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De fan internacional a investigadora del K-pop: la primera maestría en K-Culture y Entretenimiento abre una nueva etapa de la ola coreana

De fan internacional a investigadora del K-pop: la primera maestría en K-Culture y Entretenimiento abre una nueva etapa

Un hito académico que dice mucho sobre el momento del K-pop

La ola coreana ya no se mide solo en listas de reproducción, entradas agotadas o tendencias virales en redes sociales. También empieza a dejar una huella cada vez más visible en las aulas, en los programas universitarios y en la investigación formal. Corea del Sur acaba de graduar a la primera persona con una maestría cuyo nombre coloca en primer plano, sin rodeos, a la propia industria cultural que ha conquistado al mundo: K-Culture y Entretenimiento. La protagonista de este hito no es una académica nacida en Seúl ni una ejecutiva curtida en alguna gran empresa del espectáculo, sino una estudiante filipina de 29 años, Abigail Jasmine Lyamo, que convirtió su experiencia como fan del K-pop en una ruta profesional y de investigación.

La novedad no está solamente en que una universidad surcoreana haya titulado a una especialista en estos temas, sino en el peso simbólico de la denominación del grado. Durante años, los estudios sobre cultura popular coreana se han repartido entre categorías más amplias como gestión cultural, industrias creativas, comunicación, medios o estudios asiáticos. Esta vez, en cambio, el diploma nombra de manera directa aquello que durante mucho tiempo fue visto como un fenómeno juvenil, comercial o pasajero: el ecosistema del K-pop y de la cultura coreana de masas como objeto de conocimiento con entidad propia.

Para los lectores hispanohablantes, esto puede compararse con el momento en que un fenómeno que parecía solo de consumo popular se vuelve tema serio de universidad. En América Latina ocurrió algo parecido cuando la telenovela dejó de ser vista únicamente como entretenimiento y pasó a estudiarse como reflejo de clase, género, aspiraciones sociales y poder mediático. También pasó con el reguetón, que durante años fue menospreciado por cierta crítica hasta que las universidades comenzaron a abordarlo como industria, identidad, circulación transnacional y lenguaje generacional. Con el K-pop sucede algo similar: ya no basta con decir que es exitoso; ahora toca entender cómo funciona, qué moviliza y por qué transforma mercados enteros.

Abigail Jasmine Lyamo aprobó su tesis de maestría en la Universidad Sungshin de Corea del Sur, dentro de la especialidad de K-Culture y Entretenimiento. Su investigación se centró en un tema muy concreto y revelador: el consumo de conciertos de K-pop en Corea y Filipinas, y las estrategias de planificación de las empresas organizadoras. Dicho de otra forma, estudió tanto la mirada del público como la lógica de quienes diseñan el espectáculo. No se trata, por lo tanto, de una simple crónica de fanatismo ni de un elogio sentimental a los ídolos, sino de un análisis de industria, comportamiento cultural y mercado.

Que la primera graduada sea, además, una estudiante extranjera tiene un valor adicional. Demuestra que el K-pop ya no puede ser comprendido solo desde Corea ni explicado únicamente por actores coreanos. La conversación se ha globalizado. Los fans internacionales ya no son apenas receptores lejanos de un producto exportado; son consumidores activos, intérpretes culturales, creadores de comunidad, generadores de tendencias y, cada vez más, profesionales capaces de investigar y participar en el negocio desde dentro.

La historia de una fan que decidió entrar al escenario por otra puerta

La trayectoria de Lyamo resume una de las grandes transformaciones de la ola coreana en la última década y media. Según contó en una entrevista en Seúl, se hizo fan del K-pop alrededor de 2010 gracias a SHINee, uno de los grupos más influyentes de la segunda generación del pop coreano. Más tarde siguió a artistas como EXO, NCT DREAM y SEVENTEEN. Quienes conocen el universo del K-pop reconocerán que esa lista no es casual: traza, casi como un mapa emocional, el recorrido de una fan que fue atravesando distintas generaciones del género, desde el brillo más clásico del idol pop hasta las fórmulas hipersegmentadas y globales de hoy.

En el lenguaje del K-pop, la palabra “fandom” no significa solo un grupo de admiradores. Es una comunidad organizada, con códigos, lealtades, formas de participación y un poder real en la economía del entretenimiento. Los fandoms compran álbumes, coordinan proyectos para artistas, impulsan reproducciones, traducen contenidos, financian publicidad y convierten un lanzamiento en acontecimiento. En muchos casos, también son espacios de pertenencia afectiva y social, especialmente para jóvenes que encuentran allí una identidad compartida. Por eso, cuando una fan decide estudiar ese fenómeno desde la academia, no está observando algo ajeno: está analizando una experiencia que conoce desde dentro.

Lyamo no proviene originalmente del campo de las artes o de la comunicación, sino del emprendimiento. Estudió Entrepreneurship en la Universidad De La Salle, en Filipinas, una de las instituciones educativas más conocidas del país. Más adelante, durante la pandemia de COVID-19, se dedicó a aprender coreano en un instituto de idioma, impulsada por el deseo de estudiar en Corea del Sur. Ese dato no es menor. La pandemia, que para millones de personas significó encierro e incertidumbre, también consolidó consumos culturales transnacionales: series, música, plataformas y comunidades digitales cruzaron fronteras con una intensidad inédita. En ese contexto, para muchos jóvenes de Asia, América Latina y Europa, el vínculo con la cultura coreana se volvió más cotidiano, menos exótico y más aspiracional.

En 2024, cuando se abrió por primera vez esta especialidad en la Universidad Sungshin, Lyamo ingresó como la primera estudiante del programa. Hoy, al graduarse, su objetivo es seguir sumando experiencia práctica en el ámbito de los conciertos de K-pop en Corea y, algún día, convertirse en directora de espectáculos. Esa aspiración permite entender otro cambio profundo: el K-pop ya no inspira solo consumo, también inspira carreras. Así como durante décadas hubo jóvenes latinoamericanos que soñaron con trabajar en radio, cine, televisión, moda o producción musical después de enamorarse de ciertos mundos culturales, hoy una parte de la juventud global ve en el entretenimiento coreano una posible ruta profesional.

La historia tiene una fuerza particular porque desmonta un prejuicio persistente: la idea de que ser fan y ser profesional o investigadora son posiciones incompatibles. En la práctica, una parte importante de las industrias culturales contemporáneas se alimenta precisamente de personas que primero fueron audiencias apasionadas. Quien conoce las dinámicas de un fandom desde adentro puede detectar mejor sus rituales, sus expectativas y hasta sus frustraciones. Y en un negocio donde la experiencia del público es central, ese conocimiento vale oro.

Qué estudia exactamente una tesis sobre conciertos de K-pop

El título de la tesis de Lyamo apunta al corazón económico y simbólico de la ola coreana: “Consumo de conciertos y estrategias de planificación de los organizadores en los fandoms de K-pop de Corea y Filipinas”. La formulación puede sonar técnica, pero aborda preguntas muy concretas. ¿Cómo decide un fan asistir a un concierto? ¿Qué factores pesan más: el precio, la cercanía con el artista, el recinto, los beneficios incluidos, la reputación del organizador o la experiencia colectiva? ¿Qué espera el público de una noche de K-pop y qué parte de esa expectativa está moldeada por prácticas locales?

Un concierto de K-pop no es solo un recital en el sentido tradicional latinoamericano o español. Es una experiencia expandida. Incluye la compra de entradas, muchas veces tensionada por preventas, membresías y sistemas escalonados; la adquisición de mercancía oficial; el uso de lightsticks, esos dispositivos luminosos asociados a cada grupo; los proyectos organizados por fans; los cantos colectivos; la producción de contenido para redes; y, en ocasiones, interacciones muy codificadas entre artistas y público. En otras palabras, el concierto es apenas el centro visible de un ecosistema cultural y comercial mucho más amplio.

Desde esa perspectiva, comparar Corea del Sur con Filipinas resulta especialmente interesante. Corea es el lugar de origen del formato, donde la industria ha desarrollado durante años una maquinaria afinada de entrenamiento, promoción, producción escénica y relación con fans. Filipinas, por su parte, es uno de los mercados más vibrantes del sudeste asiático, con una población numerosa, una juventud altamente conectada y una larga tradición de apropiación musical extranjera que convive con una escena local dinámica. Allí el K-pop no llega a un vacío: dialoga con preferencias locales, restricciones económicas, condiciones logísticas y formas propias de vivir el espectáculo.

Para cualquier lector en México, Argentina, Chile, Colombia, Perú o España, este punto resuena de inmediato. La recepción de un artista internacional nunca es idéntica en todos los territorios. No consume igual un público de Ciudad de México que uno de Madrid; no espera lo mismo alguien que asiste a un estadio en Santiago que quien va a un arena en Manila o Seúl. Las entradas, la accesibilidad del recinto, la cultura del merchandising, la seguridad, el transporte y hasta la costumbre de hacer fila durante horas forman parte de una experiencia social distinta en cada país. La tesis de Lyamo pone precisamente el foco en esa diferencia, algo fundamental para una industria que a veces confunde globalización con uniformidad.

Además, su estudio recuerda que el K-pop debe analizarse más allá del brillo del escenario. Cada concierto es también una decisión empresarial: qué ciudad se elige, qué tipo de recinto conviene, cuánto se arriesga con los precios, qué beneficios premium se ofrecen, cómo se comunica el evento y qué equilibrio se busca entre identidad coreana y adaptación local. No es un detalle menor. Las giras globales de grupos coreanos ya no se sostienen solo por prestigio o visibilidad, sino por planeación sofisticada, lectura fina del público y comprensión intercultural.

Filipinas, un mercado clave para la ola coreana en Asia

El hecho de que la primera egresada sea filipina también obliga a mirar con más atención el lugar de Filipinas dentro del mapa del Hallyu, el término que se usa para describir la expansión global de la cultura popular surcoreana. Para quienes no estén familiarizados con la expresión, Hallyu significa literalmente “ola coreana” y abarca música, series, cine, belleza, moda, gastronomía y otros productos culturales que han ganado presencia internacional desde finales de los años noventa.

Filipinas ocupa una posición singular en esa expansión. Es un país con más de 100 millones de habitantes, una base juvenil muy amplia, fuerte uso de redes sociales y una relación histórica muy intensa con la cultura popular transnacional. Allí los artistas coreanos encuentran un público entusiasta, movilizado y dispuesto a convertir cada visita en un acontecimiento mediático. Pero al mismo tiempo, el mercado filipino no es solo receptor: también produce respuestas propias. La influencia del K-pop ha estimulado la aparición de grupos locales, formatos de entrenamiento e imaginarios escénicos que dialogan con el modelo coreano sin replicarlo de forma exacta.

Ese matiz es importante. A menudo, desde fuera de Asia se habla del K-pop como una exportación unilateral, casi como si Corea enviara un paquete cerrado al resto del mundo. La realidad es más compleja. En cada territorio, la ola coreana se mezcla con prácticas culturales locales, gustos nacionales y lógicas económicas específicas. Algo parecido hemos visto en América Latina con la adaptación de formatos televisivos extranjeros o con la manera en que géneros globales encuentran acentos propios en cada país. Lo coreano no aterriza en abstracto: aterriza en contextos concretos.

Por eso, que una investigadora filipina se pregunte cómo consumen conciertos los fans de su país y cómo deberían planificarlos los organizadores tiene mucho sentido. Su trabajo sugiere que el futuro del K-pop no depende solo de seguir expandiéndose, sino de escuchar mejor a los públicos que ya lo sostienen. Si una gira internacional quiere ser más que una parada fugaz, necesita comprender qué valora cada audiencia, qué tipo de experiencia considera justa, qué formas de cercanía aprecia y qué elementos no está dispuesta a sacrificar.

En América Latina, donde los fans del K-pop llevan años reclamando más fechas, mejores recintos y un trato menos improvisado por parte de algunas productoras, la discusión resulta muy familiar. No son pocos los seguidores que sienten que las empresas internacionales aún miran a ciertos mercados como secundarios, pese a la intensidad de su respuesta. El caso filipino funciona entonces como espejo de una conversación más amplia: la de cómo la industria cultural coreana negocia su expansión con los deseos, límites y particularidades de sus públicos globales.

La importancia de poner “K-Culture” en el nombre del título

Hay algo profundamente simbólico en que una universidad surcoreana haya decidido llamar a esta maestría, de forma explícita, K-Culture y Entretenimiento. Nombrar no es un gesto neutro. Cuando una institución académica crea un programa y le da un nombre tan específico, está diciendo que ese objeto merece ser estudiado con herramientas propias, currículos propios y marcos de análisis menos subordinados a categorías heredadas. Es, en cierto modo, un acto de legitimación.

Eso no significa que antes no existiera investigación seria sobre cultura popular coreana. La había y mucha. Pero el nuevo nombre apunta a una consolidación. Significa que el fenómeno ha crecido lo suficiente como para reclamar un lugar visible dentro de la educación superior, no solo como caso de estudio dentro de disciplinas más amplias, sino como campo articulador de saberes sobre producción, circulación, consumo, fandom, espectáculo en vivo y estrategias globales.

Para los medios y lectores de habla hispana, este paso también puede leerse como una señal de madurez institucional. Durante años, parte del debate sobre el K-pop en nuestra región osciló entre dos extremos: o se lo celebraba como fiebre juvenil imparable, o se lo reducía a una moda de nicho. La aparición de titulaciones de este tipo obliga a desplazar esa mirada. Estamos ante una industria cultural compleja, con capacidad de crear empleos, formar especialistas y generar conocimiento exportable.

Al mismo tiempo, conviene evitar la exageración. Una primera graduación no cambia por sí sola la estructura completa del sector ni convierte al K-pop en ciencia mayor de la noche a la mañana. Pero los primeros casos importan porque marcan precedentes. Funcionan como referencia para futuras cohortes, otros programas y posibles colaboraciones entre universidades, empresas y gestores culturales. También envían un mensaje a estudiantes extranjeros: ya no se trata solo de ir a Corea a aprender el idioma o a consumir cultura desde la cercanía; ahora también es posible profesionalizar ese interés en términos académicos concretos.

Ese detalle adquiere especial fuerza si pensamos en el vínculo entre universidad e industria, una relación cada vez más relevante en las economías creativas. La formación especializada puede ayudar a producir mejores organizadores, curadores, analistas, productores de eventos, gestores de comunidad y estrategas de mercado. En un negocio tan competitivo como el del entretenimiento coreano, comprender cómo se comportan los públicos internacionales puede marcar la diferencia entre una expansión sostenible y una saturación mal calculada.

La tensión entre globalización y “elementos coreanos”

Uno de los aspectos más sugerentes de esta historia es el mensaje que Lyamo ha transmitido sobre el futuro del K-pop: la importancia de preservar sus “elementos coreanos”. La frase merece atención, porque toca una discusión central en la evolución del género. A medida que el K-pop se vuelve más global, más multilingüe y más dependiente del mercado internacional, surge una pregunta inevitable: ¿qué lo hace seguir siendo K-pop?

No hay una única respuesta. Para algunos, la identidad coreana del género está en el sistema de entrenamiento, en la precisión de las coreografías, en el modelo de construcción de grupos y en la relación intensa con el fandom. Para otros, reside en una sensibilidad escénica, en determinadas formas de narrar la aspiración, la disciplina o la emoción. También hay quienes la encuentran en el idioma, aunque muchas canciones incluyan cada vez más inglés y busquen una sonoridad más universal.

Lo interesante es que esta defensa de lo coreano no viene aquí de un discurso nacionalista interno, sino de una fan internacional que se ha formado en el propio corazón del sistema. Es una señal potente. Sugiere que buena parte del atractivo global del K-pop no está en parecerse por completo al pop anglosajón ni en diluirse para resultar más fácil de consumir, sino precisamente en ofrecer una diferencia reconocible. Es decir, en mantener aquello que le da textura cultural, método y personalidad.

En América Latina entendemos bien ese dilema. Lo hemos visto en la música urbana cuando artistas locales discuten hasta qué punto internacionalizarse sin perder acento, barrio o identidad. Lo hemos visto en el cine y en las series cuando la búsqueda de alcance global choca con la tentación de borrar matices locales. Y lo hemos visto en la gastronomía, donde un plato viaja mejor cuando conserva algo de su origen en lugar de transformarse por completo para agradar a todos. Con el K-pop ocurre algo parecido: la internacionalización no necesariamente exige vaciar la diferencia; muchas veces exige administrarla con inteligencia.

Desde el punto de vista industrial, esa reflexión es crucial. El crecimiento global del entretenimiento coreano depende tanto de la adaptación como de la identidad. Los organizadores de conciertos, las agencias y los productores deben equilibrar expectativas locales con una experiencia que siga siendo reconocible como coreana. Si se pierde demasiado de esa marca cultural, el producto se homogeneiza. Si se la protege sin leer el contexto local, puede volverse rígido. El reto está en ese punto medio.

Cuando el fandom entra a la universidad y a la industria

Más allá del caso individual de Lyamo, lo que queda al descubierto es una tendencia más amplia: el fandom global del K-pop ya no vive solo en redes sociales, foros o recintos de conciertos. También está entrando en laboratorios de ideas, salones de posgrado y espacios de decisión profesional. El fan contemporáneo puede ser, al mismo tiempo, consumidor, difusor, traductor, organizador comunitario, analista de mercado y futuro trabajador del sector.

Esa transformación debería interesar tanto a la academia como a las empresas del entretenimiento. Para las universidades, abre preguntas sobre cómo estudiar fenómenos culturales híbridos, veloces y altamente mediados por plataformas digitales. Para la industria, representa la oportunidad de incorporar miradas que no tratan al público como una masa abstracta, sino como comunidades complejas, informadas y emocionalmente involucradas.

El caso de la joven filipina graduada en Corea del Sur resume, en ese sentido, una etapa distinta de la ola coreana. La fascinación inicial por los idols, los videoclips y las coreografías ha dado paso a una comprensión más profunda de las estructuras que hacen posible ese fenómeno. Ya no se trata solo de admirar el resultado final, sino de estudiar la maquinaria que lo produce: cómo se planea un tour, cómo se construye una experiencia de fan, cómo se adapta un espectáculo a diferentes contextos y cómo se mantiene una identidad cultural en plena expansión global.

Para el público hispanohablante, acostumbrado a seguir el K-pop con intensidad creciente desde hace años, esta noticia tiene una lectura doble. Por un lado, confirma que la ola coreana está dejando de ser una curiosidad periférica para convertirse en un campo profesional consolidado. Por otro, ofrece una pista sobre el futuro: los próximos especialistas en esta industria no serán necesariamente solo coreanos, sino jóvenes de distintas partes del mundo que crecieron con ella, la entendieron desde la emoción y ahora quieren pensarla desde el oficio.

Eso, al final, quizá sea lo más significativo de este primer título de maestría en K-Culture y Entretenimiento. No solo certifica un logro académico. También marca el paso de una generación de fans que ya no se conforma con mirar el escenario desde la butaca. Quiere entender cómo se arma, por qué funciona y cómo participar en su construcción. En tiempos de cultura global, pocas señales son tan claras como esa.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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