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Seúl abre la puerta del taxi por teléfono: una medida simple que revela el verdadero reto de las ciudades digitales

Seúl abre la puerta del taxi por teléfono: una medida simple que revela el verdadero reto de las ciudades digitales

Una llamada que dice mucho más que un viaje

En una metrópoli tan hiperconectada como Seúl, donde pedir un taxi desde una aplicación parece parte incuestionable de la rutina urbana, el Ayuntamiento ha decidido volver a algo aparentemente sencillo: la llamada telefónica. Desde el 6 de julio de 2026, los habitantes de la capital surcoreana podrán solicitar el servicio conocido como Donghaeng Onda Call Taxi marcando el 02-120, el número del Centro de Atención Dasan, una línea pública ampliamente conocida por la ciudadanía para consultas administrativas y problemas de la vida cotidiana.

A primera vista, la noticia podría parecer menor, casi doméstica, en comparación con los grandes titulares tecnológicos que suelen acompañar a Corea del Sur: inteligencia artificial, ciudades inteligentes, 5G, automatización o plataformas digitales de última generación. Sin embargo, precisamente por su modestia, esta decisión resulta reveladora. Lo que Seúl está poniendo sobre la mesa no es solo una nueva forma de pedir un taxi, sino una discusión mucho más profunda sobre quién queda dentro y quién queda fuera cuando la vida urbana se organiza alrededor de pantallas, contraseñas, geolocalización y aplicaciones móviles.

La medida busca facilitar el acceso al servicio a quienes no se sienten cómodos usando apps de movilidad. Entre los principales beneficiarios aparecen los adultos mayores, aunque la municipalidad remarcó que no habrá restricciones por edad: cualquier persona podrá utilizar esta vía telefónica. El matiz es importante. En vez de presentar la iniciativa como una ayuda exclusiva para un grupo “rezagado”, Seúl la plantea como una ampliación de opciones para toda la población. Es una diferencia sutil, pero de gran peso político y simbólico: no se trata de etiquetar a los ciudadanos, sino de reconocer que no todos se relacionan del mismo modo con la tecnología, y que el servicio público debe contemplar esa diversidad.

Para lectores de América Latina y España, el debate no resulta ajeno. En muchas ciudades de la región, desde Ciudad de México hasta Buenos Aires, desde Bogotá hasta Madrid, el salto hacia la digitalización del transporte ha traído comodidad para millones, pero también nuevas exclusiones. Quien sabe moverse entre aplicaciones encuentra promociones, seguimiento en tiempo real y múltiples formas de pago. Quien no domina ese lenguaje digital, en cambio, puede ver reducido su margen de autonomía. En ese sentido, la apuesta de Seúl merece atención: no por nostálgica ni por antitecnológica, sino porque recuerda que la modernización real no consiste en obligar a todos a adaptarse al mismo canal, sino en ofrecer distintos caminos para llegar al mismo derecho.

Qué es el 120 y por qué importa tanto en la vida cotidiana coreana

Para comprender el alcance de esta política conviene detenerse en un elemento que, visto desde fuera de Corea del Sur, podría pasar desapercibido: el número 02-120. No se trata de una línea comercial ni de un nuevo centro de llamadas creado para la ocasión. Es el Dasan Call Center, una ventanilla telefónica integral del gobierno metropolitano de Seúl. En términos sencillos, funciona como un canal al que la ciudadanía acude para resolver dudas sobre trámites, servicios públicos, molestias vecinales, transporte, bienestar social y otros asuntos de la vida urbana.

El hecho de que el servicio de taxi se integre a un número ya conocido por la población tiene una lógica muy concreta. Para muchas personas, sobre todo mayores, la barrera tecnológica no está únicamente en aprender a usar una app. También pesa la desconfianza hacia nuevos servicios, nuevos números, nuevos procesos de registro o interfaces poco familiares. Al vincular el pedido de taxis con una línea pública preexistente, el Ayuntamiento reduce fricción y aprovecha una costumbre ya instalada. No obliga a memorizar otra vía de acceso ni a navegar una plataforma desconocida.

En Corea del Sur, la administración local suele apoyarse en mecanismos de alta eficiencia y fuerte coordinación institucional. El Dasan Call Center es parte de esa tradición de servicio urbano centralizado. En la práctica, su uso para pedir taxis representa una reorganización de infraestructura más que una invención desde cero. Eso también explica por qué la iniciativa ha generado interés: no apuesta por deslumbrar con una aplicación nueva, sino por conectar mejor recursos públicos que ya existen.

El nombre del servicio, además, tiene una carga cultural que vale la pena explicar. La palabra coreana donghaeng, traducida literalmente, remite a la idea de “acompañar” o “ir junto a alguien”. En el lenguaje institucional coreano, ese término se usa a menudo para transmitir cercanía, apoyo y una visión de política pública que no abandona a quienes pueden quedar al margen de los cambios rápidos. No es un detalle menor. En una sociedad que envejece con rapidez y donde la soledad de las personas mayores se ha convertido en un tema de preocupación pública, hablar de “acompañamiento” en movilidad no significa solo transporte: sugiere inclusión, dignidad y continuidad en la vida diaria.

Para un lector hispanohablante, puede compararse con esos debates sobre accesibilidad que en nuestra región suelen aparecer cuando se discute si los bancos eliminan ventanillas físicas, si los hospitales exigen turnos por internet o si los subsidios solo pueden tramitarse a través del celular. La pregunta de fondo siempre es la misma: ¿la simplificación administrativa realmente simplifica para todos? Seúl parece responder con una cautela poco habitual en la era digital: no siempre.

El taxi como una pieza clave de la autonomía urbana

En ciudades con redes de transporte densas, el taxi puede parecer un servicio complementario. Pero en la vida real, y especialmente para determinados grupos, es mucho más que eso. En Seúl, pese a su celebrado sistema de metro y buses, el taxi sigue siendo una herramienta esencial para desplazamientos que el transporte público no resuelve con la misma facilidad: visitas al hospital, traslados a centros comunitarios, compras pesadas, viajes nocturnos, trayectos cortos pero físicamente exigentes o recorridos que incluyen cuestas, escaleras y transbordos difíciles.

Para los adultos mayores, ese detalle puede marcar la diferencia entre salir de casa o quedarse encerrados. La movilidad no es un asunto accesorio: está ligada a la salud, la vida social, el acceso a servicios y la sensación misma de independencia. Si pedir un vehículo se convierte en una operación complicada —descargar una app, crear una cuenta, activar ubicación, ingresar destino, elegir método de pago—, entonces el problema no es tecnológico, sino cívico. La ciudad sigue ahí, pero ya no está igual de disponible para todos.

La imagen resulta muy familiar en varios países de habla hispana. En más de una familia latinoamericana o española, un hijo o un nieto termina pidiendo por celular el coche para un padre, una madre o un abuelo. A veces funciona como gesto de cuidado; otras, revela una dependencia involuntaria. La supuesta facilidad digital descansa entonces en el apoyo de terceros. Lo que la medida de Seúl intenta recuperar es algo básico pero poderoso: que una persona pueda resolver sola un trayecto cotidiano sin tener que pedir ayuda.

En este punto conviene subrayar que la política no supone un rechazo a la tecnología. Corea del Sur, de hecho, es uno de los países más avanzados del mundo en digitalización. Precisamente por eso su decisión es significativa. Cuando una de las sociedades más tecnificadas del planeta reconoce que la digitalización también genera zonas de sombra, el mensaje trasciende sus fronteras. La modernidad urbana no puede medirse únicamente por la sofisticación de sus plataformas, sino por la cantidad de personas que logran usarlas sin sentirse expulsadas del sistema.

El taxi, además, tiene un valor social que a menudo se subestima. No es solo un coche que va de un punto A a un punto B. En muchos contextos actúa como extensión de la red de cuidados: acerca a la persona mayor al hospital, permite mantener vínculos familiares, facilita la participación en actividades comunitarias y reduce el aislamiento. En una sociedad envejecida, garantizar que ese vehículo sea verdaderamente accesible puede tener efectos mucho más amplios que los estrictamente vinculados al transporte.

La demostración política: del discurso público a la escena simbólica

La presentación oficial del servicio no ocurrió en un laboratorio tecnológico ni en un gran centro de innovación, sino en el Complejo de Bienestar para Personas Mayores de Seodaemun, en Seúl. Allí, el alcalde Oh Se-hoon realizó una demostración del sistema, explicó parte de las políticas de su administración dirigidas a la población mayor y acompañó a usuarios en una escena diseñada para mostrar cómo funcionará el servicio en la práctica.

Ese escenario importa. En la política coreana, como en muchas otras, los gestos visuales son parte del mensaje. Elegir un centro frecuentado por personas mayores no fue un detalle logístico, sino una forma de subrayar a quién está mirando esta política, aunque formalmente no se limite a ese segmento. La secuencia del alcalde llamando al taxi, compartiendo el momento con usuarios y despidiéndolos tiene una clara intención comunicativa: convertir una decisión administrativa en una imagen concreta de uso cotidiano.

Más allá de lo escenográfico, la demostración también ilumina una tensión recurrente en las políticas de innovación. Con frecuencia, los gobiernos celebran la adopción de nuevas tecnologías midiendo éxito en términos de velocidad, automatización o volumen de usuarios digitales. Pero cuando se trata de servicios esenciales, el criterio clave suele ser otro: qué tan fácil resulta para la gente usar esa tecnología en su vida real. Dicho de otro modo, importa menos cuán “inteligente” es el sistema y más cuán habitable vuelve la ciudad.

El caso de Seúl reubica el debate en ese terreno. La pregunta no es si la app funciona bien para los usuarios habituales —algo que se da por sentado—, sino qué ocurre con quienes no viven cómodamente dentro de la lógica de la app. Es una pregunta incómoda para cualquier administración empeñada en exhibir modernización, porque obliga a admitir que la eficiencia digital puede estar apoyada sobre una premisa excluyente: que todo ciudadano posee el mismo nivel de conectividad, las mismas habilidades tecnológicas y la misma disposición para interactuar con dispositivos.

En América Latina y España, donde la relación entre innovación y desigualdad suele ser todavía más visible, la escena tiene un eco particular. Cada vez que una ventanilla desaparece en nombre de la modernización, aparece la misma discusión. ¿Quién puede adaptarse rápido y quién queda dependiendo de ayuda ajena? La decisión de Seúl no resuelve por sí sola ese dilema global, pero sí ofrece una pista de política pública concreta: abrir canales paralelos en lugar de forzar un único modo de acceso.

Una lección para las ciudades que digitalizan demasiado rápido

La noticia también invita a pensar el lugar de las ciudades en la transición digital. Durante años, el relato dominante ha presentado la digitalización como un proceso lineal: cuanto más digital, mejor. Bajo esa lógica, migrar servicios al teléfono móvil parece no solo deseable, sino inevitable. El problema surge cuando esa migración se interpreta como sustitución total del resto de las vías de acceso. Entonces, lo que se gana en eficiencia puede perderse en inclusión.

Seúl parece haber entendido que el verdadero desafío no es elegir entre lo analógico y lo digital, sino combinarlos con inteligencia. El pedido telefónico de taxis no implica volver al pasado. En realidad, funciona como un canal complementario para corregir un punto ciego del ecosistema digital. Es una especie de “puente de transición” que reconoce distintas velocidades de adaptación entre los ciudadanos.

Este enfoque tiene valor en una coyuntura internacional más amplia. Las grandes urbes del mundo están digitalizando transporte, pagos, documentación, salud, educación y atención ciudadana. La promesa es atractiva: menos filas, más rapidez, mejor trazabilidad. Pero esa promesa se debilita si no contempla a quienes enfrentan problemas de conectividad, alfabetización digital, discapacidad visual o motriz, limitaciones cognitivas temporales o simplemente ansiedad frente a procesos demasiado automatizados.

Por eso la medida de Seúl puede leerse como un experimento de bienestar urbano. No en el sentido grandilocuente de una reforma estructural, sino en el de un ajuste fino que busca evitar nuevas formas de exclusión. En el fondo, la ciudad reconoce algo elemental: la posibilidad de desplazarse es una condición para ejercer otros derechos. Si una persona no puede moverse con facilidad, se le dificulta ir al médico, participar en actividades sociales, resolver trámites, trabajar, estudiar o cuidar a otros.

En términos de política pública, además, hay un punto especialmente interesante: la ausencia de una restricción etaria. La municipalidad aclaró que el servicio está abierto a cualquiera. Esa decisión evita el estigma. En lugar de etiquetar a un grupo como incapaz de seguir el ritmo de la tecnología, se asume que la necesidad de una vía alternativa puede surgir en contextos muy distintos. Un visitante ocasional, alguien con poca batería, una persona en una zona de mala conexión, alguien con dificultades momentáneas para manipular el teléfono o un usuario poco habituado a estas plataformas también puede preferir la llamada.

Ese diseño universal recuerda una idea cada vez más relevante en accesibilidad: cuando un servicio se adapta para quienes enfrentan más barreras, suele terminar siendo mejor para todos. Lo que parece una concesión particular puede convertirse en una mejora general del sistema.

Más allá de Corea: por qué esta historia interpela a nuestras sociedades

Hay noticias que, aunque surgen en contextos lejanos, resuenan con especial fuerza en el mundo hispanohablante. Esta es una de ellas. Porque detrás del caso surcoreano aparece una tensión que en América Latina y España conocemos bien: la modernización avanza más rápido que la capacidad de muchos ciudadanos para incorporarla sin ayuda. El resultado no siempre es visible como una gran brecha dramática. A veces adopta la forma de pequeñas dependencias diarias: no saber pedir un vehículo, no poder sacar un turno, no entender una plataforma, no completar un pago digital.

La experiencia de Seúl ofrece una enseñanza valiosa para nuestras administraciones locales. No basta con celebrar la digitalización; hay que preguntarse a quién deja atrás. Y no basta con declarar inclusión; hay que diseñarla. Eso significa pensar en números telefónicos útiles, atención humana, instrucciones claras, canales múltiples y procesos que no humillen ni infantilicen al usuario que necesita otra vía.

También hay una dimensión cultural relevante. En muchas sociedades asiáticas, y Corea del Sur no es la excepción, el envejecimiento poblacional ha obligado a revisar la relación entre tecnología, cuidado y espacio urbano. Seúl viene ensayando políticas orientadas a una población mayor cada vez más numerosa, y el taxi por teléfono encaja en esa preocupación más amplia. No es una pieza aislada, sino parte de una conversación sobre cómo mantener a las personas mayores conectadas con la ciudad sin convertir cada salida en una prueba de destreza digital.

Para el público latinoamericano y español, la historia tiene otra lectura posible. A menudo observamos a Corea del Sur como sinónimo de vanguardia tecnológica, casi como una sociedad donde todo funciona mediante apps y sistemas inteligentes. Justamente por eso resulta interesante ver que una de sus capitales más avanzadas se detiene a corregir los excesos de esa misma lógica. No hay aquí una renuncia a la innovación, sino una maduración de su sentido. La ciudad inteligente, parece decir Seúl, no es la que obliga a todos a vivir del mismo modo, sino la que entiende que la inteligencia también consiste en ser flexible.

Si el servicio funciona con fluidez —si la llamada se atiende rápido, si el proceso de asignación es claro y si la experiencia resulta confiable—, la medida podría convertirse en referencia para otras ciudades globales. No porque el teléfono sea revolucionario en sí mismo, sino porque representa algo que a veces falta en la política contemporánea: humildad institucional. La capacidad de aceptar que una innovación no está completa mientras no pueda ser usada por la mayor cantidad posible de personas.

En tiempos en que el progreso suele medirse por pantallas, algoritmos y automatización, Seúl ha puesto sobre la mesa una idea sencilla, casi de sentido común, pero profundamente política: abrir una puerta más. A veces, la diferencia entre una ciudad eficiente y una ciudad verdaderamente habitable cabe en un gesto tan simple como marcar un número y encontrar del otro lado una respuesta que permita seguir en movimiento.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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