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Busan pone el foco donde rara vez mira la gran industria: la ciudad como protagonista
Mientras buena parte de la conversación internacional sobre cine asiático suele concentrarse en los grandes estrenos, las plataformas globales o los nombres de directores ya consagrados, en Corea del Sur se está reforzando otra idea de circulación cultural: la de las ciudades que dialogan entre sí a través de películas nacidas en territorios concretos. La décima edición del Busan Inter-City Film Festival, inaugurada el 28 de este mes en el Cinema Tech y el Moosai Theater del Busan Cinema Center, se presenta justamente como una defensa del cine local, entendido no como categoría menor, sino como un archivo vivo de la memoria urbana, de la vida cotidiana y de los conflictos que una comunidad decide contar desde adentro.
Durante tres días, el certamen reúne a 21 ciudades y plataformas cinematográficas de dentro y fuera de Corea, incluidas 16 Ciudades Creativas del Cine de la Unesco procedentes de 12 países. La cifra importa, pero más importante aún es la lógica del encuentro. No se trata de un festival organizado por países, ni de una competencia clásica en la que cada cinematografía nacional envía “su mejor carta”. Aquí la unidad de intercambio es la ciudad. Ese detalle cambia por completo la lectura del evento: no compiten industrias nacionales, dialogan comunidades urbanas con historias, cicatrices, ritmos y sensibilidades propias.
En tiempos en que el mercado audiovisual privilegia franquicias y algoritmos, la apuesta de Busan resulta casi contracultural. El eslogan de esta edición, “Film People City”, resume una postura: el cine no aparece separado del territorio ni de la gente que lo produce. La programación, de acuerdo con la organización, busca que el público no solo vea películas, sino que también intuya el ambiente social y cultural en el que esas obras nacieron. Es una idea simple, pero poderosa. Una misma trama puede adquirir sentidos muy distintos según la calle en la que fue filmada, la historia social que arrastra ese barrio o la clase de memoria colectiva que respira una comunidad.
Para los lectores hispanohablantes, acostumbrados a festivales que suelen ordenarse por países o por secciones temáticas, la propuesta de Busan obliga a mover el lente. En lugar de pensar en “cine coreano”, “cine alemán” o “cine japonés” como bloques compactos, el festival invita a observar diferencias internas, tensiones locales y modos diversos de habitar una ciudad. Esa mirada puede parecer sutil, pero conecta con una discusión muy vigente también en Iberoamérica: cómo descentralizar el relato cultural y cómo evitar que las capitales monopolicen lo que se considera visible, exportable o digno de archivo.
De la marca país a la voz urbana: por qué este festival importa más allá de Corea
La singularidad del Busan Inter-City Film Festival no está solo en su programación internacional, sino en el modelo de intercambio que propone. Busan no funciona aquí como una vitrina que simplemente invita obras extranjeras para exhibirlas ante una audiencia local. Más bien actúa como un nodo de conexión entre ciudades que se reconocen como interlocutoras. Es un matiz importante porque desplaza la vieja lógica centro-periferia que todavía domina buena parte del circuito cultural. En vez de que una gran capital legitime a los demás, el festival sugiere una red más horizontal, en la que cada ciudad aporta su propia sensibilidad y su propio ecosistema de creación.
Eso explica que, además de las ciudades asociadas a la red de Ciudades Creativas del Cine de la Unesco, también participen otras con las que la Asociación de Cine Independiente de Busan ha construido vínculos concretos, como Tainan, en Taiwán, y Fukuoka, en Japón. Es decir, la institucionalidad internacional es importante, pero no suficiente. El festival reconoce también el valor de las relaciones cultivadas en el terreno, entre cineastas, programadores y comunidades culturales. En una época en que muchas alianzas culturales se anuncian con grandes palabras y pocos resultados, este detalle habla de un trabajo sostenido en redes reales de colaboración.
La presencia de ciudades como Valladolid y Terrassa, en España; Wellington, en Nueva Zelanda; Potsdam, en Alemania; Lodz, en Polonia; Yamagata, en Japón; y Ho Chi Minh, en Vietnam, entre otras, dibuja un mapa que no sigue necesariamente la ruta del cine de mayor visibilidad comercial. Más bien propone otro atlas: el de los lugares donde el cine se produce como extensión del territorio, de la memoria y de la identidad local. Para una audiencia acostumbrada a pensar el éxito internacional en términos de taquilla o premios, Busan ofrece otra vara de medición: la capacidad de un festival para enlazar experiencias urbanas distintas sin borrar sus diferencias.
En el fondo, este modelo dialoga con un fenómeno más amplio de la cultura contemporánea. Frente a la homogeneización que impone el consumo digital global, gana valor aquello que conserva textura local. No se trata de rechazar lo global, sino de entrar a él con una voz reconocible. Corea del Sur lleva años demostrando esa capacidad en música, series y cine; pero este festival muestra un nivel más fino del mismo proceso. No solo exporta productos culturales exitosos: también exporta una forma de pensar la circulación cultural desde lo local, sin convertir lo local en folclor decorativo.
La memoria de la ciudad en pantalla: cuando el cine deja de usar el territorio como fondo
Uno de los ejes más sugerentes de esta edición es la sección especial “Drawing City”, dedicada a obras que miran la memoria y la realidad de ciudades marcadas por la guerra. Aunque la información disponible no detalla los títulos presentados, el mero planteamiento de la sección ya da pistas claras sobre la filosofía del festival. La ciudad no aparece como escenografía neutra. Es una superficie de capas históricas, traumas, desplazamientos y reconstrucciones. En otras palabras, el espacio urbano deja de ser telón de fondo y se convierte en sujeto de interpretación.
Esa elección resulta especialmente significativa en Busan. La segunda ciudad más grande de Corea del Sur no es solo un puerto estratégico y una referencia central del circuito cinematográfico asiático; también es una ciudad atravesada por memorias históricas complejas, entre ellas las de la Guerra de Corea y los desplazamientos humanos que definieron buena parte de su identidad contemporánea. Que desde Busan se proponga una reflexión sobre las “ciudades de guerra” sugiere una sensibilidad específica: la de entender que el cine puede funcionar como un espacio de reconocimiento entre comunidades que, aunque separadas por geografía, comparten experiencias de fractura, supervivencia y recomposición.
Para el público de América Latina y España, esta idea puede resonar de varias maneras. En nuestra región, el vínculo entre cine y memoria urbana tampoco es ajeno. Basta pensar en películas que han retratado ciudades atravesadas por violencia política, migración, desigualdad o transformaciones aceleradas. Lo interesante del enfoque coreano es que no presenta la memoria como monumento inmóvil, sino como experiencia que sigue habitando las calles y los cuerpos. Ver cine de distintas ciudades bajo ese prisma permite comparar no solo estilos narrativos, sino maneras de recordar y de disputar el sentido del pasado.
El festival también subraya su función de descubrimiento al presentar por primera vez en Corea del Sur estas obras de la sección especial. Esa vocación por traer películas poco vistas importa mucho. En los festivales más grandes, el riesgo es repetir un circuito donde ciertos títulos ya llegan legitimados por otros mercados y donde la novedad se vuelve una extensión del consenso internacional. Busan, en cambio, insiste en construir hallazgos propios. Para cualquier ecosistema cultural serio, ese gesto es clave: un festival no solo debe exhibir; también debe ampliar el campo de lo visible.
Lo que significa para México y para el espacio audiovisual iberoamericano
Si esta historia se mira desde México, el festival de Busan ofrece varias señales que el sector audiovisual local haría bien en observar. La primera es la reivindicación de la ciudad como unidad cultural exportable. En un país con una producción audiovisual fuertemente asociada a Ciudad de México, el modelo de Busan recuerda que Guadalajara, Monterrey, Morelia, Tijuana, Oaxaca o Mérida, por citar apenas algunos polos, no son únicamente locaciones: son ecosistemas narrativos con identidad propia. La pregunta de fondo no es solo cuántas películas produce un país, sino desde qué territorios se produce y qué redes internacionales se construyen para que esas voces circulen.
La segunda señal tiene que ver con la diplomacia cultural. Corea del Sur ha sabido convertir la cultura en una herramienta de vínculo internacional, pero este caso muestra un escalón más específico y menos evidente que el K-pop o los dramas televisivos. Aquí la diplomacia pasa por asociaciones de cine independiente, por gobiernos locales y por redes como la Unesco. Para México, que cuenta con festivales consolidados y una tradición cinematográfica de peso, la lección no necesariamente es imitar a Busan, sino pensar cómo fortalecer conexiones ciudad a ciudad con Asia. No solo entre capitales, sino entre comunidades creativas que comparten desafíos de producción, exhibición y formación de públicos.
También hay un ángulo claro para las audiencias. En México, como en buena parte de América Latina, el interés por la cultura coreana creció primero desde el entretenimiento masivo y el fandom: la música, las series, la moda, la gastronomía y, más recientemente, el turismo cultural. Ese entusiasmo ha abierto una puerta que el cine de autor y el cine local coreano pueden aprovechar mucho mejor. Un festival como el de Busan recuerda que la Ola Coreana no se agota en los productos más visibles. Detrás del brillo global existe una infraestructura cultural que conecta barrios, asociaciones, salas, cineclubes y políticas urbanas de largo plazo. Para una audiencia mexicana que ya mira Corea con familiaridad, ese trasfondo se vuelve cada vez más relevante.
El mercado también debería tomar nota. Distribuidoras independientes, programadores de festivales, cinetecas, plataformas curatoriales y muestras de cine asiático en México podrían encontrar en esta clase de eventos una reserva de obras y contactos distinta a la del circuito comercial. No todo tiene que pasar por Seúl como marca total del país. Hay valor en descubrir otras ciudades coreanas y, sobre todo, en comprender cómo Corea está articulando intercambios donde lo local viaja sin perder especificidad. En un momento en que muchas empresas culturales buscan nichos más definidos y públicos más leales, la circulación de cine urbano y regional puede abrir espacios de programación con identidad propia.
Finalmente, para el conjunto iberoamericano, la experiencia de Busan toca un punto sensible: la necesidad de crear redes que no dependan siempre de los centros tradicionales de validación cultural. España participa en esta edición con ciudades como Valladolid y Terrassa, lo que demuestra que Europa también entiende la relevancia del enfoque urbano. Desde América Latina, donde a menudo se reclama mayor presencia internacional para cines regionales, el caso coreano sugiere una ruta posible: menos obsesión por representar “a un país” como bloque uniforme y más trabajo en circuitos que conecten territorios, memorias y comunidades concretas.
Más allá del glamour: el ascenso del cine local como tendencia internacional
Hay otra lectura posible de lo que ocurre en Busan, y probablemente sea la más interesante a mediano plazo. Este festival puede leerse como parte de una tendencia mayor: el retorno estratégico de lo local en un ecosistema cultural saturado de contenidos globales. Durante años, la promesa de la plataforma digital fue abrir el acceso a obras de todo el mundo. Y en cierta medida lo hizo. Pero también consolidó nuevas jerarquías: unas pocas producciones circulan con enorme fuerza mientras miles quedan enterradas bajo la lógica del catálogo infinito. En ese escenario, los festivales vuelven a cobrar valor no solo como lugares de exhibición, sino como máquinas de contexto.
Busan entiende ese papel. Al reunir películas por ciudades, no por volumen de mercado, obliga a mirar el cine desde su base social y espacial. Eso produce un efecto crítico saludable. Nos recuerda que la diversidad cultural no consiste simplemente en sumar banderas al mapa, sino en permitir que distintas formas de vida urbana entren en conversación. Una película hecha en una ciudad portuaria, en una urbe industrial reconvertida o en una comunidad marcada por la migración no dialoga con el mundo del mismo modo. Y, sin embargo, puede encontrar espectadores en otras latitudes precisamente por esa verdad localizada.
Ese cambio de sensibilidad importa ahora porque el cine mundial vive una tensión evidente. Por un lado, nunca hubo tantas herramientas para producir y circular imágenes. Por otro, cada vez es más difícil sostener cadenas de exhibición para el cine independiente y para las obras que no responden a fórmulas de consumo rápido. El modelo del Busan Inter-City Film Festival no resuelve por sí solo ese problema, pero sí aporta una respuesta concreta: fortalecer redes de confianza entre ciudades, asociaciones, plataformas y públicos. No es poca cosa. En la práctica, muchas carreras cinematográficas se construyen gracias a esos circuitos intermedios, donde una película encuentra sus primeros defensores antes de aspirar a mayor visibilidad.
Además, el festival pone en discusión qué entendemos por prestigio cultural. En el imaginario popular, un evento cinematográfico “importante” suele medirse por alfombras rojas, premieres mundiales y presencia de celebridades. Busan ofrece otro criterio: la capacidad de reunir voces diversas, incluidas aquellas alejadas de los centros hegemónicos de producción. Es una forma de prestigio menos ruidosa, pero tal vez más fértil para el futuro del cine. En especial para regiones como América Latina, donde abundan las historias potentes, pero no siempre los canales de circulación internacional sostenida.
Qué mirar a partir de ahora: Busan como laboratorio de relaciones culturales
La décima edición del Busan Inter-City Film Festival no debe interpretarse solo como una noticia de agenda cultural. También funciona como indicador de hacia dónde puede moverse una parte del intercambio audiovisual internacional en los próximos años. Si la experiencia resulta exitosa, reforzará la idea de que las ciudades pueden ser actores culturales de primer orden y no simples escenarios subordinados a una marca nacional. Esa es una lección con implicaciones para políticas públicas, para gestores culturales y para la industria independiente.
Habrá que observar, por ejemplo, si este tipo de encuentros genera colaboraciones duraderas: coprogramaciones, residencias, circulación de cortometrajes, laboratorios de formación o alianzas entre film commissions y asociaciones de cineastas. También será importante ver si el modelo logra traducirse en mayor visibilidad para obras que normalmente quedan fuera del radar comercial. El verdadero éxito de un festival así no se mide solo durante los tres días de proyección, sino en la vida posterior de las películas y en la profundidad de los vínculos que deja entre las ciudades participantes.
Para el público hispanohablante, la noticia tiene un interés añadido. Corea del Sur sigue consolidando su lugar como potencia cultural, pero lo hace mostrando que su fortaleza no depende únicamente de los éxitos más exportables. Hay una arquitectura cultural más amplia, hecha de instituciones locales, asociaciones independientes y estrategias urbanas de intercambio. Ese sustrato explica, en parte, por qué la cultura coreana ha logrado una presencia tan robusta y diversa en el mundo. No se trata solo de talento o de marketing; también hay políticas, redes y una comprensión fina de cómo hacer circular identidades locales sin diluirlas.
En un mapa cultural cada vez más uniforme en apariencia, Busan propone algo más estimulante: que el mundo todavía puede descubrirse a través de sus ciudades, una película a la vez. Para América Latina y España, donde las discusiones sobre descentralización cultural, memoria urbana y cooperación internacional siguen muy abiertas, la experiencia merece atención. No porque haya que copiarla mecánicamente, sino porque recuerda una verdad que la industria suele olvidar: cuanto más precisa y honesta es una historia sobre su lugar de origen, mayores pueden ser sus posibilidades de conmover a espectadores lejanos.
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