
Un viejo colegio con una nueva vida
En una época en la que buena parte del debate educativo en América Latina gira en torno a la falta de infraestructura, el deterioro de escuelas públicas o el cierre de planteles en zonas rurales por la caída de la matrícula, Corea del Sur vuelve a ofrecer un ejemplo que merece atención: qué hacer con los espacios escolares cuando una comunidad cambia. En la provincia surcoreana de Jeonbuk, oficialmente Jeonbuk State o Provincia Autónoma Especial de Jeonbuk, las autoridades educativas inauguraron un nuevo centro integral de experiencias para la primera infancia en el antiguo predio de la escuela secundaria Gurim, en el condado de Sunchang. Es decir, donde antes funcionaba un colegio que cerró sus puertas, hoy comienza a operar un espacio pensado exclusivamente para niñas y niños pequeños.
La noticia, reportada por la agencia Yonhap, podría leerse como un dato administrativo más: una obra pública, una ceremonia de apertura, una inversión millonaria y una nueva oferta educativa regional. Pero vista con más detenimiento, cuenta algo más profundo sobre la Corea contemporánea: cómo un país que envejece, que reordena su mapa escolar y que apuesta fuerte por la educación temprana intenta convertir una pérdida —el cierre de una escuela— en una oportunidad para el futuro.
El nuevo recinto, llamado Gurim Yua Jonghap Haksubunwon, puede traducirse de manera aproximada como una “subsede integral de aprendizaje para la infancia temprana”. El nombre refleja una lógica muy coreana: no se trata solo de una guardería ampliada ni de un parque techado con fines recreativos, sino de un espacio donde juego, aprendizaje, naturaleza y tecnología conviven dentro de un mismo diseño pedagógico. En otras palabras, un lugar donde el juego no es premio ni descanso, sino método.
La apertura se realizó el 14 de julio de 2026, con la participación de la Oficina de Educación de Jeonbuk. La infraestructura fue levantada con una inversión de 17.400 millones de wones, alrededor de una cifra que para el lector hispanohablante puede entenderse mejor como una apuesta pública de gran escala. El centro ocupa un terreno de 20.461 metros cuadrados, tiene dos plantas y una superficie construida total de 2.143 metros cuadrados. Su capacidad operativa diaria es de 200 menores, con foco en estudiantes de jardines infantiles y centros de cuidado de Sunchang, Namwon y otras localidades del este de Jeonbuk.
Más que reciclar un edificio: resignificar el espacio público
Lo más llamativo del proyecto no es únicamente su tamaño, sino su origen. En numerosos países, una escuela cerrada se convierte en un símbolo de retroceso demográfico, migración interna o abandono estatal. A veces queda vacía durante años; otras, termina demolida, tomada por la maleza o reutilizada de forma improvisada. El caso de Gurim propone una salida distinta: conservar la vocación educativa del lugar, pero adaptarla a una nueva necesidad social.
Ese matiz es importante. No se eligió un terreno nuevo para levantar un complejo desde cero, sino que se aprovechó la antigua escuela secundaria Gurim, cuyo ciclo como centro para adolescentes había terminado. El edificio y su entorno no fueron concebidos como ruina ni como residuo, sino como una base para el siguiente capítulo comunitario. La memoria del espacio permanece, pero cambia su destinatario: de estudiantes de secundaria a niñas y niños en edad preescolar.
En Corea del Sur, el cierre de escuelas en ciertas áreas rurales o de menor densidad poblacional forma parte de una discusión mayor sobre descenso de natalidad, concentración urbana y reorganización de servicios públicos. El país enfrenta una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo, y eso repercute directamente en el sistema escolar. Por eso, cada vez resulta más relevante decidir qué hacer con la infraestructura existente. El proyecto de Sunchang sugiere una respuesta pragmática y simbólica a la vez: si ya no nacen suficientes alumnos para sostener algunos planteles tradicionales, los recursos disponibles deben reorientarse hacia donde el Estado considera que está la clave del futuro, es decir, la primera infancia.
Para los lectores de América Latina y España, la idea puede resonar de maneras distintas. En pueblos del interior de México, Argentina, Chile o España vaciada, no faltan ejemplos de escuelas que fueron el corazón del vecindario y hoy luchan por mantenerse abiertas. La experiencia coreana no es un modelo para copiar sin contexto, pero sí pone sobre la mesa una pregunta incómoda y necesaria: ¿cómo transformar un cierre escolar en política pública, en lugar de dejarlo como herida territorial?
La apuesta coreana por la primera infancia
El nuevo centro de Gurim no fue presentado como una simple instalación de entretenimiento. Desde el discurso oficial, la propuesta se define por su carácter “integral” y por estar dirigida de forma exclusiva a la etapa inicial del desarrollo. En el lenguaje educativo surcoreano, eso supone reconocer que el aprendizaje relevante empieza mucho antes de la primaria y que, en esa fase, la relación entre cuerpo, emoción, exploración y entorno es decisiva.
Cheon Ho-seong, superintendente de Educación de Jeonbuk, subrayó en la inauguración que la primera infancia constituye el punto de partida más importante para el aprendizaje y el crecimiento a lo largo de la vida. No es una frase menor ni una fórmula vacía. Corea del Sur, célebre en el exterior por sus resultados académicos, sus largas jornadas de estudio y la presión competitiva de exámenes como el suneung —la prueba nacional de acceso a la universidad—, lleva años discutiendo cómo equilibrar excelencia, bienestar y desarrollo humano desde edades tempranas. La apertura de un espacio como este se inserta justamente en ese debate.
Conviene explicarlo para quienes observan Corea solo a través del K-pop, los dramas televisivos o el éxito tecnológico de marcas globales. El sistema educativo surcoreano ha sido admirado por su disciplina y sus altos estándares, pero también criticado por el peso de la competencia. En ese contexto, reforzar la educación inicial mediante experiencias lúdicas, contacto con la naturaleza y desarrollo creativo puede leerse como un intento por ampliar la idea de aprendizaje más allá de la memorización o el rendimiento medible.
La instalación está pensada para que las niñas y los niños aprendan jugando. Parece una obviedad, pero en realidad implica una toma de posición pedagógica. El juego aquí no funciona como simple recreo entre actividades “serias”, sino como el mecanismo central mediante el cual se cultivan sensibilidad ecológica, creatividad y competencias digitales. Ese trío define el perfil del proyecto: formar menores que sepan relacionarse con el entorno natural, imaginar soluciones propias y familiarizarse con herramientas del mundo futuro sin perder la dimensión corporal y afectiva de la infancia.
En sociedades hispanohablantes, donde con frecuencia se contrapone tecnología y naturaleza como si fueran mundos irreconciliables, el caso coreano resulta sugerente. La propuesta de Gurim no plantea elegir entre pantallas o árboles, entre modernización o juego libre al aire libre. La idea es articular ambos universos dentro de una experiencia de aprendizaje coherente con la edad. En ese sentido, el centro parece más cercano a un laboratorio pedagógico que a un parque temático.
Naturaleza y tecnología: una combinación que redefine el aula
Uno de los rasgos más destacados del centro es la manera en que fusiona juego ecológico y educación orientada al futuro. Las autoridades de Jeonbuk sostienen que el diseño del recinto permite que los menores desarrollen “sensibilidad ecológica, creatividad y capacidades digitales” de forma natural, es decir, sin fragmentar la experiencia en compartimentos estancos. No se trataría de una hora para tocar plantas, otra para construir y otra para ver dispositivos, sino de una circulación más orgánica entre distintos estímulos.
Detrás de ese planteamiento hay una visión contemporánea de la educación infantil. La sensibilidad ecológica no alude solamente a enseñar que hay que reciclar o respetar la naturaleza, sino a generar vínculo temprano con el entorno, con los ritmos del paisaje y con la experiencia sensorial de observar, tocar, escuchar y moverse en espacios abiertos. En un país altamente urbanizado y tecnificado como Corea del Sur, ese componente adquiere un valor especial.
La creatividad, por su parte, se entiende menos como destreza artística aislada y más como capacidad de explorar, ensayar y construir respuestas sin una única solución correcta. Es una noción muy distinta a la del ejercicio cerrado que busca reproducir la respuesta exacta del manual. Y en cuanto a las capacidades digitales, la apuesta no parece orientada a adelantar prematuramente contenidos abstractos de informática, sino a familiarizar a la infancia con lenguajes y herramientas del presente desde un enfoque adaptado a su etapa de desarrollo.
Ese equilibrio es relevante. En muchos países, la conversación sobre educación digital en preescolar oscila entre dos extremos: quienes creen que introducir tecnología demasiado pronto empobrece el aprendizaje, y quienes asumen que cuanto antes mejor, casi como si se tratara de una carrera por producir pequeños programadores. La experiencia coreana intenta moverse por una tercera vía: integrar lo digital sin expulsar lo sensorial ni lo comunitario.
La materialidad del lugar ayuda a entender la propuesta. El complejo fue concebido con espacios interiores y exteriores amplios, capaces de recibir actividades de movimiento, exploración y experiencias diversas dentro de un mismo recinto. Esa configuración responde a un principio básico de la educación infantil: los menores no aprenden del mismo modo que un adolescente ni que un adulto. Necesitan desplazarse, tocar, repetir, probar y jugar. Adaptar una antigua escuela secundaria a esas necesidades implicó algo más que una remodelación arquitectónica; supuso cambiar la lógica de circulación y uso del espacio.
Un polo regional para Sunchang, Namwon y el este de Jeonbuk
La capacidad diaria de 200 menores revela que no se trata de un servicio pensado para una sola institución, sino de una infraestructura compartida a escala regional. En lugar de replicar pequeñas instalaciones dispersas en cada jardín infantil o centro de cuidado, la Oficina de Educación de Jeonbuk optó por concentrar recursos en un recinto de uso común para distintas comunidades del este provincial, incluidas Sunchang y Namwon.
Ese detalle administrativo dice mucho sobre la planificación educativa surcoreana. La idea de crear polos regionales no es nueva en el país, pero en este caso se aplica a la primera infancia, un ámbito que a menudo queda fragmentado entre servicios municipales, centros privados y programas de cuidado. La existencia de una plataforma común de experiencias puede ayudar a reducir brechas entre instituciones con más recursos y otras con menos capacidad para ofrecer entornos complejos de aprendizaje.
También transforma la geografía simbólica del lugar. La antigua escuela ya no será recordada solo por quienes estudiaron allí, sino por nuevas generaciones de familias, docentes y niños de varios municipios que la visitarán como destino educativo. El cierre de un establecimiento, que en otras circunstancias habría significado contracción y nostalgia, pasa a convertirse en un punto de encuentro interlocal.
Para los lectores de la región iberoamericana, esto abre otra conversación: la cooperación entre escuelas, municipalidades y niveles de gobierno. En muchos territorios rurales o semirrurales de América Latina, sostener equipamientos educativos sofisticados en cada localidad es financieramente inviable. Sin embargo, el modelo de uso compartido, si cuenta con transporte, coordinación pedagógica y continuidad presupuestaria, puede ofrecer una alternativa más realista. La clave, como muestra el caso coreano, es que el espacio compartido no se perciba como un premio ocasional, sino como parte estructural del ecosistema educativo.
No hay que perder de vista, además, que Jeonbuk es una provincia con un perfil agrícola y urbano intermedio dentro del mapa surcoreano. Sunchang, por ejemplo, es conocido dentro y fuera del país por su tradición ligada a productos fermentados, especialmente el gochujang, una pasta de chile roja fundamental en la cocina coreana. Que un centro de primera infancia de estas características se instale allí, y no únicamente en Seúl o Busan, también comunica una intención política: que la innovación educativa no quede restringida a las grandes capitales.
Lo que esta historia dice sobre la Corea actual
La transformación de la antigua escuela Gurim resume varias tensiones y aspiraciones de la Corea del Sur de hoy. Por un lado, exhibe las consecuencias visibles de la crisis demográfica: menos estudiantes en ciertas zonas, reordenamiento de planteles y necesidad de dar nuevo sentido al patrimonio escolar. Por otro, muestra un Estado que sigue confiando en la educación como herramienta estratégica, incluso cuando debe reformular su infraestructura en función de nuevas realidades.
También deja ver un giro cultural importante. Durante décadas, la imagen internacional de la educación coreana estuvo dominada por la disciplina, los rankings y la intensidad académica. Sin embargo, proyectos como este sugieren que el país intenta reforzar otra narrativa complementaria: la de una infancia que aprende con el cuerpo, en contacto con la naturaleza, y que se prepara para el futuro no solo mediante conocimientos, sino también mediante experiencias significativas.
Eso no significa que Corea haya dejado atrás sus propias contradicciones. La presión educativa, la desigualdad entre familias con distinto acceso a apoyos privados y el estrés asociado al rendimiento siguen siendo parte del panorama. Pero precisamente por eso resulta relevante observar dónde el sistema está intentando corregir o equilibrar sus énfasis. Cuando una oficina provincial decide invertir en un gran centro lúdico-formativo para preescolares, está enviando un mensaje sobre qué considera prioritario en el largo plazo.
La elección de un recinto cerrado como base del proyecto agrega una dimensión casi narrativa: el pasado y el futuro se tocan en un mismo sitio. Donde antes se impartían clases a adolescentes, ahora se invita a los más pequeños a explorar el mundo mediante el juego. El edificio, en ese tránsito, deja de ser una reliquia del declive demográfico para convertirse en una plataforma de posibilidades. Esa operación simbólica tal vez explique por qué la historia despierta interés más allá de Corea: porque no habla solo de una obra, sino de una forma de imaginar comunidad.
Una lección posible para Iberoamérica
Conviene evitar las lecturas ingenuas. Ni Corea del Sur es un paraíso educativo sin fisuras ni cualquier país puede replicar automáticamente una inversión de esta magnitud. Pero el proyecto de Sunchang sí ofrece una lección valiosa para quienes siguen la evolución de las políticas públicas en educación: cuando una infraestructura pierde su función original, aún puede conservar su valor público si existe visión institucional para reconvertirla.
En América Latina y España, donde las discusiones sobre educación suelen quedar atrapadas entre urgencias presupuestarias y disputas ideológicas, historias como esta obligan a mirar el largo plazo. ¿Qué se hace con una escuela que ya no puede operar como antes? ¿Cómo se piensa la primera infancia más allá del cuidado básico? ¿De qué manera se integran naturaleza, juego y alfabetización digital sin caer en recetas fáciles? ¿Y cómo se evita que la ruralidad quede condenada a recibir siempre menos?
La apertura del centro Gurim no responde por sí sola a todas esas preguntas. Pero sí demuestra que una política educativa puede empezar por el espacio físico, por su memoria y por su capacidad de ser resignificado. En tiempos de cierres, desplazamientos y cambios demográficos, quizás la innovación más inteligente no consista siempre en construir algo totalmente nuevo, sino en mirar de otro modo lo que ya existe.
En Sunchang, una escuela que había terminado su ciclo vuelve a llenarse de voces. Ya no serán las de estudiantes de secundaria apurados entre clases, sino las de niñas y niños que correrán, tocarán, observarán, imaginarán y aprenderán jugando. En esa escena hay una metáfora poderosa de la Corea actual: un país que, incluso al enfrentar su propia transformación demográfica, intenta convertir la incertidumbre en una nueva forma de futuro.
0 Comentarios