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Corea del Sur lleva el cuidado al barrio: el experimento de Gwangmyeong que convierte jardines cotidianos en red de apoyo comunitario

Corea del Sur lleva el cuidado al barrio: el experimento de Gwangmyeong que convierte jardines cotidianos en red de apoy

Del hospital al parque de la esquina: una nueva idea de cuidado en Corea del Sur

En un momento en que muchas ciudades del mundo, desde Seúl hasta Madrid, pasando por Ciudad de México, Bogotá o Buenos Aires, buscan cómo responder al envejecimiento de la población, la soledad urbana y la fragilidad de los vínculos comunitarios, una noticia local en Corea del Sur ofrece una pista interesante sobre hacia dónde puede moverse la política social del futuro. La ciudad de Gwangmyeong, en la provincia de Gyeonggi, anunció la puesta en marcha de un proyecto llamado “Jardín de Cuidado del Corazón”, una iniciativa que busca ampliar la noción de atención social más allá de la medicina y los servicios asistenciales tradicionales.

La medida fue formalizada mediante un acuerdo entre el gobierno municipal, el Consejo Local de Bienestar Comunitario y cuatro empresas de economía social y solidaria. Pero más allá de la firma institucional, lo relevante está en la idea que sostiene el proyecto: el cuidado no debe entenderse solo como una prestación para personas enfermas, mayores o en situación de vulnerabilidad, sino también como una forma de reconstruir relaciones, hábitos y espacios de convivencia.

En América Latina y España, donde el debate público suele concentrarse en listas de espera, dependencia, salud mental o falta de plazas en residencias, esta experiencia surcoreana llama la atención porque desplaza el foco. En vez de preguntar únicamente cuántos servicios hacen falta, plantea otra cuestión: dónde ocurre el cuidado y con quién. La respuesta de Gwangmyeong es tan sencilla como ambiciosa: en el entorno cotidiano, en pequeños parques, en terrenos en desuso y en jardines construidos de manera compartida entre vecinos y personas que requieren apoyo.

El nombre del programa también merece una explicación. En coreano, la expresión utilizada combina la idea de “mente” o “corazón” con la de “cuidado” y “jardín”. No se trata de un parque ornamental en el sentido clásico, sino de un espacio vivo, pensado como herramienta de recuperación emocional, acompañamiento social y participación barrial. La jardinería, en este caso, no aparece como un adorno urbano, sino como una excusa poderosa para generar rutina, encuentro y pertenencia.

En una sociedad tan intensamente urbanizada como la surcoreana, donde la velocidad del desarrollo económico ha transformado barrios enteros en apenas unas décadas, la apuesta tiene una lectura más profunda: si el aislamiento y la vulnerabilidad también son producto de entornos fragmentados, entonces la respuesta no puede limitarse al consultorio o al centro asistencial. Debe entrar en el tejido de la vida diaria.

Qué anunció exactamente Gwangmyeong y por qué importa

Según lo dado a conocer por las autoridades locales, el proyecto se aplicará dentro del sistema de cuidado integrado de la ciudad. Ese concepto, muy presente hoy en Corea del Sur, se refiere a una política que intenta coordinar salud, bienestar, acompañamiento cotidiano y apoyo comunitario para que las personas, especialmente las mayores o con fragilidades múltiples, puedan seguir viviendo en su entorno habitual con mayor autonomía.

Lo novedoso es que Gwangmyeong quiere reforzar ese modelo incorporando una dimensión que muchas veces queda relegada: la recuperación emocional y la reconstrucción de la red comunitaria. Para ello, el municipio prevé ofrecer programas de horticultura adaptados a cada barrio y promover la creación conjunta de jardines de cuidado entre residentes y beneficiarios del sistema.

En términos prácticos, esto significa que las personas participantes no serán convocadas a una actividad aislada de bienestar, del tipo que a veces se presenta como gesto simbólico sin continuidad. La ciudad anunció una frecuencia de tres sesiones mensuales, una cifra que puede parecer modesta, pero que en políticas de acompañamiento resulta significativa. La regularidad importa porque permite construir hábito, seguimiento y confianza. No es lo mismo asistir una vez a un taller que saber que, varias veces al mes, existe un lugar al que volver, donde alguien nota tu presencia o tu ausencia.

La estructura del acuerdo también ayuda a entender la seriedad del plan. El gobierno local asume el marco general, la coordinación institucional y el uso de espacios. El Consejo Local de Bienestar Comunitario, una instancia que en Corea reúne actores del ámbito social a nivel territorial, se encargará de tareas clave como facilitar el traslado de participantes, apoyar las actividades y verificar su estado y continuidad. Por su parte, las empresas de economía social diseñarán y ejecutarán los programas de jardinería terapéutica y participación comunitaria.

Visto desde fuera, podría parecer un proyecto pequeño. Pero en realidad encierra una redefinición importante del papel del Estado local. En lugar de limitarse a contratar un servicio y medirlo en términos de cobertura, Gwangmyeong está proponiendo una arquitectura de cuidado basada en cooperación institucional, proximidad territorial y uso social del espacio urbano. Es decir, no solo importa qué se ofrece, sino cómo se organiza la relación entre quienes sostienen la política y quienes participan de ella.

Para lectores hispanohablantes, quizá la comparación más clara sea pensar en la diferencia entre abrir un nuevo centro especializado y convertir la plaza del barrio en un lugar donde el cuidado también ocurre. La segunda opción no sustituye a la primera, pero sí amplía el campo de acción de las políticas sociales. Y en tiempos de presupuestos limitados, esa ampliación puede ser decisiva.

El jardín como herramienta social, no como simple decoración urbana

Uno de los aspectos más llamativos del proyecto es el uso de terrenos vacíos y pequeños parques como escenarios principales. Esta decisión no es menor. En lugar de construir un gran equipamiento nuevo, la ciudad plantea resignificar espacios existentes, a veces infrautilizados, para convertirlos en nodos de bienestar y encuentro.

Eso tiene varias implicaciones. La primera es simbólica: el cuidado sale de los lugares tradicionalmente asociados a la enfermedad o la dependencia. Deja de estar encerrado entre paredes institucionales y se traslada a un entorno abierto, reconocible y menos intimidante. La segunda es social: al desarrollarse en un espacio compartido, la actividad no separa con tanta rigidez a quienes “reciben ayuda” de quienes “la prestan”. Todos pueden participar de algún modo en la construcción y mantenimiento del jardín.

En Corea del Sur, como en muchas sociedades marcadas por la competitividad, el ritmo laboral intenso y la transformación acelerada de las ciudades, la soledad no siempre se ve. A menudo no adopta la forma dramática de la exclusión extrema, sino la del vecino mayor que vive solo, la persona con movilidad reducida que ha ido perdiendo contacto con su comunidad o el residente que, aun rodeado de edificios y transporte, siente que nadie lo conoce realmente. En ese contexto, un jardín comunitario puede parecer una respuesta pequeña. Pero precisamente en su escala reducida radica parte de su potencia.

La jardinería tiene una dimensión terapéutica conocida en muchos países. Trabajar con plantas, observar ciclos de crecimiento, cuidar un espacio, compartir tareas manuales y al aire libre: todo ello puede contribuir a reducir ansiedad, mejorar el estado de ánimo y generar sensación de propósito. Lo interesante del caso surcoreano es que estas cualidades no se presentan solo como beneficio individual, sino como base para reconstruir vínculos.

En términos latinoamericanos o ibéricos, no sería descabellado pensar en experiencias que ya existen de manera dispersa: huertos urbanos en Barcelona, jardines vecinales en barrios de Santiago de Chile, iniciativas comunitarias en Medellín o redes de agricultura barrial en Ciudad de México. La diferencia es que Gwangmyeong intenta insertar esa lógica dentro del sistema formal de cuidado integrado. No es solo activismo ciudadano ni solo urbanismo participativo: es política social con vocación de permanencia.

Eso también obliga a repensar el lenguaje. Cuando se habla de “cuidado”, el imaginario suele ir enseguida a enfermería, medicación, rehabilitación física o asistencia domiciliaria. Todo eso sigue siendo imprescindible. Pero la experiencia coreana sugiere que hay otro nivel igual de importante: el de las relaciones sostenidas, el acompañamiento no clínico y la existencia de espacios donde la vida cotidiana vuelva a tener un ritmo compartido. En otras palabras, el jardín funciona como infraestructura emocional de proximidad.

Una política contra la soledad y el aislamiento, dos problemas globales

Si esta noticia merece atención fuera de Corea no es solo por su originalidad, sino porque toca una de las grandes preocupaciones contemporáneas: la soledad no deseada. En los últimos años, distintos gobiernos y organismos internacionales han advertido sobre el impacto del aislamiento social en la salud física y mental. No se trata únicamente de tristeza o melancolía. La falta de vínculos puede agravar enfermedades, debilitar rutinas, reducir la movilidad y empeorar la percepción de seguridad personal.

Corea del Sur conoce bien este desafío. Es uno de los países que envejecen con mayor rapidez y, al mismo tiempo, arrastra tensiones propias de una sociedad hipercompetitiva, con fuerte presión económica y cambios profundos en la estructura familiar. Los hogares unipersonales son cada vez más frecuentes y la red de apoyo tradicional, basada en la familia extensa, ya no funciona de la misma forma que hace unas décadas.

En América Latina y España, aunque los contextos históricos son distintos, el diagnóstico tiene puntos en común. También aquí crecen las ciudades donde muchas personas mayores viven solas, donde los barrios se vuelven más anónimos y donde la salud mental se ha convertido en un tema central tras la pandemia. Por eso la propuesta de Gwangmyeong interpela más allá de Asia: plantea que el combate contra la fragilidad social no se gana solo con más camas hospitalarias o más subsidios, sino también con entornos capaces de sostener vínculos.

Hay además un componente de dignidad que conviene subrayar. Cuando las políticas públicas se diseñan exclusivamente desde la lógica de la asistencia, el riesgo es que las personas aparezcan retratadas únicamente como receptoras de ayuda. El proyecto surcoreano intenta escapar de ese esquema al incorporar programas participativos. Quien entra al jardín no lo hace solo para ser atendido, sino para intervenir, aportar y formar parte de una actividad compartida.

Ese matiz es importante. En muchos debates sobre dependencia o envejecimiento, la autonomía suele medirse solo en términos funcionales: caminar, asearse, medicarse, desplazarse. Sin embargo, también existe una autonomía relacional, que tiene que ver con seguir siendo reconocido como alguien capaz de estar con otros, tomar parte en una tarea común y sostener una presencia activa en el barrio. El jardín, en este sentido, es mucho más que un recurso terapéutico: es una escena de reconocimiento mutuo.

No hay que idealizarlo. Un cantero no reemplaza una política robusta de salud pública ni corrige por sí solo las desigualdades sociales. Pero puede actuar allí donde muchas veces fallan las grandes estructuras: en la continuidad de lo pequeño, en la frecuencia de los encuentros, en la posibilidad de que un espacio cotidiano deje de ser un mero lugar de paso y se convierta en referencia afectiva.

Cómo funciona el modelo coreano de cuidado integrado y qué revela este caso

Para entender el alcance de la decisión de Gwangmyeong, conviene detenerse en el concepto de “cuidado integrado”, cada vez más presente en la administración local surcoreana. Se trata de una política que busca coordinar servicios que antes estaban fragmentados: atención médica, apoyo social, acompañamiento para la vida diaria y recursos comunitarios. La intención es evitar que una persona vulnerable tenga que navegar sola entre oficinas, hospitales, centros sociales y programas inconexos.

En ese marco, el proyecto del jardín aparece como una extensión de la filosofía integradora. No basta con detectar una necesidad y derivarla a un servicio. También hace falta construir condiciones para que la recuperación tenga continuidad fuera del ámbito clínico. Ahí entran en juego el barrio, los trayectos, el seguimiento cotidiano y la calidad de las relaciones.

El reparto de funciones anunciado por Gwangmyeong resulta revelador. El Consejo Local de Bienestar Comunitario asumirá tareas como el traslado de participantes, el apoyo durante la actividad y la verificación de su estado posterior. Son funciones que podrían parecer secundarias, pero en realidad son decisivas. En políticas de cuidado, muchas iniciativas fracasan no por falta de buenas intenciones, sino porque las personas no pueden llegar, no tienen con quién ir, se sienten inseguras o abandonan la actividad después de las primeras sesiones.

En otras palabras, el verdadero desafío no es solo programar talleres, sino garantizar accesibilidad y persistencia. El municipio surcoreano parece haber entendido esa lección. El cuidado no depende únicamente del contenido del programa, sino de todo lo que hace posible la participación: desde el acompañamiento logístico hasta el seguimiento emocional.

También es significativo el papel de las empresas de economía social y solidaria. En Corea del Sur, este sector reúne organizaciones con objetivos comunitarios que no operan bajo una lógica puramente lucrativa. Su incorporación a la política pública indica que el municipio no concibe el proyecto como una tarea exclusivamente burocrática, sino como una colaboración entre administración, tejido social y actores especializados en intervención comunitaria.

Ese diseño recuerda, salvando distancias, a ciertos modelos europeos de gobernanza local en los que ayuntamientos, entidades sociales y cooperativas trabajan juntos en servicios de proximidad. Para América Latina, donde muchas veces las organizaciones barriales sostienen en la práctica buena parte del cuidado sin reconocimiento suficiente, la experiencia coreana plantea una pregunta útil: ¿qué ocurriría si el Estado dejara de ver esas redes solo como apoyo informal y comenzara a incorporarlas de forma estructurada a sus políticas?

Lo que América Latina y España pueden leer en esta experiencia surcoreana

La tentación frente a noticias como esta es tratarlas como una curiosidad extranjera, una excentricidad amable llegada desde una sociedad tecnológicamente avanzada. Sería un error. Lo que está ensayando Gwangmyeong no es un detalle pintoresco, sino una hipótesis de política pública con resonancias muy concretas para nuestros contextos.

En ciudades latinoamericanas, donde conviven carencias presupuestarias, desigualdad urbana y fuerte capital comunitario, la idea de activar pequeños espacios públicos para fines de cuidado tiene un potencial evidente. No como sustituto de servicios profesionales, sino como complemento de proximidad. Muchos barrios cuentan con plazas, lotes vacíos, patios comunitarios o centros vecinales subutilizados que podrían convertirse en puntos de encuentro sostenido para personas mayores, cuidadores, residentes en soledad o grupos con necesidades específicas.

En España, donde el debate sobre dependencia, envejecimiento y atención domiciliaria lleva años en primer plano, la experiencia coreana conecta con la discusión sobre comunidades cuidadoras y envejecimiento en el entorno. El gran interrogante sigue siendo cómo permitir que las personas permanezcan en sus barrios con calidad de vida real, no solo sobreviviendo entre visitas médicas. Ahí es donde iniciativas como la de Gwangmyeong ofrecen una pista: el entorno físico y relacional debe formar parte de la política de cuidado.

Hay, además, una lección de escala. Muchas administraciones locales se sienten obligadas a pensar en grandes infraestructuras para demostrar ambición. Sin embargo, el caso surcoreano sugiere que una intervención pequeña, repetida y bien articulada puede tener efectos más profundos que una inversión espectacular pero distante. En cultura latina lo entendemos bien: la vida comunitaria no se sostiene en eventos excepcionales, sino en el saludo diario, la charla en la plaza, el mercado de barrio, el banco bajo un árbol, el espacio donde uno vuelve a ver caras conocidas.

Eso no significa romantizar lo vecinal ni olvidar que muchos barrios también pueden ser escenarios de desigualdad, abandono o conflicto. Significa reconocer que el cuidado tiene una geografía, y que esa geografía importa tanto como el presupuesto asignado. Cuando una política logra insertarse en la rutina de un lugar, gana posibilidades de durar. Cuando depende solo de la excepcionalidad, suele agotarse pronto.

También hay una dimensión política que merece atención. En un tiempo en que la palabra “bienestar” a menudo se reduce a cifras, cobertura o eficiencia administrativa, Gwangmyeong introduce una variable difícil de medir pero central para cualquier sociedad: el valor de la relación. Que un municipio coloque esa idea en el centro de un acuerdo formal dice mucho sobre hacia dónde podría evolucionar la gestión local del cuidado en Asia y, eventualmente, en otras regiones.

Los desafíos que definirán si el experimento funciona o queda en gesto simbólico

Como ocurre con toda política pública recién anunciada, el entusiasmo inicial debe ir acompañado de cautela. El proyecto del “Jardín de Cuidado del Corazón” tiene fuerza conceptual, pero su verdadero impacto dependerá de la ejecución. La primera prueba será la participación sostenida. No basta con inaugurar actividades si luego los asistentes disminuyen o si el programa no consigue adaptarse a distintas necesidades físicas, cognitivas y emocionales.

La segunda prueba será la convivencia entre vecinos y beneficiarios del sistema de cuidado. La idea de construir un jardín compartido resulta atractiva, pero requiere mediación, tiempo y sensibilidad. En cualquier comunidad hay ritmos, expectativas y niveles de implicación distintos. El éxito dependerá de que el espacio no se convierta ni en una actividad cerrada para un grupo reducido ni en una vitrina simbólica sin arraigo real.

La tercera cuestión será la continuidad institucional. Muchas iniciativas sociales naufragan cuando cambian las prioridades políticas o se agota el impulso de lanzamiento. Si Gwangmyeong quiere que el proyecto tenga valor de modelo, deberá demostrar que puede sostenerlo en el tiempo, evaluarlo con seriedad y corregirlo sin perder su sentido original.

También será importante observar qué indicadores utiliza la ciudad para medir resultados. Si solo se cuentan asistentes o talleres realizados, se corre el riesgo de perder de vista lo esencial. En una política como esta habría que preguntarse si mejoró el bienestar subjetivo de los participantes, si aumentó su conexión con el barrio, si se redujo la sensación de aislamiento o si la comunidad comenzó a detectar antes situaciones de fragilidad.

Con todo, incluso antes de ver resultados concretos, la iniciativa ya deja una imagen poderosa: la de una administración local que intenta diseñar recuperación social fuera de los muros del hospital. En tiempos en que tantos gobiernos discuten cómo responder al envejecimiento, a la crisis de salud mental y a la erosión de los lazos comunitarios, el gesto de mirar un pequeño parque o un terreno olvidado como parte de la solución tiene algo profundamente político.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de Gwangmyeong. Que el cuidado no empieza cuando se abre un expediente ni termina cuando se da un alta médica. Empieza mucho antes, en la posibilidad de no quedar solo. Y a veces puede echar raíces, literalmente, en un jardín construido entre varias manos.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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