‘Ivanri Jang Man-ok’: la comedia coreana que le planta cara a la discriminación sin renunciar a la risa

Una película que elige reír sin dejar de incomodar
En tiempos en que buena parte de las historias sobre minorías sexuales siguen contándose desde la herida, el duelo o la denuncia frontal, una película surcoreana propone un giro tan simple como arriesgado: hablar de discriminación, violencia y exclusión sin entregar por completo el relato a la oscuridad. Ese es el punto de partida de Ivanri Jang Man-ok, cinta que ha llamado la atención en Corea del Sur por colocar en el centro a una mujer lesbiana de mediana edad que se muda al campo y decide competir en una elección comunitaria. Lo notable no es solo el tema, sino el tono: una comedia que no niega la dureza del mundo, pero se resiste a que el dolor tenga la última palabra.
Según explicó la directora Lee Yoo-jin en una conversación con medios locales, la película nace de una intuición que resulta especialmente pertinente para el clima social de hoy: antes de enfrascarnos en una pelea permanente, quizá haya que imaginar algo bueno y encontrar una forma de reír juntos. No se trata de ingenuidad ni de escapismo. En una época marcada por discusiones crispadas, desgaste emocional y trincheras ideológicas, la apuesta de esta cineasta parece ir en otra dirección: construir energía afectiva para sostener la conversación, no para cancelarla.
Para el público hispanohablante, la propuesta puede resultar familiar y extraña al mismo tiempo. Familiar, porque en América Latina y España conocemos bien el poder de la comedia para decir lo que la solemnidad a veces no consigue. Desde el teatro popular hasta la sátira televisiva, pasando por películas que retratan barrios, pueblos o familias en conflicto, la risa ha sido históricamente una herramienta de supervivencia y crítica. Extraña, porque el cine sobre diversidad sexual en Asia oriental todavía suele llegarnos filtrado por estereotipos: o como melodrama contenido, o como relato de sufrimiento. Ivanri Jang Man-ok parece querer romper ese molde desde adentro.
Lo hace, además, con una decisión narrativa que vale la pena subrayar: no llevar la cuestión queer al terreno abstracto del manifiesto, sino insertarla en una comunidad concreta, con sus rutinas, prejuicios, tensiones y negociaciones cotidianas. La discriminación, entonces, no aparece como un concepto enunciado desde un púlpito moral, sino como una experiencia que atraviesa la escuela, el vecindario, la política local y los vínculos entre generaciones. Dicho de otro modo: la película no pregunta solo cómo vive una lesbiana en Corea del Sur, sino quién tiene derecho a pertenecer plenamente a una comunidad.
El valor político de una protagonista poco habitual
Uno de los aspectos más significativos de la película es su protagonista: Jang Man-ok, una mujer lesbiana de mediana edad. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. En la representación audiovisual de las diversidades sexuales, incluso en producciones progresistas, suele haber una concentración evidente en personajes jóvenes. La juventud aparece como el espacio natural del descubrimiento, del conflicto identitario y de la rebelión. En cambio, las vidas queer maduras, envejecidas o insertas en mundos menos cosmopolitas siguen siendo escasas, como si el derecho a una biografía compleja terminara en la frontera de la adultez.
Por eso, elegir a una mujer de mediana edad implica más que un cambio de casting: es un desplazamiento del foco. La película obliga a mirar una experiencia que rara vez ocupa el centro de la conversación pública. En nuestras sociedades hispanohablantes ocurre algo similar. Cuando se habla de diversidad sexual en el cine o en la televisión, abundan los relatos de iniciación, de salida del clóset o de aceptación familiar, pero son mucho menos frecuentes las historias sobre lesbianas mayores, con vida hecha, con cansancios, memoria y una relación concreta con su entorno. En ese sentido, el filme surcoreano dialoga con debates que también resuenan de este lado del mundo.
La protagonista no está aislada en una gran ciudad ni protegida por un entorno culturalmente homogéneo. Su traslado al ámbito rural cambia por completo las reglas del juego. En Corea del Sur, el campo no es solo un paisaje: es también una red de relaciones más densas, donde la vida privada y la vida comunitaria se rozan constantemente. Quien llega a un pueblo no entra únicamente a una casa, sino a un sistema de observación mutua, reputaciones heredadas y equilibrios sociales a veces muy rígidos. Algo de esto puede entenderse fácilmente en América Latina y España, donde la vida de pueblo sigue teniendo una lógica propia: todos se conocen, todo circula, y la diferencia puede convertirse muy rápido en tema de sobremesa o motivo de sospecha.
Allí reside buena parte de la fuerza simbólica de Jang Man-ok. No es una figura heroica diseñada para pronunciar grandes discursos, sino alguien que decide existir a la vista de todos en un espacio donde la visibilidad tiene costos. En vez de quedarse en el margen, se mueve hacia el centro. Y ese gesto —tan sencillo en apariencia— es profundamente político.
Qué significa ser candidata a “jefa del pueblo” en Corea del Sur
Para entender el peso del argumento, conviene detenerse en un concepto cultural que quizá no sea evidente para lectores de América Latina o España: la elección de ijang. En Corea del Sur, el ijang es, de manera simplificada, la persona que representa a una aldea o comunidad rural en la interfaz entre los habitantes y la administración local. No equivale exactamente a un alcalde ni a un concejal, pero sí ocupa un lugar de liderazgo cotidiano, con autoridad simbólica y funciones prácticas en la vida del pueblo.
Por eso, cuando Jang Man-ok decide postularse a esa posición, la película no está proponiendo una anécdota pintoresca ni un simple gag narrativo. Lo que pone en escena es una disputa por la representatividad. ¿Puede una mujer lesbiana convertirse en rostro legítimo de una comunidad rural? ¿Puede alguien a quien ciertos sectores consideran “diferente” encarnar la idea misma de lo común? En la pregunta late una tensión que no es exclusiva de Corea del Sur. En nuestros países, cada vez que una mujer, una persona LGBT+, una persona indígena, afrodescendiente o migrante aspira a ocupar un cargo visible, no tarda en surgir el mismo reflejo de resistencia: ¿de verdad representa a “todos”?
La elección local funciona así como una miniatura del debate democrático. No se trata solamente de quién administra mejor, sino de quién es aceptado como parte del nosotros. Y ahí la película parece encontrar una veta especialmente fértil: la política no como una escena grandilocuente de partidos y discursos, sino como un forcejeo cotidiano por el reconocimiento. Lo que en una capital puede diluirse entre millones, en un pueblo se vuelve cuerpo a cuerpo.
La gran inteligencia de la propuesta está en no reducir esa tensión a un esquema de villanos y víctimas. La comunidad rural aparece como un espacio donde conviven el prejuicio, la torpeza, el miedo, la costumbre, pero también la posibilidad de vincularse de otro modo. Esa ambivalencia vuelve más verosímil la historia. Cualquiera que haya cubierto política local —sea en una comuna andina, un municipio mexicano, un ayuntamiento español o una localidad del Cono Sur— sabe que la pertenencia no se define solo en las urnas, sino en la plaza, en la escuela, en el mercado y en el rumor compartido.
La comedia como estrategia, no como evasión
Uno de los puntos más interesantes de la película, y quizá el que mejor explica la conversación que ha despertado en Corea del Sur, es su uso de la comedia. Durante mucho tiempo, los relatos sobre discriminación han estado asociados a un deber de gravedad. Como si para ser tomado en serio hubiera que adoptar necesariamente un tono severo, incluso sombrío. El problema de esa lógica es que también puede estrechar el campo emocional de la experiencia humana. Las personas discriminadas no solo sufren: también bromean, desean, discuten, improvisan, cuidan y se ríen. Reducirlas al padecimiento es otra forma de simplificación.
Lee Yoo-jin ha dicho que quería mostrar algo distinto a la pelea misma, aunque reconoce la importancia de la discusión y el conflicto social. Esa distinción es clave. La película no niega que la confrontación sea necesaria; lo que hace es preguntarse si el cine debe limitarse a reproducir el ruido del enfrentamiento o si puede ensayar otro lenguaje para pensar lo mismo. En vez de atrincherar al espectador, busca invitarlo. En vez de saturarlo con desesperanza, le ofrece una entrada más porosa, menos defensiva.
Para quienes seguimos el auge global de la cultura coreana, esta elección dice mucho sobre la madurez de su ecosistema creativo. El llamado Hallyu —la Ola Coreana que ha llevado al mundo los dramas televisivos, el cine, el K-pop y los formatos de entretenimiento surcoreanos— ya no puede entenderse solo a través de sus megaproducciones o de sus éxitos más exportables. También se expande por obras que, sin grandes alardes industriales, prueban nuevas maneras de narrar la vida social. En ese mapa, una comedia sobre una lesbiana de mediana edad en un pueblo puede ser tan reveladora como un thriller de alto presupuesto.
La comedia, además, exige una ética de precisión. No todo puede convertirse en broma. Reír en torno a una situación de discriminación sin banalizarla requiere una escritura especialmente cuidadosa. Hay una línea delgada entre usar el humor para abrir el debate y usarlo para rebajar la violencia. Por lo que se desprende de la recepción inicial de la película, Ivanri Jang Man-ok entiende bien esa diferencia: la risa no nace de la humillación de sus personajes, sino de su vitalidad, de la fricción con el entorno y de la terquedad con la que insisten en seguir presentes.
La escena de Jae-yeon y el espejo incómodo de la escuela
Entre los momentos destacados del filme aparece una escena particularmente significativa: la de Jae-yeon, un estudiante de secundaria que atraviesa dudas vinculadas a su identidad y termina siendo agredido por otros alumnos. Lo que sigue no se limita a la violencia física. Jang Man-ok enfrenta después a un profesor que intenta trasladar la responsabilidad al propio estudiante, en una reacción tristemente reconocible para cualquier sociedad que haya normalizado la culpabilización de la víctima.
La secuencia concentra varios problemas a la vez: acoso escolar, prejuicio contra las diversidades sexuales o de género, indiferencia institucional y la tendencia adulta a proteger el orden antes que la dignidad del adolescente vulnerable. No hace falta vivir en Corea del Sur para entender la escena. En América Latina y España, los casos de bullying homofóbico o transfóbico siguen siendo una herida abierta. Muchas veces, además, la escuela —que debería ser espacio de cuidado— termina reproduciendo los sesgos del mundo exterior, cuando no directamente encubriéndolos.
Lo más poderoso de ese momento, según la descripción disponible, es que no funciona solo como denuncia. También establece una forma concreta de solidaridad. Jang Man-ok no actúa en nombre de una teoría, sino frente a un cuerpo herido y una injusticia inmediata. Eso la convierte en algo más que protagonista: en testigo activa, en alguien que usa su propia posición marginal para defender a otra persona expuesta. En la película, la comunidad no se construye como una palabra bonita, sino como un acto de intervención.
Ese matiz es relevante en un tiempo en que muchas discusiones públicas sobre diversidad quedan atrapadas entre consignas abstractas y guerras culturales cada vez más estériles. La escena recuerda algo elemental: la política de la convivencia también ocurre en los gestos pequeños, en la decisión de no dejar solo a quien está siendo aplastado por la mayoría. El cine coreano, que tantas veces ha explorado la violencia estructural desde códigos intensos y a veces devastadores, encuentra aquí otro registro para señalar la misma fractura.
Más allá de lo queer: un pueblo atravesado por muchas grietas
Reducir Ivanri Jang Man-ok a una “película sobre una lesbiana” sería quedarse corto. De acuerdo con la información conocida, el filme incorpora también conflictos intergeneracionales, problemas ligados al envejecimiento, tensiones de convivencia rural y fenómenos como la violencia escolar. Eso le da un espesor social que desborda el rótulo de cine temático. Lo queer no está aislado del resto, sino entrelazado con otras fisuras que cruzan la Corea contemporánea.
Ese entramado es, probablemente, una de las razones por las que la película puede conectar con públicos fuera de Asia. En buena parte de nuestros países, el malestar social tampoco se presenta de manera limpia y segmentada. Los conflictos de género conviven con la precariedad económica, la crisis del cuidado, la soledad de los adultos mayores, la falta de oportunidades para los jóvenes y el deterioro de la vida comunitaria. Los problemas se amontonan, se enciman, se responden unos a otros. Un pueblo coreano, en ese sentido, puede resultar más cercano de lo que parecería.
La película parece entender algo esencial: las comunidades no se transforman únicamente mediante grandes declaraciones ideológicas, sino también a través de la gestión de lo cotidiano. Hay que cocinar, atender urgencias, resolver malentendidos, acompañar a quien sufre, discutir con quien piensa distinto y, mientras tanto, seguir viviendo. En esa rutina se juega buena parte de la política real. A veces, incluso, más que en los debates televisados o en los discursos de campaña.
Ese enfoque recuerda a muchas obras latinoamericanas y españolas que han explorado la vida comunitaria desde la mezcla de humor, ternura y conflicto. No porque cuenten lo mismo, sino porque comparten una intuición: la convivencia es desordenada, contradictoria y rara vez heroica. En ella caben la mezquindad y la generosidad, el prejuicio y la posibilidad de cambio. La fuerza de Ivanri Jang Man-ok estaría precisamente en no pedirle pureza a sus personajes ni perfección moral a su entorno. Lo que pide es algo más difícil: capacidad de relación.
Lo que esta película revela sobre la Corea cultural de hoy
Durante años, la conversación internacional sobre Corea del Sur se ha organizado alrededor de sus éxitos más visibles: el dominio del K-pop, la potencia de sus series, la sofisticación de su cine de género o su capacidad para convertir productos culturales en fenómenos globales. Todo eso es cierto, pero incompleto. También hay una Corea creativa que usa el audiovisual para interrogar sus zonas de dolor más cotidianas: el autoritarismo social, la rigidez institucional, el clasismo, la soledad, el acoso y la discriminación.
Que una película como Ivanri Jang Man-ok destaque en la agenda cultural surcoreana del momento tiene un valor industrial y simbólico. Industrial, porque confirma que el ecosistema audiovisual del país sigue abriendo espacio a miradas diversas, incluso cuando no responden al molde más internacionalizable. Simbólico, porque señala un cambio en la sensibilidad narrativa: ya no basta con mostrar el problema; importa también cómo se lo hace sentir al espectador.
En ese sentido, la apuesta por el humor es también una respuesta al cansancio de época. Corea del Sur, como muchas democracias contemporáneas, vive discusiones intensas sobre género, derechos, desigualdad y representación. En medio de ese clima, una obra que propone “imaginar algo bueno” sin borrar el conflicto suena casi contracultural. Hay allí una defensa de la imaginación como recurso político, una idea que quizá en nuestra región entendemos bien. Cuando la realidad aprieta, el humor no siempre es frivolidad; muchas veces es una forma de resistencia, una manera de no entregarle todo el territorio al cinismo.
Por eso esta película merece atención más allá de los circuitos especializados o del interés de quienes ya siguen el cine independiente coreano. Habla de Corea del Sur, sí, pero también de una pregunta universal: cómo se construye una vida en común cuando la diferencia sigue despertando rechazo. Y responde sin grandilocuencia, con una tesis tan incómoda como esperanzadora: quizá para cambiar algo no baste con señalar el daño; también hace falta crear el ánimo para seguir habitando el mundo con otros.
Por qué esta historia interpela al público hispanohablante
Para lectores de América Latina y España, Ivanri Jang Man-ok puede resonar en varios niveles. Primero, porque toca un debate que sigue abierto en nuestras sociedades: el derecho de las personas LGBT+ a no ser confinadas al margen simbólico de la comunidad. Segundo, porque pone el foco en la vida fuera de las grandes capitales, donde el peso de la tradición, la vigilancia social y la cercanía entre vecinos puede volver más áspero cualquier gesto de diferencia. Y tercero, porque reivindica la comedia como un lenguaje legítimo para tratar asuntos serios.
No es poca cosa. En un escenario mediático acostumbrado a la polarización instantánea, a los titulares inflamables y a la indignación como combustible permanente, una película que se niega a elegir entre crítica y calidez ofrece una rareza bienvenida. No porque desactive el conflicto, sino porque intenta reordenar las emociones con las que lo miramos. Eso también es político.
Al final, lo que propone Ivanri Jang Man-ok no es un optimismo fácil. Nadie sale del cine creyendo que la discriminación se resuelve con un chiste o con buena voluntad. Lo que sí deja entrever es otra posibilidad: que el humor, cuando está bien usado, puede convertirse en una forma de dignidad. No para esconder la violencia, sino para impedir que esta monopolice el relato. En otras palabras, la película parece recordarnos que la risa, lejos de ser lo contrario de la lucha, puede ser una de sus herramientas más humanas.
Y tal vez allí radique su gesto más potente. En un mundo donde tantas narrativas sobre el dolor terminan fijando a sus personajes en el lugar de la víctima eterna, Jang Man-ok aparece como alguien que disputa algo más que un cargo local o el respeto del vecindario. Disputa el derecho a existir con gracia, con terquedad, con deseo de pertenecer y con la libertad de no ser reducida al sufrimiento. Para el cine coreano, y para quienes lo miramos desde este lado del planeta, esa ya es una noticia importante.
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