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Un pequeño municipio de Corea del Sur pone a la niñez en el centro: qué significa que Yeonggwang sea reconocida como Ciudad Amiga de la Infancia por U

Un pequeño municipio de Corea del Sur pone a la niñez en el centro: qué significa que Yeonggwang sea reconocida como Ciu

Una certificación local con lectura global

En un momento en que buena parte de las noticias sobre Corea del Sur giran en torno a su industria tecnológica, el K-pop, los dramas televisivos o las tensiones geopolíticas de la península, una noticia llegada desde el ámbito local ofrece otra postal del país asiático: la del funcionamiento silencioso de su administración pública y la manera en que intenta redefinir su relación con la infancia. El condado de Yeonggwang, en la provincia de Jeolla del Sur, anunció que obtuvo por primera vez la certificación de Ciudad Amiga de la Infancia otorgada por UNICEF, un sello que, más que premiar una obra puntual, reconoce la existencia de una estructura institucional orientada a garantizar los derechos de niñas, niños y adolescentes en la vida cotidiana.

A simple vista, puede parecer una noticia menor, de esas que en ocasiones quedan confinadas a las páginas regionales. Sin embargo, el anuncio tiene un alcance más amplio. No se trata solamente de que una administración local coreana sume un reconocimiento internacional, sino de que la propia lógica del gobierno municipal empieza a cambiar de lenguaje: la niñez deja de ser vista exclusivamente como receptora de asistencia, cuidado o protección, y pasa a ser concebida como sujeto de derechos y, además, como parte activa de la comunidad.

Para los lectores hispanohablantes, esto puede recordar debates que también atraviesan a América Latina y España: cómo hacer que las políticas públicas no se diseñen únicamente desde los escritorios, cómo incorporar la voz de quienes suelen quedar fuera del debate y cómo transformar conceptos jurídicos en cambios palpables en el barrio, la escuela, el transporte o el espacio público. En Yeonggwang, esa conversación se está dando con una palabra clave: participación.

La relevancia de la noticia también radica en que Corea del Sur, un país frecuentemente asociado con la velocidad del desarrollo, la alta competencia educativa y la disciplina institucional, empieza a proyectar otra dimensión de sí misma. En esta historia, el protagonismo no lo tiene una megaurbe como Seúl ni un proyecto de infraestructura monumental, sino una jurisdicción local que intenta construir políticas desde la mirada de los niños. Y eso, en términos periodísticos, dice mucho sobre la dirección que toman algunas transformaciones sociales contemporáneas.

Qué significa ser una Ciudad Amiga de la Infancia

La certificación de Ciudad Amiga de la Infancia de UNICEF se basa en los principios de la Convención sobre los Derechos del Niño de Naciones Unidas. En otras palabras, no se limita a verificar si hay parques, centros de cuidado o programas escolares, aunque todo eso importe. Lo que examina es si el gobierno local cuenta con mecanismos estables para garantizar que los derechos de la niñez se traduzcan en prácticas administrativas, decisiones presupuestarias y servicios públicos pensados desde su experiencia real.

Ese detalle no es menor. En muchos países, cuando se habla de políticas para la infancia, el énfasis suele caer en la idea de protección: proteger del abuso, de la violencia, del abandono, de la pobreza o de los riesgos del entorno. Esa perspectiva es indispensable, pero el enfoque de UNICEF va más allá. También plantea que niñas, niños y adolescentes tienen derecho a opinar, a ser escuchados y a que su visión del mundo sea considerada en los procesos de toma de decisiones. No se trata solo de cuidar a los menores de edad, sino de reconocerlos como ciudadanos en formación con una voz legítima.

En términos simples, una Ciudad Amiga de la Infancia es aquella que se pregunta de manera sistemática cómo viven los niños su entorno: si pueden desplazarse con seguridad, si entienden la información que reciben de las autoridades, si encuentran espacios para jugar y descansar, si sienten que sus preocupaciones son tomadas en serio y si los adultos que gobiernan comprenden que toda decisión pública puede tener impacto en su desarrollo.

En América Latina esta idea dialoga con realidades muy concretas. Pensemos en la diferencia entre construir una plaza y preguntar a quienes la usan qué tipo de juegos necesitan; entre diseñar una ruta escolar desde el mapa y revisarla con los estudiantes que caminan por esas calles; entre anunciar una campaña de derechos y ofrecer información en un lenguaje que realmente puedan entender. El concepto, por tanto, no es decorativo ni simbólico. Es una forma de gobernanza que exige revisar el modo en que se concibe la política pública desde abajo hacia arriba.

Precisamente por eso, el caso de Yeonggwang llamó la atención en Corea del Sur. El reconocimiento no se explica por una sola obra visible, sino por la construcción de un sistema. Y en un tiempo en que tantas administraciones buscan resultados rápidos y medibles, apostar por una transformación institucional suele ser una señal más profunda, aunque menos espectacular.

El giro de la administración local: de beneficiarios a participantes

Uno de los aspectos centrales del caso de Yeonggwang es el cambio de enfoque sobre qué lugar ocupan los niños dentro de la comunidad. Durante décadas, en numerosos modelos de gestión pública, la infancia fue tratada principalmente como grupo vulnerable o como destinataria de servicios. Bajo esa lógica, los gobiernos se concentran en ofrecer educación, asistencia, seguridad o salud. Todo ello sigue siendo esencial, por supuesto, pero el enfoque de ciudad amigable plantea una pregunta adicional: ¿la niñez solo recibe políticas o también participa en su diseño y evaluación?

La respuesta que intenta construir Yeonggwang va en la segunda dirección. Según lo informado, uno de los puntos valorados en el proceso de certificación fue la creación y operación de un comité de participación infantil. La expresión puede sonar técnica, pero su sentido es fácil de entender: establecer una vía formal para que niñas, niños y adolescentes expresen sus opiniones sobre los asuntos que afectan su vida diaria. Esto incluye desde trayectos escolares y espacios de juego hasta equipamientos públicos, acceso a información o condiciones del entorno urbano.

Ese mecanismo representa un cambio cultural importante. En sociedades con fuerte tradición jerárquica, como suele describirse a Corea del Sur, conceder espacio institucional a la voz infantil no es simplemente abrir un canal de escucha; implica reconocer que la experiencia de los menores contiene información que los adultos no siempre perciben. Un funcionario puede considerar suficiente una acera, una señal o un patio escolar, pero quien transita, espera, juega o se siente excluido en ese espacio puede tener una lectura muy distinta. Ahí aparece el valor del testimonio infantil como insumo de política pública.

En el contexto hispano, el tema tiene resonancias inmediatas. En muchas ciudades latinoamericanas y españolas se habla de participación vecinal, presupuestos participativos o consejos ciudadanos, pero pocas veces se incluye a la niñez de manera estructurada. A menudo, cuando se consulta a los menores, la iniciativa queda en el terreno pedagógico o simbólico, como si se tratara de un ejercicio escolar. Lo que propone el modelo que ahora adopta Yeonggwang es algo diferente: convertir esa consulta en una práctica administrativa con consecuencias reales.

El verdadero trasfondo, entonces, no es solamente “hacer políticas para niños”, sino admitir que los niños forman parte del tejido social de pleno derecho. Son habitantes del municipio, usuarios del transporte, de la escuela, del parque, del centro cultural y de los servicios públicos. Entenderlos así supone dejar atrás la imagen del menor como receptor pasivo y avanzar hacia la idea de integrante activo de la comunidad.

Las herramientas que sostienen el modelo

La certificación obtenida por Yeonggwang descansó en varios instrumentos concretos, y cada uno revela una capa distinta de esta transformación institucional. El primero es el ya mencionado comité de participación infantil, que funciona como un canal para recoger opiniones, necesidades y percepciones de la niñez. En términos de gobernanza, este tipo de mecanismo tiene sentido solo si existe continuidad, si la participación no es esporádica y si las propuestas ingresan en la maquinaria administrativa para ser evaluadas con seriedad.

El segundo elemento destacado es la designación de un defensor o representante de los derechos de la infancia. Esta figura resulta especialmente interesante porque reconoce un problema frecuente en cualquier burocracia: no todas las voces llegan con la misma fuerza a los espacios donde se decide. Los niños, por definición, cuentan con menos recursos para incidir en procedimientos dominados por documentos, normas, presupuestos y jerarquías adultas. Por eso, contar con una instancia que mantenga visible su perspectiva dentro del proceso administrativo puede marcar la diferencia entre una participación formal y una incidencia efectiva.

En varios países de habla hispana existen antecedentes comparables, como defensorías del pueblo, procuradurías de protección de menores o comisionados de infancia, aunque con alcances muy diferentes según la legislación local. Lo relevante en Yeonggwang es que esta figura aparece integrada a una estrategia territorial más amplia y no como un apéndice aislado. Es, por decirlo en términos sencillos, una forma de evitar que la voz de la niñez se pierda entre expedientes y procedimientos.

El tercer componente valorado por UNICEF fue la formación en derechos de la infancia para funcionarios de alto rango. Este punto, quizás el menos vistoso para el gran público, es probablemente uno de los más decisivos. En cualquier administración, son los cuadros directivos quienes definen prioridades, coordinan áreas, autorizan proyectos y, sobre todo, fijan el tono institucional. Si ellos no incorporan el enfoque de derechos, la agenda de infancia corre el riesgo de quedar reducida a un departamento específico, sin impacto transversal.

La capacitación de altos funcionarios modifica la pregunta que orienta las decisiones. Ya no basta con saber si una política es viable, legal o financieramente posible. También hay que preguntarse cómo incide en los derechos de niñas, niños y adolescentes. Ese cambio de lente puede afectar ámbitos tan diversos como la seguridad vial, la cultura, el urbanismo, la comunicación pública o la planificación de servicios. En otras palabras, la niñez deja de ser un tema sectorial y se convierte en un criterio de evaluación del conjunto de la gestión.

En el lenguaje contemporáneo de las políticas públicas, esta lógica suele vincularse con la llamada gobernanza ascendente o “bottom-up”, es decir, un modelo en el que las decisiones no fluyen únicamente desde la autoridad hacia la población, sino que incorporan insumos nacidos en la experiencia cotidiana de la comunidad. Que una administración local surcoreana sea reconocida por fortalecer esa estructura resulta significativo en una cultura política que históricamente ha sido percibida como centralizada y vertical.

Por qué esta noticia importa fuera de Corea del Sur

La pregunta que puede hacerse un lector en Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires, Santiago, Madrid o Lima es simple: ¿por qué debería importarnos lo que haga un condado coreano relativamente poco conocido? La respuesta está en que esta historia permite observar un debate global desde un caso concreto. En casi todas nuestras sociedades, la infancia suele ocupar un lugar discursivamente prioritario y prácticamente secundario. Se la invoca en campañas, discursos y promesas, pero su presencia real en la toma de decisiones continúa siendo limitada.

Por eso el caso de Yeonggwang funciona como un espejo útil. Muestra que la calidad de vida infantil no depende únicamente de grandes presupuestos o megaproyectos, sino también de la capacidad del Estado local para reorganizar sus procedimientos. A veces, la diferencia entre una política centrada en la niñez y una política que solo menciona a la niñez está en asuntos menos llamativos: quién participa, cómo se escucha, quién traduce las demandas al lenguaje administrativo y qué ocurre después con esas opiniones.

Además, esta noticia se inserta en una discusión cada vez más relevante en regiones marcadas por el envejecimiento demográfico, la baja natalidad o la migración interna. Corea del Sur enfrenta desde hace años una severa crisis de natalidad, una de las más comentadas del mundo. En ese contexto, mejorar las condiciones para la vida familiar, la crianza y el desarrollo de la infancia no es solo una cuestión ética o jurídica, sino también un tema estratégico para el futuro del país. Aunque la certificación de Yeonggwang no resuelve ese problema estructural, sí forma parte de una atmósfera política en la que criar, crecer y participar deben ser experiencias más habitables.

América Latina y España tienen realidades distintas, pero comparten preocupaciones parecidas: desigualdad territorial, acceso desigual a servicios, inseguridad en el espacio urbano, jornadas escolares y laborales difíciles de conciliar, brechas digitales y escasa participación infantil en la vida pública. En ese panorama, el ejemplo coreano no debe leerse como receta exportable de manera automática, sino como una invitación a repensar qué significa verdaderamente poner a la niñez en el centro.

También hay un factor simbólico poderoso. Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de ciudades “amigables” o “habitables”, el foco estaba en el tráfico, el empleo, la vivienda o la competitividad económica. Hoy empieza a imponerse otra vara de medición: qué tan vivible es una ciudad para un niño. Si un lugar es seguro, comprensible, accesible, estimulante y respetuoso para la infancia, es probable que también lo sea para otros grupos. De allí que la política de infancia termine diciendo mucho sobre el tipo de sociedad que una comunidad quiere construir.

Los límites del reconocimiento y el desafío de sostenerlo

Como ocurre con toda certificación, el anuncio de UNICEF no debería leerse como punto de llegada, sino como punto de partida. Que Yeonggwang haya obtenido por primera vez el sello de Ciudad Amiga de la Infancia significa que adoptó estándares y dispositivos validados internacionalmente, pero no garantiza por sí solo que todas las niñas y niños del territorio perciban de inmediato una transformación radical en su vida diaria.

El verdadero examen comienza después del reconocimiento. La participación infantil, por ejemplo, solo cobra sentido si las opiniones recogidas se traducen en respuestas concretas. Eso implica revisar propuestas, explicar por qué algunas se incorporan y por qué otras no, y devolver información de manera clara y comprensible a quienes participaron. Si ese circuito no se completa, la experiencia corre el riesgo de convertirse en un ritual burocrático sin capacidad real de incidencia.

Lo mismo ocurre con la figura del defensor de derechos y con la capacitación de funcionarios. Su eficacia dependerá de que no queden encapsuladas como gestos de buena voluntad o como recursos de imagen institucional. En la práctica, la clave estará en si el enfoque de infancia atraviesa la planificación urbana, la movilidad, la seguridad, la comunicación pública, la distribución presupuestaria y los servicios comunitarios. En el fondo, una ciudad amiga de la infancia no se mide por la cantidad de programas que anuncia, sino por la coherencia con que integra esa mirada en el conjunto de su administración.

Hay otro reto fundamental: la permanencia. Los gobiernos locales cambian, los equipos se renuevan y las prioridades políticas pueden desplazarse. Para que la certificación tenga impacto duradero, el modelo debe institucionalizarse hasta el punto de resistir los ciclos electorales o las variaciones de liderazgo. Esa es una dificultad conocida tanto en Corea del Sur como en nuestros países: muchas políticas sociales avanzan mientras existe una voluntad política fuerte, pero retroceden cuando no logran consolidarse como norma de funcionamiento.

En ese sentido, Yeonggwang enfrenta un desafío semejante al de cualquier municipio que quiera tomarse en serio los derechos de la infancia: demostrar que escuchar a los niños no es una moda administrativa ni un lenguaje importado, sino una decisión estable sobre cómo entender la democracia local. La consistencia entre participación, respuesta institucional y mejora tangible del entorno será lo que determine, con el tiempo, el valor real de esta certificación.

Una señal silenciosa sobre el futuro de la política local

En el torbellino informativo actual, donde dominan las urgencias, los escándalos y los grandes titulares, una noticia como la de Yeonggwang puede parecer discreta. Sin embargo, justamente en esa discreción reside su interés. Habla de una transformación menos vistosa, pero quizás más profunda: la que ocurre cuando una administración pública modifica sus criterios y comienza a mirar a la niñez no solo como asunto de bienestar, sino como referencia para pensar el funcionamiento mismo de la comunidad.

Corea del Sur suele proyectarse hacia el exterior a través de su capacidad de innovación, su cultura pop y su ascenso económico. Pero historias como esta muestran otra faceta del país: la de sus gobiernos locales intentando traducir estándares internacionales de derechos humanos en decisiones concretas de proximidad. Para los lectores del mundo hispanohablante, esa escena puede resultar particularmente cercana. Al fin y al cabo, la calidad de una democracia también se mide en el municipio, en la escuela, en la plaza, en la vereda y en el modo en que una autoridad responde a quien todavía no vota, pero ya habita plenamente la ciudad.

El reconocimiento de Yeonggwang como Ciudad Amiga de la Infancia no cambia por sí mismo el mapa de Corea ni altera las grandes narrativas globales sobre el país. Pero sí introduce una pregunta importante, que trasciende fronteras: ¿qué clase de sociedad se construye cuando la voz de los niños deja de ser ornamental y empieza a ser tomada en serio? En tiempos en que tantos gobiernos hablan de futuro, tal vez pocas decisiones sean más reveladoras que escuchar a quienes van a vivirlo durante más tiempo.

En esa clave, la noticia deja de ser un apunte regional para convertirse en una señal política de mayor alcance. Porque una comunidad que aprende a considerar a la infancia como interlocutora está, en el fondo, ensayando una forma más inclusiva de vida pública. Y porque, como tantas veces ocurre, los cambios que de verdad importan no siempre llegan con estruendo: a veces empiezan en voz baja, en un municipio pequeño, cuando el Estado decide que los niños no solo deben ser protegidos, sino también escuchados.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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