
Un nombre poco conocido fuera de Corea, pero decisivo para entender su cultura popular
En la era de los algoritmos, las listas de reproducción automáticas y los videoclips que se vuelven virales en cuestión de horas, cuesta imaginar un tiempo en el que la música popular dependía, casi por completo, de una voz al aire, una consola de sonido y el criterio de un productor de radio. Sin embargo, buena parte de la historia de la cultura pop surcoreana —la misma que hoy el mundo consume bajo la etiqueta de K-pop y K-culture— se construyó precisamente así. Y por eso la muerte de Kim Gi-uk, histórico productor y directivo de radio en Corea del Sur, no es una noticia menor para quienes buscan entender qué hubo antes del brillo global de BTS, Blackpink o los dramas de plataformas.
Kim Gi-uk, jefe de la división de radio de Gwanak FM y figura con cerca de medio siglo de trayectoria en emisoras como TBC, KBS y luego medios comunitarios, falleció en Seúl a los 78 años a causa de una hemorragia cerebral, según informó su familia. Su muerte ha generado pesar en el mundo de la radiodifusión y de la música popular surcoreana, donde era recordado no solo por su longevidad profesional, sino por haber sido uno de esos productores que moldearon, sin necesidad de estar frente a una cámara, la manera en que una sociedad escuchó, adoptó y compartió sus canciones.
Para un lector hispanohablante, su nombre quizá no resulte familiar a primera vista. No era cantante, actor ni estrella de variedades. No encabezaba carteles ni acumulaba millones de seguidores en redes. Pero en términos de influencia cultural, su papel puede compararse con el de aquellos programadores, locutores y productores que en América Latina marcaron generaciones desde cabinas de radio: personas que decidían qué sonaba en la mañana, qué balada acompañaba la noche, qué artista emergente se colaba en la conversación cotidiana y qué tono debía tener una emisora para convertirse en parte de la vida doméstica. En otras palabras, Kim Gi-uk fue uno de esos mediadores invisibles que ayudan a convertir canciones en memoria colectiva.
Su fallecimiento también invita a mirar la historia de Corea del Sur desde un ángulo menos exportable, pero profundamente revelador: el de sus medios tradicionales. Antes de los fandoms digitales, los lightsticks y los rankings globales en Spotify, hubo décadas en que la radio fue el puente principal entre el artista y el oyente. En ese ecosistema, Kim Gi-uk fue una pieza clave. Hablar hoy de su legado es, en buena medida, hablar de cómo se construyó la sensibilidad popular de Corea antes de que el mundo volteara a verla.
Cincuenta años detrás del micrófono ajeno: la carrera de un productor que atravesó varias épocas
Nacido en 1948 en Masan, en la provincia surcoreana de Gyeongsang del Sur, Kim Gi-uk se formó en periodismo y comunicación antes de iniciar su carrera en la producción de programas musicales en la segunda mitad de los años setenta. Su entrada a TBC Radio lo ubicó en un momento decisivo para la industria cultural coreana. Eran años en los que la radio todavía dictaba hábitos cotidianos, ordenaba emocionalmente el día de millones de personas y funcionaba como una plataforma central para la música popular.
Su trayectoria se entrelaza, además, con una transición importante en la historia de los medios coreanos. Tras la reorganización y unificación forzada de medios impulsada en 1980, un episodio clave en la historia política y mediática del país, Kim continuó su carrera en KBS, la radiodifusora pública surcoreana, especialmente en KBS 2 Radio y KBS 2FM. Esa continuidad profesional a través de cambios estructurales del sistema de medios dice mucho sobre su capacidad y su prestigio interno: no fue un hombre de paso, sino una figura estable en un entorno que cambiaba.
Más adelante, lejos de retirarse a una posición simbólica o de limitarse a vivir de su reputación, siguió trabajando en Gwanak FM, una emisora de carácter local en Seúl. Allí se desempeñó como responsable de programación y luego como jefe del área de radio. Su itinerario, desde grandes cadenas nacionales hasta una estación con fuerte arraigo barrial, resume también una verdad sobre la radio como medio: su importancia no depende únicamente del tamaño de la señal, sino de la intimidad de su vínculo con la audiencia.
En América Latina esa idea no es extraña. Quien haya crecido escuchando radio en Ciudad de México, Buenos Aires, Bogotá, Lima, Santiago o Madrid sabe que no toda la influencia cultural nace en las grandes capitales mediáticas. También las emisoras locales, las radios universitarias, comunitarias o de barrio han sido espacios donde la música se vuelve conversación y pertenencia. El recorrido de Kim Gi-uk parece dialogar con esa tradición: la de un profesional que entendió que la radio no es solo industria, sino también servicio, compañía y tejido social.
Ese largo paso por distintos formatos y épocas explica por qué sus colegas lo definían como una especie de “padrino” del mundo de la música popular en la radio. No se trataba de una figura paternal en el sentido grandilocuente, sino de alguien que conocía el oficio a profundidad: cómo armar una escaleta, cómo combinar voz y canción, cómo leer el humor de la audiencia, cómo mantener vivo un programa sin perder su identidad. Son saberes difíciles de medir, pero fundamentales para cualquier medio sonoro que pretenda durar.
La influencia invisible de un productor de radio: elegir canciones también es contar una época
Uno de los aspectos más interesantes del legado de Kim Gi-uk es que obliga a poner en valor una profesión muchas veces subestimada fuera del sector: la del productor de radio musical. En la cultura de la celebridad contemporánea, donde casi toda la atención recae en quien canta, conduce o aparece frente a la cámara, suele olvidarse que detrás de cada programa hay personas que construyen su atmósfera, definen su ritmo y fijan la relación emocional con el público.
En Corea del Sur, Kim produjo programas conocidos como Good Morning Pops, conducido por Oh Seong-sik, y Volume Up, asociado a la cantante y presentadora Younique, más conocida como Lee Bon o Ibon según transliteraciones. Son títulos que para el público coreano evocan distintos momentos de su vida cotidiana: la radio matutina vinculada al aprendizaje del inglés, la música juvenil, la conversación ligera, la sensación de compañía que ofrecen los programas que suenan mientras alguien va al trabajo, estudia o prepara el desayuno.
Ese detalle es importante porque ayuda a comprender una característica central de la radio coreana, especialmente en el período previo a la hegemonía total de internet. Muchas emisoras no solo difundían canciones: organizaban rutinas. En Corea, como en buena parte del mundo, la radio era una presencia doméstica. La gente escuchaba programas al amanecer, en el trayecto al trabajo, durante la jornada o por la noche. La figura del productor, entonces, no consistía simplemente en “poner música”, sino en diseñar una experiencia de escucha. El orden de una balada tras una canción movida, el tono del presentador, el momento de abrir líneas telefónicas o leer mensajes del público, todo eso formaba parte de una arquitectura afectiva.
En los países hispanohablantes sabemos bien de qué se trata. Durante décadas, la radio fue el lugar donde una canción encontraba no solo difusión, sino contexto. Un locutor podía convertir un tema en himno amoroso de una generación o en banda sonora de un barrio entero. Kim Gi-uk pertenecía a esa escuela del oído fino, donde la programación implicaba sensibilidad social además de conocimiento técnico. Su nombre perdura entre colegas y artistas porque fue precisamente en ese territorio, el menos visible y quizá el más decisivo, donde dejó su huella.
Cuando desde la industria se lo recuerda por la confianza que inspiraba, no se habla solamente de profesionalismo administrativo. Se alude a una forma de ejercer el oficio: construir credibilidad a partir de la constancia, el criterio y el respeto por el oyente. Esa ética de trabajo, que en tiempos de hiperaceleración digital podría parecer antigua, es quizá una de las razones por las que su muerte ha resonado tanto en el ambiente de la radiodifusión coreana.
Su amistad con Cho Yong-pil y el valor simbólico de una generación
Otro elemento que da dimensión a su figura es su antigua cercanía con Cho Yong-pil, uno de los artistas más importantes en la historia de la música popular surcoreana. Para quien no siga de cerca la escena coreana, conviene detenerse un instante aquí. Cho Yong-pil no es simplemente un cantante veterano: es un nombre de peso histórico, una referencia transversal que ha acompañado varias generaciones y que, salvando todas las distancias culturales, podría compararse con figuras que en el ámbito hispano han marcado época por décadas, como Joan Manuel Serrat, José José, Luis Miguel o Julio Iglesias en distintos registros de reconocimiento popular.
Que Kim Gi-uk fuera recordado como uno de los productores más cercanos a Cho Yong-pil revela la profundidad de su inserción en el mundo musical coreano. No era un burócrata de la radio ni un ejecutivo apartado del pulso creativo. Era alguien que mantenía relaciones de confianza con los artistas, que entendía sus trayectorias y que ocupaba un lugar en el ecosistema donde la música se vuelve conversación pública.
En 2024, cuando el escritor Hong Seong-gyu publicó una biografía centrada en la juventud de Cho Yong-pil, Kim Gi-uk escribió un texto de recomendación para ese libro. Ese gesto, en apariencia menor, adquiere hoy un carácter testimonial. Habla de una memoria compartida, de una generación que vivió desde dentro la transformación de la música coreana, desde sus formas más analógicas hasta su actual dimensión global. En tiempos en que el archivo cultural se dispersa con rapidez, estas relaciones humanas funcionan también como puentes entre épocas.
La amistad entre un productor y un cantante quizá no parezca noticiosa en sí misma, pero ayuda a explicar cómo operaba la industria musical coreana durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI. La radio no era un canal distante; era un espacio de encuentro, negociación y confianza mutua. Allí se presentaban canciones nuevas, se consolidaban carreras y se afinaba la imagen pública de los artistas. En ese esquema, un productor respetado podía influir profundamente en la manera en que un cantante era percibido por el gran público.
Para los lectores de América Latina y España, donde la radio también fue decisiva en la construcción de estrellas musicales, esta lógica resulta familiar. Antes de YouTube, antes de TikTok, antes incluso de los realities musicales, muchos artistas dependían de la credibilidad de una emisora y del respaldo de quienes estaban detrás de ella. El vínculo entre Kim Gi-uk y Cho Yong-pil habla justamente de ese tiempo: una época en que la mediación humana tenía un peso insustituible.
De la gran cadena al barrio: por qué Gwanak FM dice tanto sobre su legado
Si algo distingue la biografía profesional de Kim Gi-uk es su decisión de seguir haciendo radio activa después de retirarse de KBS. En lugar de quedarse con el prestigio de haber pasado por una gran cadena nacional, eligió continuar en Gwanak FM, una emisora local de Seúl vinculada a la comunidad del distrito de Gwanak. Allí trabajó durante 17 años, desde 2009 hasta fechas recientes, como responsable de programación y jefe de radio, además de dirigir espacios musicales como Live Gayo Tok Tok y Music Café of Memories.
Ese tramo final de su carrera merece especial atención porque contradice la idea de que la experiencia solo vale cuando se ejerce en grandes plataformas. En una época dominada por el video, los contenidos de corta duración y la competencia feroz por captar atención, Kim siguió apostando por un medio íntimo, territorial y de ritmo humano. Gwanak FM representa una dimensión muy concreta de la cultura mediática coreana: la de las radios de proximidad, que acompañan la vida cotidiana de una comunidad específica y conservan una relación más directa con su audiencia.
Hay aquí una lección que también resuena en el mundo hispano. Mientras las industrias culturales se concentran y las plataformas globales uniforman consumos, las radios locales siguen siendo, en muchas ciudades y pueblos, un espacio de identidad. Son las que anuncian actividades del vecindario, reflejan preocupaciones del entorno y sostienen una idea de comunidad que los grandes circuitos digitales no siempre pueden ofrecer. Que un profesional de la talla de Kim Gi-uk haya dedicado sus últimos años a ese ámbito sugiere una convicción profunda: la radio vale no solo por su alcance, sino por su capacidad de estar cerca.
Un directivo de la emisora recordó que Kim trabajaba incluso en días festivos con la idea de que, si los demás descansan, entonces la radio debe seguir acompañando. La frase parece sencilla, pero contiene una concepción casi ética del medio. En Corea del Sur, como en muchos países, los feriados pueden intensificar tanto la celebración como la soledad. La radio, en esos contextos, cumple una función silenciosa pero decisiva: estar ahí. Para quien vive solo, para quien trabaja mientras otros descansan, para quien necesita una voz de fondo, ese acompañamiento importa.
La permanencia de Kim Gi-uk en Gwanak FM también rompe con una imagen demasiado glamorosa de la cultura coreana exportada al exterior. No todo en la ola coreana son estadios llenos, campañas de lujo o series de alcance planetario. Debajo de ese gran escaparate persiste una red de trabajadores culturales que sostienen día a día la circulación de música, memoria y conversación. Kim pertenecía a esa infraestructura humana, esa que no siempre se ve pero sin la cual no hay fenómeno duradero.
Morir después de salir al aire: el cierre de una vida consagrada al oficio
Hay un detalle de su despedida que ha conmovido particularmente en Corea: pocos días antes de su muerte, Kim Gi-uk todavía estaba produciendo programas. Según responsables de la emisora, el 6 de este mes dirigió durante tres horas sus espacios musicales habituales. Dos días después ya no pudo levantarse de la cama. La escena tiene una fuerza simbólica notable: un hombre que pasó medio siglo organizando sonidos, voces y canciones terminó su vida prácticamente en ejercicio, fiel al formato que había defendido durante décadas.
En el periodismo cultural, las necrológicas suelen concentrarse en actores, escritores o cantantes. Es comprensible: son los rostros más visibles, los nombres que el público reconoce con mayor facilidad. Pero cuando muere un productor de la talla de Kim, desaparece algo más que una persona. Se pierde una forma de escuchar, un criterio de selección, una pedagogía tácita del gusto, una manera de tratar al artista y al oyente. También se diluye un archivo vivo de la cultura popular.
Eso es lo que vuelve significativa esta noticia más allá de Corea del Sur. En un momento en que los consumos culturales parecen cada vez más fragmentados y mediados por sistemas automáticos, la figura de Kim Gi-uk recuerda que toda escena musical poderosa se construye, en algún punto, gracias a personas que escuchan con intención y programan con sentido. La radio, incluso en su aparente sencillez, ha sido uno de los grandes laboratorios de esa sensibilidad.
Su muerte también invita a reconsiderar cómo contamos la historia de la ola coreana. A menudo, el relato internacional comienza con el estallido del K-pop global o el éxito de las series coreanas en plataformas. Pero esa versión, aunque efectiva, es incompleta. Antes de la expansión mundial hubo un largo proceso doméstico de consolidación cultural. Hubo emisoras, productores, guionistas, programadores y públicos fieles que ayudaron a crear el terreno sobre el cual floreció lo que hoy llamamos K-culture. Kim Gi-uk fue uno de esos artesanos de largo aliento.
Desde esa perspectiva, su biografía funciona como una miniatura de la modernización mediática surcoreana. Pasó por la radio comercial, la pública y la comunitaria; acompañó la transición de la música analógica a los entornos digitales; y mantuvo, pese a todo, una idea esencial del oficio: conectar personas a través del sonido. No es poca cosa.
Lo que deja su partida en tiempos de K-culture global
La noticia del fallecimiento de Kim Gi-uk puede parecer, para parte del público internacional, un episodio interno del mundo de la radio coreana. Sin embargo, observada con más calma, revela una verdad más amplia sobre la expansión cultural de Corea del Sur. El éxito global de sus industrias creativas no surgió de la nada ni fue fruto exclusivo de grandes inversiones recientes. También se alimentó del trabajo paciente de generaciones enteras que construyeron hábitos de escucha, legitimaron artistas, conectaron audiencias y profesionalizaron los medios.
En América Latina y España, donde la radio también ha sido escuela sentimental de varias generaciones, esa historia debería resultar especialmente legible. Aquí también sabemos lo que significa una voz que acompaña la madrugada, un programa musical que ordena la memoria o una emisora que forma parte del paisaje afectivo de una ciudad. Por eso la figura de Kim Gi-uk, aun siendo profundamente coreana, no es ajena a nuestra experiencia cultural. Su recorrido habla un idioma reconocible: el del oficio bien hecho y el de la persistencia de un medio que se niega a desaparecer.
Tal vez por eso su muerte conmueve más allá de su nombre propio. Porque en ella se condensa el final de una generación de productores que sostuvieron la cultura popular desde un lugar discreto, sin protagonismo excesivo y con enorme influencia real. En Corea del Sur, Kim será recordado como una figura central de la radio musical. Para el público hispanohablante, puede leerse también como símbolo de algo universal: la importancia de quienes trabajan detrás del escenario para que una sociedad tenga banda sonora.
En estos días, mientras colegas, músicos y oyentes lo despiden, la imagen que queda no es la de una celebridad, sino la de un profesional que entendió la radio como una promesa cotidiana con el público. En tiempos de consumo veloz y atención dispersa, esa idea adquiere incluso un tono contracultural. Kim Gi-uk dedicó su vida a tender un puente constante entre canciones y personas. Su muerte cierra una trayectoria excepcional, pero también obliga a reconocer de dónde viene buena parte de la fuerza cultural coreana que hoy admiramos desde lejos.
Porque detrás de cada fenómeno internacional hay siempre una historia previa de trabajo silencioso. En el caso de Corea del Sur, esa historia también se escribió en estudios de radio, con horarios imposibles, programas en vivo, discos elegidos con cuidado y productores que sabían que una canción, puesta en el momento justo, podía acompañar una vida entera. Kim Gi-uk fue uno de ellos. Y por eso su despedida importa.
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