
Una política de salud que mira el día a día
En momentos en que buena parte de las noticias sanitarias suelen concentrarse en nuevos medicamentos, avances tecnológicos o cifras de inversión, una ciudad mediana del sur de Corea del Sur ha puesto el foco en algo mucho más silencioso, pero también más urgente: cómo sostener la vida cotidiana de las personas mayores cuando la memoria empieza a dar señales de fragilidad. La ciudad de Miryang, en la provincia de Gyeongsang del Sur, anunció la puesta en marcha de un programa llamado “Sanación del corazón, como la primavera”, dirigido a adultos mayores con deterioro cognitivo leve, con el objetivo de fortalecer sus funciones cognitivas y ofrecer estabilidad emocional.
No se trata de una noticia menor, aunque a primera vista no tenga el brillo de un gran plan nacional. En una sociedad que envejece con rapidez, como la surcoreana, las iniciativas locales suelen funcionar como laboratorio de políticas públicas. Y lo que está ocurriendo en Miryang merece atención fuera de Corea porque plantea una pregunta que también resuena en América Latina y en España: ¿cómo cuidar a una población mayor cada vez más numerosa sin reducir el bienestar a una receta médica, una consulta breve o un examen de rutina?
El interés de este caso está en el enfoque. La apuesta no se centra en una enfermedad ya declarada en su fase más dura, sino en un momento previo, cuando todavía es posible intervenir sobre los cambios en la memoria, la concentración y el estado emocional. En otras palabras, la salud pública no espera a que el problema se agrave para actuar. Busca acompañar antes, cuando el deterioro apenas asoma y la vida diaria todavía puede sostenerse con apoyos adecuados.
Ese matiz importa. En nuestras sociedades hispanohablantes, muchas familias conocen bien la escena: el abuelo que repite una historia dos o tres veces, la madre que olvida una cita, la tía que se muestra más retraída que antes. No siempre son síntomas de una demencia avanzada, pero sí pueden ser alertas de un deterioro cognitivo leve. El desafío es que ese estadio intermedio suele quedar en tierra de nadie: no es una emergencia hospitalaria, pero tampoco una simple distracción. Miryang está intentando llenar justamente ese vacío.
La noticia, reportada por la agencia surcoreana Yonhap, refleja un cambio de sensibilidad en la política sanitaria coreana. Allí donde antes el lenguaje oficial podía inclinarse por la prevención clínica o la atención médica estricta, ahora se abre paso una idea más amplia de cuidado: la salud como capacidad de seguir participando en la vida, de mantener vínculos, de expresarse, de conservar rutinas con sentido.
Qué significa atender el deterioro cognitivo leve
Para entender la relevancia del programa, conviene detenerse en el grupo al que se dirige. El deterioro cognitivo leve es una condición en la que aparecen dificultades de memoria, atención o pensamiento que superan el olvido habitual asociado a la edad, pero que no necesariamente impiden por completo la autonomía de la persona. No es sinónimo de demencia, aunque sí puede convertirse en un factor de riesgo. Precisamente por eso, muchos especialistas lo consideran un momento clave para desplegar apoyos.
En la práctica, este diagnóstico suele ser desconcertante para las familias. No hay una fractura visible ni una fiebre que obligue a correr al médico. Lo que aparece es algo más difuso: una lentitud nueva, una inseguridad para completar tareas, una menor facilidad para organizar el día. A veces también se suma un componente emocional decisivo: frustración, vergüenza, ansiedad o tristeza. Quien empieza a notar que su memoria ya no responde igual puede retraerse, hablar menos o evitar situaciones sociales por miedo a equivocarse.
Por eso resulta relevante que el programa de Miryang no se limite a hablar de “función cognitiva”, sino que incluya de manera explícita la “estabilidad emocional”. La decisión revela una comprensión más completa del envejecimiento. El malestar de las personas mayores no se expresa solo en indicadores clínicos; también se manifiesta en el ánimo, en la sensación de utilidad, en el deseo de salir de casa o de relacionarse con otros.
Desde América Latina y España, esta mirada resulta particularmente cercana. En muchas familias, el cuidado de los mayores recae de forma desproporcionada sobre hijos, hijas o nietos, con apoyos públicos desiguales según el país. Eso vuelve aún más importante cualquier iniciativa que no delegue toda la responsabilidad en el ámbito doméstico. Cuando una administración local interviene con programas específicos, lo que está diciendo, en los hechos, es que el deterioro cognitivo no es solo un asunto privado, sino un problema de salud comunitaria.
También hay aquí una lección de lenguaje político. En vez de presentar a las personas mayores únicamente como una carga para el sistema o un grupo vulnerable definido por la carencia, el proyecto las coloca en el centro de una estrategia de recuperación de capacidades. Puede parecer un detalle semántico, pero no lo es. Nombrar una política desde la “sanación” y no solo desde el “déficit” modifica la manera en que la sociedad percibe a quienes envejecen.
Por qué el arte entra en la conversación sanitaria
Uno de los rasgos más llamativos del programa es el uso del arte como herramienta principal, en concreto las artes visuales y la danza. Lejos de ser un adorno amable para embellecer una política pública, la decisión apunta a algo muy concreto: lograr participación sostenida, activar la sensibilidad, estimular la memoria y ofrecer espacios de expresión que no dependan únicamente de la palabra.
En muchas estrategias de salud, especialmente las dirigidas a personas mayores, existe el riesgo de caer en un formato excesivamente pasivo: charlas, folletos, recomendaciones, ejercicios repetitivos. Todo eso puede ser útil, pero no siempre consigue enganchar a los participantes durante largos periodos. El arte, en cambio, introduce otra lógica. Pintar, observar colores, manipular materiales, seguir un ritmo con el cuerpo, recordar una secuencia de movimientos o compartir una creación con otros activa distintas dimensiones a la vez.
En el caso de la danza, además, hay un componente que en nuestras culturas se entiende muy bien. En gran parte de América Latina, el cuerpo no es solo un vehículo físico: también es memoria, fiesta, identidad y vínculo social. Basta pensar en cómo generaciones enteras han habitado el mundo bailando salsa, cumbia, merengue, tango, cueca o danzón. Aunque el programa de Miryang no esté pensado desde esas referencias, la idea de que el movimiento puede ser terapéutico no resulta ajena para lectores hispanohablantes. En el contexto coreano, la danza incorporada a un programa de salud pública sugiere una apuesta por devolver al cuerpo su papel en el cuidado emocional y cognitivo.
Las artes visuales, por su parte, permiten trabajar concentración, coordinación, planificación y memoria desde una experiencia menos intimidante que una evaluación formal. No se trata de “rendir” ni de demostrar un desempeño perfecto, sino de participar. Ese aspecto es clave cuando se trabaja con personas que pueden sentirse observadas o juzgadas por sus olvidos.
Hay otro punto de fondo. Al integrar el arte en una política de salud, Corea del Sur se suma a una discusión internacional que lleva años creciendo: la idea de que el bienestar no depende exclusivamente del tratamiento médico, sino también de la calidad de la vida cotidiana. Países con poblaciones envejecidas han empezado a explorar el valor de los museos, la música, el teatro o las actividades comunitarias como parte de estrategias preventivas y de acompañamiento. Miryang se inserta en esa corriente, pero con un sello propio: hacerlo desde una estructura pública local y en colaboración con instituciones especializadas.
En tiempos en que la conversación pública suele premiar lo espectacular, esta iniciativa recuerda que a veces la innovación más importante no llega en forma de aparato sofisticado, sino de un espacio donde alguien vuelve a moverse, a recordar, a crear y a sentirse acompañado.
El papel de los centros de apoyo a la demencia en Corea
Otro elemento clave del caso es la participación del Centro de Seguridad para la Demencia de Miryang, conocido en Corea como Chimae Ansim Center. Para lectores hispanohablantes, conviene explicar qué significa esto. En Corea del Sur, estos centros forman parte de una red impulsada por gobiernos locales para atender a personas con demencia o con signos de deterioro cognitivo, así como a sus familias. Funcionan como puntos de contacto comunitario: evalúan, orientan, acompañan y conectan a los residentes con servicios pertinentes.
Su presencia en el programa es importante porque aporta capacidad de ejecución real. En política pública, las buenas intenciones abundan; lo difícil suele ser llegar a la gente correcta, sostener la intervención en el tiempo y coordinar actores. El centro local cumple precisamente esa función de puente entre la administración y los usuarios. No es una oficina lejana ni una sigla abstracta, sino un organismo de proximidad que conoce el territorio y puede identificar a quienes más necesitan apoyo.
La otra pata del proyecto la ponen organizaciones profesionales dedicadas a la sanación artística. Esa combinación entre una institución pública anclada en la comunidad y un operador especializado en contenidos terapéuticos ofrece una pista sobre cómo Corea está intentando sofisticar sus políticas locales sin volverlas inaccesibles. Una parte garantiza acceso y seguimiento; la otra, calidad metodológica.
El esquema puede resultar familiar para varios países de nuestra región, donde muchas veces los gobiernos locales articulan con universidades, fundaciones o colectivos culturales para ampliar el alcance de políticas sociales. La diferencia es que aquí esa alianza se inserta de manera explícita en una agenda de salud. Ya no se trata de cultura por un lado y asistencia sanitaria por otro, sino de una intersección deliberada.
En términos políticos, eso también muestra una evolución. Corea del Sur, que durante décadas fue presentada en el exterior sobre todo como potencia industrial, tecnológica y exportadora de cultura pop, está dejando ver otro tipo de transformación: la de su infraestructura social para un país envejecido. Detrás del brillo global del K-pop o las series coreanas, existe una sociedad que debe resolver problemas muy concretos de soledad, memoria, dependencia y cuidado. Programas como este iluminan esa dimensión menos visible del llamado “modelo coreano”.
Cuando cultura y salud dejan de caminar por separado
Según la información difundida, el proyecto de Miryang forma parte de un programa de apoyo a la sanación a través de las artes y la cultura impulsado por el Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo de Corea del Sur junto con la Agencia Coreana para la Educación Artística y Cultural. Ese dato merece atención porque confirma que la iniciativa no nace solo desde la lógica sanitaria, sino desde una cooperación entre áreas del Estado que tradicionalmente suelen operar en compartimentos separados.
En muchos países, también en América Latina, los ministerios de Cultura cargan con la obligación constante de justificar su utilidad frente a presupuestos ajustados y urgencias consideradas “más serias”. La experiencia coreana ofrece un argumento potente: la cultura no es un lujo reservado a tiempos de bonanza, sino una herramienta concreta de bienestar social. Cuando se aplica con diseño, continuidad y objetivos claros, puede convertirse en un recurso de salud pública.
Esto adquiere especial relevancia en las sociedades envejecidas. La calidad de vida de las personas mayores no depende únicamente del número de consultas médicas, sino de la posibilidad de sostener rutinas significativas. Sentirse parte de algo, tener un motivo para salir de casa, encontrarse con otros, usar las manos, activar la imaginación, reconocer una melodía o un movimiento: todo eso influye en el bienestar tanto como otros hábitos más tradicionales, como la alimentación o el descanso.
La iniciativa de Miryang parece asumir esa premisa. El objetivo no es reemplazar la medicina ni presentar el arte como una solución milagrosa, sino ampliar el campo del cuidado. En lugar de una visión reducida de la salud, centrada únicamente en la enfermedad, aparece una visión ecológica de la vida cotidiana: cuerpo, emoción, memoria, vínculo social y participación comunitaria forman parte del mismo mapa.
Esa idea conecta con debates cada vez más presentes en nuestras sociedades. Después de la pandemia, por ejemplo, el tema de la salud mental y la soledad dejó de ser un asunto marginal. También quedó en evidencia la fragilidad de muchos sistemas de cuidado y la necesidad de pensar respuestas menos hospitalocéntricas. Desde ese ángulo, la experiencia surcoreana dialoga con preocupaciones muy presentes en la región iberoamericana, donde la longevidad aumenta mientras las redes de apoyo familiar se tensionan por razones económicas, migratorias y laborales.
La cultura, en este marco, aparece no como entretenimiento accesorio, sino como un modo de hacer habitable el tiempo. Y esa puede ser una de las definiciones más precisas de una buena política para la vejez.
Más cerca de recuperar la rutina que de medicalizar la vejez
El nombre mismo del programa, “Sanación del corazón, como la primavera”, revela una elección de tono poco habitual en la jerga burocrática. No habla de crisis ni de carga asistencial. Tampoco reduce a los participantes a un diagnóstico. Invoca, en cambio, una estación asociada al renacer, al cambio de ciclo, al regreso de la luz después del invierno. En una cultura como la coreana, donde las estaciones tienen una fuerte presencia simbólica en la vida cotidiana y en la sensibilidad estética, la primavera funciona como metáfora de recuperación y alivio.
Ese lenguaje importa porque orienta la política. Lo que se busca no es simplemente “administrar” un problema, sino favorecer un retorno parcial a la iniciativa, al equilibrio emocional, a la conexión con el entorno. Por eso el programa se entiende mejor como una estrategia de recuperación de la vida diaria que como una intervención médica en sentido estricto.
La diferencia no es menor. Cuando se piensa el envejecimiento solo desde el prisma clínico, es fácil caer en una medicalización excesiva de la experiencia de hacerse mayor. Cada olvido se vuelve un síntoma, cada cambio de humor una patología, cada limitación funcional una derrota individual. En cambio, cuando se incorpora la dimensión cotidiana, la pregunta se desplaza: ¿qué necesita esta persona para seguir habitando su día con dignidad, con sentido y con la mayor autonomía posible?
En muchos hogares de habla hispana, esa discusión ya existe aunque no siempre se formule en esos términos. Las familias se preguntan si conviene insistir en ejercicios, promover salidas, buscar talleres, estimular recuerdos o simplemente acompañar. El problema es que esas decisiones suelen recaer sobre redes privadas, desiguales y agotadas. Lo valioso de Miryang es que transforma parte de esa preocupación en política pública organizada.
Hay, además, un mensaje de fondo para la ciudadanía: la salud comienza mucho antes del deterioro severo y puede nutrirse desde actividades aparentemente simples. No todo pasa por una bata blanca o una sala de urgencias. También cuenta cómo se estructura el tiempo, qué estímulos se ofrecen, cuánto se conversa, cuánto se crea, cuánto se mueve el cuerpo.
En ese sentido, el proyecto surcoreano se ubica en una frontera interesante: no es un tratamiento clínico, pero tampoco un taller cultural cualquiera. Es una intervención pública que reconoce el valor sanitario de aquello que hace vivible la existencia.
Lo que esta experiencia coreana deja sobre la mesa
Visto en perspectiva, el programa de Miryang puede parecer modesto frente a las grandes narrativas de innovación con las que Corea del Sur suele ocupar titulares internacionales. Sin embargo, su importancia radica justamente en otra escala: la de lo cercano, lo repetible, lo cotidiano. En una época atravesada por el envejecimiento poblacional, la pregunta decisiva no es solo cuánto pueden hacer los hospitales, sino cuánto pueden hacer los barrios, los municipios y las instituciones comunitarias para retrasar el deterioro, reducir la soledad y sostener la vida con dignidad.
Lo que propone esta ciudad surcoreana es una respuesta concreta: atender la memoria y el ánimo desde el territorio, con herramientas artísticas, mediante una alianza entre salud pública local y especialización cultural. No es una fórmula mágica ni una solución total, pero sí una señal clara de hacia dónde podrían evolucionar las políticas de cuidado.
Para los lectores de América Latina y España, el caso resulta doblemente interesante. Primero, porque muestra un rostro menos conocido de Corea del Sur, más allá del entretenimiento global y del desarrollo tecnológico. Segundo, porque plantea una agenda que también nos interpela. Nuestras sociedades envejecen, aunque a ritmos distintos, y aún arrastran enormes vacíos en el acompañamiento de personas mayores con fragilidad cognitiva o emocional.
Quizá la gran lección de Miryang sea esta: cuidar no siempre significa intervenir cuando todo se rompe, sino actuar antes para que menos cosas se rompan. Y actuar antes exige imaginar la salud de manera más amplia, más humana y más vinculada al tejido comunitario. En vez de esperar a que el olvido se vuelva abismo, la ciudad coreana elige trabajar en la zona intermedia, allí donde todavía hay margen para estimular, acompañar y dar sentido.
En un mundo que envejece, esa puede ser una de las políticas más sensatas de todas. Menos espectacular que un laboratorio, menos ruidosa que una campaña nacional, pero quizá más transformadora en la vida real: un espacio donde una persona mayor vuelve a pintar, a moverse, a recordar, a compartir, y con ello recupera algo más que una función cognitiva. Recupera, aunque sea por momentos, la sensación de seguir formando parte del mundo.
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