamente entrar en la conversación global; en muchos casos la organiza, la redefine o la acompaña desde posiciones de influencia clara.
Para el público latinoamericano y español, que ha visto cómo el K-pop pasó de ser un interés de nicho a ocupar espacios en festivales, medios generalistas y listas de reproducción cotidianas, esta noticia confirma algo que ya venía ocurriendo: la música surcoreana se ha vuelto parte estable del paisaje pop internacional. Que ese proceso alcance también al mayor torneo del fútbol masculino solo profundiza una tendencia que parecía inevitable.
También hay una lectura geográfica nada menor. El Mundial 2026 se jugará en Norteamérica, con México como uno de los países anfitriones y con una fuerte centralidad de Estados Unidos y Canadá en términos de infraestructura, espectáculo y mercado. Para millones de hispanohablantes, será un torneo vivido muy de cerca, tanto por presencia territorial como por consumo mediático. En ese contexto, el hecho de que una artista coreana forme parte de la conversación musical del evento invita a imaginar una Copa aún más diversa en sus códigos culturales.
En el fondo, la colaboración de Jihyo permite ver cómo se reescribe el mapa emocional del entretenimiento global. Ya no hay compartimentos tan estancos entre “música asiática”, “fútbol occidental” o “mercado latino”. Todo se mezcla, se reinterpreta y se vuelve compartible en un mismo flujo de imágenes, sonidos y fandoms.
Lo que sigue: entre la expectativa de los fans y el pulso de un evento global
Con la canción ya publicada y el video musical oficialmente revelado, la atención ahora se concentra en la circulación cultural del proyecto. En otras palabras: cómo será recibido, compartido y apropiado por públicos distintos conforme se acerque el Mundial. A estas alturas, ese recorrido es casi tan importante como el lanzamiento mismo. Una canción de este tipo no vive solo en plataformas de audio; vive en redes sociales, en reacciones de fans, en clips cortos, en comentarios cruzados y en la conversación constante que rodea tanto al fútbol como al K-pop.
Para los seguidores de Jihyo y de TWICE, “Follow Me” representa una oportunidad de ver a una artista muy reconocida en un espacio de visibilidad transversal. Para los aficionados al fútbol, ofrece una primera postal de la atmósfera cultural que ya empieza a construirse alrededor del Mundial 2026. Y para la industria del entretenimiento, funciona como caso de estudio sobre cómo se ensamblan hoy proyectos realmente globales: con música, estrellas, narrativas visuales y una estrategia clara de cruce entre comunidades.
Hay algo especialmente potente en esta imagen final: una cantante coreana, figuras del fútbol de Brasil, Marruecos y Uruguay, un productor de peso internacional y un torneo que se celebrará en Norteamérica, todo dentro de una misma pieza musical. Esa escena resume bastante bien el momento cultural que vivimos. El entretenimiento contemporáneo ya no se organiza por compartimentos cerrados, sino por redes de afinidad, circulación y emoción.
Si el Mundial siempre ha sido un escenario donde cada país busca verse reflejado, quizás esta vez también sea un espacio donde las culturas pop del planeta se reconozcan entre sí con más claridad que nunca. En ese tablero, la participación de Jihyo en “Follow Me” no parece una anécdota menor. Parece, más bien, una señal precisa de hacia dónde se mueve la conversación global: un lugar donde una voz del K-pop puede acompañar el pulso del fútbol y donde millones de personas, desde Seúl hasta Ciudad de México, desde Montevideo hasta Madrid, pueden encontrarse en una misma canción.
Y ese cruce, en un tiempo de consumos fragmentados pero emociones masivas, dice mucho más que una simple colaboración. Dice que la música y el deporte siguen siendo dos de los pocos idiomas verdaderamente universales. Y que cuando ambos se encuentran, el resultado puede ser tan inmediato como un coro en la tribuna y tan expansivo como una tendencia mundial en el teléfono.
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