
Un giro en el foco: del dinero nuevo a la salida del dinero viejo
En Corea del Sur se cocina una iniciativa que, aunque suene técnica, puede marcar el pulso de todo su ecosistema emprendedor: la creación de un fondo secundario para venture capital por 2 billones de wones —unos 2.000 millones en la escala coreana, es decir, cerca de 1.400 millones de dólares según el tipo de cambio de referencia—. La propuesta ha llamado la atención no tanto por el tamaño del monto, que ya es significativo, sino por el mensaje que envía: el problema del capital de riesgo surcoreano ya no pasa únicamente por conseguir más dinero para invertir, sino por recuperar la capacidad de salir de las inversiones y convertirlas en liquidez.
Para los lectores hispanohablantes, conviene aterrizar el concepto. Un fondo secundario no invierte necesariamente en startups desde cero, como lo haría un fondo de venture capital tradicional. Lo que hace es comprar participaciones ya existentes: acciones de empresas no cotizadas o posiciones que otros inversionistas tienen en fondos de capital emprendedor. En otras palabras, entra cuando otros quieren salir. Esa función puede parecer menos glamorosa que apostar por la próxima gran empresa tecnológica, pero en la práctica es la pieza que permite que el engranaje siga girando.
La discusión no es exclusiva de Corea. En América Latina, desde Ciudad de México hasta São Paulo, pasando por Bogotá, Buenos Aires o Santiago, los emprendedores y fondos han vivido un fenómeno parecido tras el fin del dinero barato global: rondas más difíciles, valoraciones a la baja y ventanas bursátiles casi cerradas. En España, el ecosistema ha mostrado más resiliencia relativa en algunos sectores, pero también ha sentido el frenazo en salidas vía bolsa o fusiones y adquisiciones. Corea del Sur, uno de los mercados tecnológicos más sofisticados de Asia, enfrenta ahora un dilema familiar: sin una ruta clara para recuperar capital, los fondos piensan dos veces antes de volver a invertir.
Por eso la iniciativa tiene una dimensión estructural. Más que un salvavidas puntual para empresas con problemas, el fondo secundario busca despejar el embotellamiento en la fase de recuperación de inversiones. En el lenguaje del capital de riesgo, se trata de reactivar el ciclo completo: inversión, crecimiento, desinversión y reinversión. Si una de esas cuatro patas falla, el ecosistema cojea. Y hoy, en Corea del Sur, la que muestra más desgaste es precisamente la del “exit”, la salida.
La relevancia del movimiento también reside en que reconoce una verdad incómoda del mercado actual. Durante los años de abundancia, muchos países celebraron récords de inversión y valoraciones infladas. Pero cuando la marea cambia, como suele pasar en economía, queda a la vista quién nadaba con traje de gala y quién tenía una estructura sostenible. Corea no es ajena a esa revisión. El intento de levantar un fondo de esta magnitud funciona, así, como una señal al mercado: la prioridad ya no es solo financiar la promesa, sino reconstruir la confianza en el camino de regreso.
Qué es un fondo secundario y por qué puede desatascar un mercado congelado
El término “secondary fund” puede sonar lejano para el lector no especializado, pero su lógica es sencilla. Imagine a un fondo de capital de riesgo que invirtió hace seis o siete años en una startup de software, biotecnología o comercio electrónico. Esa empresa creció, levantó nuevas rondas y ganó presencia, pero la oferta pública inicial nunca llegó porque la bolsa se volvió más exigente. Tampoco apareció un comprador estratégico dispuesto a pagar el múltiplo esperado. Mientras tanto, el fondo necesita devolver dinero a sus aportantes o preparar su siguiente vehículo. Ahí entra el fondo secundario: compra esa participación, entrega liquidez al vendedor y asume la apuesta de esperar un mejor momento para la salida final.
Esta fórmula no es nueva en los mercados desarrollados, pero su madurez depende de varios factores: transparencia en la información, reglas contractuales claras, capacidad de valoración y un universo suficientemente amplio de empresas privadas con historial verificable. En Corea del Sur, como en muchos mercados intermedios, el reto no es solo tener dinero disponible, sino crear las condiciones para que comprador y vendedor acepten sentarse a la misma mesa.
La necesidad se ha vuelto más urgente por el entorno macroeconómico de los últimos años. Las tasas de interés más altas golpearon con fuerza las valoraciones tecnológicas en todo el mundo. El dinero dejó de premiar crecimiento a cualquier costo y empezó a exigir rentabilidad, caja y disciplina. Eso encareció el capital, elevó el umbral para salir a bolsa y redujo el apetito de grandes compradores corporativos. Cuando se cierra la puerta del mercado público y la de las adquisiciones no se abre del todo, las startups y sus inversionistas quedan atrapados en un limbo.
En ese contexto, el mercado secundario cumple una función parecida a la de un puente. No resuelve por sí solo todos los problemas, pero evita que el tráfico se estanque por completo. Para el inversionista inicial, vender en secundario significa liberar recursos que puede destinar a nuevas apuestas. Para el comprador, significa entrar en compañías más maduras, con menos incertidumbre que una startup en etapa semilla. La asimetría de información suele ser menor, hay más datos operativos disponibles y, en teoría, un camino más visible hacia la monetización.
La clave está en que esta salida no sea percibida como un mecanismo artificial para sostener precios irreales. Si el fondo compra activos con criterios débiles o a valoraciones demasiado altas, el mercado lo interpretará como una intervención cosmética. Si, por el contrario, establece referencias creíbles y permite que las transacciones fluyan bajo lógicas de rentabilidad, puede ayudar a reconstruir una señal de precios que hoy está borrosa. Y en mercados de riesgo, una señal de precios confiable vale casi tanto como el capital mismo.
Desde una perspectiva latinoamericana, esto tiene ecos evidentes. En la región se ha hablado mucho de “invierno startup”, pero en realidad lo que más ha dolido no es solo la caída de nuevas rondas, sino la falta de salidas claras. Un ecosistema no se consolida únicamente porque nazcan muchas empresas; se consolida cuando quienes apostaron por ellas pueden cerrar el ciclo y volver a sembrar. Corea del Sur parece haber decidido enfrentar ese diagnóstico de frente.
El verdadero cuello de botella: IPO más difíciles, menos M&A y fondos bajo presión
Detrás del anuncio hay una preocupación concreta. En el ecosistema surcoreano, como en otros mercados tecnológicos, la oferta de dinero para startups fue abundante durante años, impulsada por liquidez global, apetito por la innovación y políticas activas de apoyo al emprendimiento. Sin embargo, el canal de salida no evolucionó al mismo ritmo. Mientras el capital entraba con relativa facilidad, la recuperación de ese capital quedó demasiado expuesta al humor de la bolsa y al dinamismo del mercado de fusiones y adquisiciones.
Ese desequilibrio hoy pasa factura. Las salidas a bolsa ya no ofrecen la prima que antes entusiasmaba a los inversionistas. Los listados son más selectivos, los reguladores y el mercado demandan resultados más sólidos, y las empresas de crecimiento acelerado tienen más dificultades para justificar las métricas con las que levantaban capital en la época de exuberancia. A la vez, las adquisiciones estratégicas tampoco se han multiplicado como esperaba el sector. Las grandes corporaciones son más cautelosas, priorizan su balance y evalúan con lupa cada operación.
El resultado es un atasco que afecta a toda la cadena. Los fondos con vencimientos próximos cargan con activos que no logran monetizar al ritmo previsto. Sus inversionistas —fondos institucionales, corporativos o vehículos públicos— presionan por retornos o al menos por mayor visibilidad sobre plazos. Sin liquidez, levantar un nuevo fondo se vuelve más difícil. Y cuando los gestores no pueden mostrar recuperaciones creíbles, el dinero fresco se retrae. Así, un problema de salida termina convirtiéndose en un problema de entrada.
En Corea, este diagnóstico es especialmente sensible porque el país ha construido una narrativa potente alrededor de la innovación, el emprendimiento tecnológico y la sofisticación industrial. No se trata solo de K-pop, K-dramas o la expansión global de sus marcas culturales, que han dado visibilidad internacional a Seúl. Debajo de esa capa mediática existe una infraestructura económica que busca convertir tecnología, manufactura avanzada, inteligencia artificial, salud digital y contenidos en motores de crecimiento. Pero ningún ecosistema tecnológico, por más moderno que parezca, es inmune a una tubería financiera bloqueada.
La presión también alcanza a los startups. Cuando no existe un mercado secundario lo bastante profundo, la necesidad de liquidez de los inversionistas puede trasladarse a la empresa en forma de nuevas rondas dilutivas. Es decir, para resolver el deseo de salida de algunos accionistas, la compañía termina emitiendo más acciones, lo que diluye a fundadores, empleados e inversionistas previos. Si el mercado secundario funciona, se abre una alternativa menos agresiva para la estructura de capital.
Esto es particularmente relevante en Corea del Sur, donde muchas startups tecnológicas han buscado crecer en sectores altamente competitivos y dependientes de talento. El país tiene una cultura corporativa exigente, una base educativa sólida y una economía que valora fuertemente el avance tecnológico. Pero también enfrenta tensiones demográficas, competencia por talento y una presión continua por mostrar resultados. En ese escenario, prolongar indefinidamente la iliquidez no solo desgasta a los fondos: también erosiona la capacidad de las empresas para planificar con estabilidad.
Lo que puede cambiar para startups, fondos e incluso empleados con stock options
Si el fondo secundario se concreta y opera con criterios consistentes, su impacto no quedaría limitado a los grandes actores financieros. Uno de los primeros beneficiarios serían los fondos de venture capital que hoy necesitan ordenar portafolios, cerrar ciclos y mostrar retornos a sus aportantes. Tener un comprador especializado para participaciones en empresas no cotizadas ampliaría su margen de maniobra y les permitiría gestionar mejor tiempos, riesgos y compromisos de liquidez.
Pero el efecto también puede sentirse dentro de las propias startups. En muchos casos, la existencia de un mercado secundario reduce la presión para recaudar nuevo dinero solo porque algún accionista necesita liquidez. Dicho de forma simple: la empresa deja de ser la única válvula de escape. En vez de resolver cada tensión mediante emisión de nuevas acciones, puede haber operaciones de compraventa entre accionistas existentes y nuevos inversionistas. Eso puede traducirse en una estructura de capital más sana y en menos dilución para los fundadores.
Hay otro punto menos visible, pero clave para entender la madurez de un ecosistema: la compensación a empleados. En la industria tecnológica, las stock options —opciones sobre acciones— son una herramienta central para atraer y retener talento. Sin embargo, su valor real depende de que exista, tarde o temprano, una oportunidad para convertirlas en dinero. Si un ingeniero, diseñador o ejecutivo recibe acciones pero debe esperar demasiados años sin una salida concreta, el incentivo pierde fuerza. Un mercado secundario más activo puede ofrecer ventanas parciales de liquidez antes de una salida a bolsa, mejorando así la credibilidad del paquete de compensación.
Para lectores de América Latina y España, el paralelo es directo. En muchos ecosistemas emergentes, las stock options se han vuelto un símbolo del boom emprendedor, pero a menudo se topan con una realidad incómoda: sobre el papel suenan atractivas, aunque en la práctica no siempre existe un camino claro para realizarlas. Que Corea del Sur ponga sobre la mesa un instrumento pensado también para corregir ese problema revela un nivel de sofisticación del debate que otros mercados seguramente seguirán con atención.
Claro que no todas las empresas se beneficiarán por igual. Los fondos secundarios tienden a interesarse, sobre todo, por compañías de etapa media o tardía, con cierta tracción demostrable, ingresos visibles, historial de rondas previas y un gobierno corporativo razonablemente ordenado. Las startups más jóvenes, experimentales o con modelos todavía inciertos suelen quedar fuera del radar. Esto implica que el calor del mercado no se distribuirá de forma uniforme. Habrá alivio para algunos segmentos, mientras otros seguirán enfrentando un entorno duro.
Esa selectividad no es necesariamente una mala noticia. También puede ser una señal de disciplina. En un momento en que el capital de riesgo global se replantea excesos del pasado, el hecho de que los compradores se enfoquen en activos más maduros puede ayudar a reinstalar criterios más realistas. La pregunta de fondo, en cualquier caso, no es solo quién recibe el dinero, sino si esa liquidez logra reactivar un ciclo sostenible de reinversión en nuevas empresas.
La batalla decisiva será por el precio: cómo valorar empresas en un mercado que cambió de era
Si hay un punto capaz de definir el éxito o fracaso de la iniciativa surcoreana, ese es el precio. Valorar una startup no cotizada ya era difícil en tiempos de euforia; en una etapa de ajuste, la tarea se vuelve aún más delicada. El gran problema es la distancia entre las referencias del pasado y la realidad actual. Muchas empresas cerraron rondas en los años de expansión con múltiplos altos, apoyadas en expectativas de crecimiento casi ilimitado. Hoy, con tasas más elevadas, inversionistas más selectivos y mercados públicos menos generosos, esas valoraciones han perdido sustento.
En un proceso secundario, vendedor y comprador llegan a la mesa con incentivos opuestos. El primero quiere evitar una venta con descuento que le obligue a reconocer que el activo vale menos de lo que decía el último papel firmado. El segundo necesita precisamente ese descuento para justificar el riesgo de entrar en un activo ilíquido, no cotizado y sujeto a incertidumbres operativas. Entre ambos extremos se juega la posibilidad real de que haya transacciones.
Por eso, más importante que el tamaño nominal del fondo será su capacidad para construir una metodología de valoración creíble. No bastará con tomar mecánicamente el precio de la última ronda. Habrá que mirar crecimiento de ingresos, calidad de los márgenes, caja disponible, perspectiva de nuevas rondas, concentración de clientes, horizonte de salida y hasta la fortaleza del equipo gestor. En algunos casos, el ajuste puede ser moderado; en otros, inevitablemente más duro.
La discusión no es menor porque el precio que se fije en las operaciones secundarias puede convertirse en referencia para el resto del mercado. Si esas transacciones son vistas como razonables, otros inversionistas privados podrían animarse a participar y a replicar esquemas semejantes. Si, en cambio, se perciben como operaciones artificiales o políticamente guiadas, el efecto puede ser el contrario: más desconfianza y más espera.
Una compra a precios demasiado altos podría socializar pérdidas futuras y distorsionar la señal económica. Una compra demasiado baja, por su parte, puede desencadenar efectos secundarios indeseados: deteriorar negociaciones de rondas nuevas, afectar la moral interna de las startups y castigar excesivamente a inversionistas y empleados. El desafío, entonces, consiste en fijar precios que no sean ni un rescate encubierto ni una liquidación forzada.
En los mercados hispanohablantes la enseñanza es clara. Durante la resaca del boom tecnológico, muchas empresas han tenido que aceptar “down rounds”, rondas a valoraciones inferiores a las previas, con todo el costo reputacional y accionario que eso implica. Corea del Sur está intentando crear una válvula intermedia que no elimine el ajuste, pero que lo ordene. Si funciona, podría ofrecer un caso de estudio valioso para otras economías que buscan preservar la confianza sin negar la nueva realidad del mercado.
Dinero público y capital privado: una alianza necesaria, pero delicada
Otra dimensión central del plan coreano es la combinación entre financiamiento público o de política financiera y participación privada. En tiempos de mercado frío, el Estado o las instituciones de desarrollo suelen actuar como “dinero ancla”, una expresión común en la industria para referirse al capital que ayuda a lanzar un vehículo y a reducir la percepción de riesgo inicial. La lógica es conocida: cuando los privados dudan, el sector público puede asumir parte del primer empujón para evitar que la maquinaria se detenga por completo.
La ventaja de ese enfoque es evidente. Un componente público puede absorber parte del riesgo inicial, ofrecer horizontes más largos y sostener operaciones en un momento en que el mercado, por sí solo, preferiría mirar desde la barrera. Además, si el vehículo demuestra resultados razonables, puede abrir espacio para que entren más adelante aseguradoras, fondos de pensiones y otros inversores institucionales. En sociedades que aspiran a fortalecer su tejido innovador, ese papel de catalizador puede ser decisivo.
Sin embargo, el equilibrio es delicado. Si la intervención pública es demasiado dominante, el mercado puede sospechar que las decisiones de compra responden más a objetivos políticos que a criterios económicos. Eso debilita la señal de precios y desincentiva la participación privada. En el peor escenario, el fondo secundario termina siendo visto como una suerte de comprador de última instancia, obligado a sostener activos que el mercado no quiere tocar. Ese camino puede aliviar tensiones en el corto plazo, pero difícilmente construye una infraestructura duradera.
Por eso, en Corea del Sur la discusión no gira únicamente alrededor del monto, sino del diseño institucional. ¿Quién seleccionará los activos? ¿Qué experiencia tendrán los gestores? ¿Cómo se definirán descuentos, reglas de coinversión y reparto de pérdidas? ¿Habrá transparencia suficiente para que el mercado entienda que no se trata de rescatar nombres específicos, sino de desarrollar una clase de activo? Estas preguntas pesan tanto como el tamaño del cheque.
Para América Latina y España, donde los ecosistemas emprendedores suelen depender en distinta medida de banca de desarrollo, fondos públicos de innovación o programas de coinversión, el debate resulta muy familiar. La intervención estatal puede ser un puente imprescindible, pero no sustituye a un mercado. Corea parece estar buscando precisamente ese punto medio: usar el apoyo público para encender el motor, sin apagar la lógica privada que debe conducir el vehículo.
Si logra ese equilibrio, la iniciativa no solo aliviará tensiones coyunturales, sino que puede contribuir a crear un segmento secundario con identidad propia dentro del mercado de capitales surcoreano. Eso significaría pasar de una respuesta defensiva a una arquitectura financiera más madura, capaz de sostener ciclos completos de innovación incluso en momentos menos favorables.
Lo que esta jugada revela sobre la nueva etapa del ecosistema coreano
En el fondo, el proyecto del megafondo secundario dice mucho sobre el momento que vive Corea del Sur. El país ya no está en la fase de demostrar que puede producir innovación competitiva. Eso lo ha hecho con creces en electrónica, plataformas digitales, contenidos, biotecnología y manufactura avanzada. La pregunta ahora es si puede construir un mercado de capital tan sofisticado como su ambición tecnológica. Y para lograrlo no basta con incubar empresas o celebrar unicornios; hace falta asegurar que el capital circule con fluidez y disciplina.
La experiencia coreana también desmonta una idea extendida en ecosistemas emergentes: que el gran problema siempre es la falta de financiamiento inicial. A veces, la dificultad real aparece más tarde, cuando el sistema no sabe cómo procesar el crecimiento, ordenar valoraciones y permitir que los primeros inversores salgan sin incendiar la casa. Esa etapa, menos mediática que una ronda récord o una salida a bolsa espectacular, suele definir si el ecosistema se convierte en industria o se queda en promesa.
Para el público hispanohablante interesado en la Ola Coreana, este tema ofrece además una lectura complementaria de un país que a menudo llega a nuestras pantallas a través del entretenimiento. Detrás del brillo del Hallyu —el término coreano que describe la expansión global de su cultura pop— hay una maquinaria económica y financiera que también busca proyectarse con eficacia. La fortaleza de Corea no reside solo en exportar series, música o cosméticos, sino en su capacidad de respaldar innovación con instituciones de mercado cada vez más complejas.
En ese sentido, la apuesta por el mercado secundario no es un detalle técnico reservado a analistas. Es una señal de madurez. Corea del Sur está reconociendo que un ecosistema sano no se mide solo por cuánto dinero entra en la puerta principal, sino por cuán ordenadamente puede salir por la puerta trasera para volver a empezar. Esa es la esencia del capital de riesgo: no acumular participaciones para siempre, sino reciclar capital, experiencia y confianza.
Queda por ver, por supuesto, si la iniciativa se traduce en operaciones reales, precios aceptados por el mercado y participación privada suficiente. Como suele ocurrir en finanzas, un anuncio grande puede quedarse en titular si los incentivos no están bien alineados. Pero incluso con esa cautela, el movimiento merece atención. Porque en tiempos en que muchos ecosistemas siguen obsesionados con el volumen de inversión bruta, Corea está poniendo el foco en una pregunta más incómoda y más importante: cómo hacer que el dinero vuelva a moverse cuando todos prefieren esperar.
Si ese experimento sale bien, no solo puede enfriar menos el invierno venture coreano. También puede ofrecer una hoja de ruta para otros mercados que, desde Madrid hasta Ciudad de México, desde Santiago hasta São Paulo, enfrentan la misma verdad elemental: sin salidas creíbles, no hay ciclo virtuoso que aguante. Y sin ciclo virtuoso, la innovación corre el riesgo de convertirse en un escaparate vistoso, pero financieramente frágil.
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