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Hong Kong mira su propio ocaso en Seúl: la crisis de una cinematografía que marcó a toda Asia

Hong Kong mira su propio ocaso en Seúl: la crisis de una cinematografía que marcó a toda Asia

Una conversación en Seúl que fue mucho más que nostalgia

En Seúl, una ciudad que hoy suele asociarse con el empuje global del K-pop, las series coreanas y el cine surcoreano de exportación, se abrió estos días una escena de tono más íntimo y, al mismo tiempo, profundamente reveladora para la cultura asiática. Durante una actividad dedicada al cine de Hong Kong, el guionista y productor Tsui Hark no fue el invitado central ni la gran figura evocada, sino Chan Hing-kai, recordado por su vínculo con A Better Tomorrow, conocida en el mundo hispanohablante como Un mañana mejor o, para muchos cinéfilos latinoamericanos, simplemente como esa película emblemática del heroísmo trágico hongkonés que redefinió el policial de los años 80. Frente a la prensa coreana, Chan puso en palabras una inquietud que muchos dentro de la industria arrastran desde hace tiempo: el cine de Hong Kong produce cada vez menos, invierte menos y ofrece menos espacio para que aparezca una nueva generación.

La declaración se dio en el marco de la Hong Kong Film Gala Presentation, celebrada en el espacio Emu Artspace de la capital surcoreana. Allí también participó Stanley Kwan, director de Rouge —película protagonizada por la fallecida estrella Leslie Cheung, figura de culto en toda Asia—. Lo que podría haberse quedado en una cita para la memoria cinéfila terminó convirtiéndose en una radiografía incómoda sobre el presente de una industria que, durante décadas, fue un faro popular para millones de espectadores en Asia y fuera de ella.

Para los lectores de América Latina y España, la noticia tiene un eco particular. El cine de Hong Kong no fue una rareza lejana para quienes crecieron entre videoclubes, emisiones nocturnas en televisión abierta, ciclos de cine de acción y una devoción casi ritual por los héroes de gabardina, los códigos de honor y las balaceras estilizadas. En muchos hogares hispanohablantes, las películas hongkonesas llegaron antes incluso de que se hablara de la “Ola Coreana” como fenómeno global. Fueron una puerta de entrada a otra sensibilidad asiática: más vertiginosa, más callejera, más melodramática y, en no pocas ocasiones, más audaz que la oferta de Hollywood.

Por eso, cuando un creador como Chan afirma que en los años 80 Hong Kong producía alrededor de 200 películas al año y hoy apenas ronda las 20, no se trata solo de una cifra llamativa. Es la señal de un cambio histórico. Es, en términos culturales, como si una de las grandes fábricas de imaginación popular de Asia estuviera funcionando con una décima parte de su antigua energía.

De 200 películas al año a apenas 20: lo que revela la cifra

Las industrias culturales suelen medirse a través de premios, taquilla o impacto internacional, pero pocas estadísticas explican tanto como la que compartió Chan en Seúl. Pasar de unas 200 producciones anuales en los años 80 a cerca de 20 en la actualidad resume, de forma brutal, la magnitud del retroceso. La reducción no solo implica menos estrenos para el público. Significa también menos rodajes, menos empleo para técnicos, menos margen de prueba y error, menos posibilidades para los debutantes y menor diversidad de propuestas.

En cualquier cinematografía, la cantidad importa porque crea ecosistema. No todos los títulos serán memorables, pero de ese volumen surgen géneros, estrellas, oficios y lenguajes. Eso ocurrió en Hong Kong durante su edad dorada. Las películas se hacían con una velocidad casi industrial, los géneros se cruzaban con enorme libertad y los equipos creativos acumulaban experiencia práctica a un ritmo inusual. La ciudad produjo comedias, artes marciales, thrillers, romances y melodramas con una intensidad que hoy parece irrepetible. Ese dinamismo permitió que directores, actores, guionistas, fotógrafos, montajistas y especialistas de acción se formaran trabajando, no esperando.

La caída en la producción altera justamente esa lógica. Cuando hay menos proyectos, la industria se vuelve más cerrada y más cautelosa. Los productores buscan fórmulas menos riesgosas, los inversionistas se retraen y los nombres establecidos conservan la ventaja frente a quienes recién empiezan. Lo que está en juego no es solo el presente comercial del cine hongkonés, sino su capacidad de reproducirse a sí mismo, de renovar su lenguaje y de seguir siendo una usina cultural con identidad propia.

Chan también apuntó a otra transformación decisiva: el modelo de grandes presupuestos y reparto de estrellas resulta cada vez más difícil de sostener. En su diagnóstico, la producción de bajo presupuesto se ha convertido, en la práctica, en el nuevo estándar. El problema no es que existan películas pequeñas —muchas de las obras más libres e interesantes del cine asiático han surgido precisamente de allí—, sino que la escasez convierta esa elección en obligación estructural. Cuando el bajo presupuesto deja de ser una apuesta estética y pasa a ser una imposición sistemática, la diversidad creativa tiende a resentirse.

La edad dorada de Hong Kong y por qué sigue importando en el mundo hispano

Para comprender el peso de estas declaraciones, conviene recordar qué representó Hong Kong para la historia del cine popular. Entre fines de los años 70 y buena parte de los 90, la ciudad fue una potencia cultural de primer orden. No solo abastecía su propio mercado: irradiaba estilos, estrellas y narrativas hacia el resto de Asia, impactaba en Hollywood y cultivaba un público fiel en territorios tan diversos como América Latina, España, Francia o Estados Unidos.

En ese periodo se consolidó lo que muchos identifican como el “heroic bloodshed”, una corriente que mezclaba cine criminal, amistad viril, códigos de lealtad, sacrificio y violencia estilizada. A Better Tomorrow fue uno de sus títulos fundamentales. Aquellas historias de pistoleros melancólicos y antihéroes marcados por el destino no solo definieron una época: también influyeron en la estética de cineastas posteriores en distintas latitudes. Para una generación de espectadores hispanohablantes, esas películas tenían la fuerza de una revelación. Eran intensas como un bolero, veloces como el mejor policial y sentimentales sin pedir disculpas, algo que en nuestras culturas también se entiende muy bien.

El caso de Rouge, dirigida por Stanley Kwan, muestra otra dimensión de esa riqueza. Lejos del frenesí del cine de acción, la película trabajó el melodrama, la memoria y el amor trágico con una sensibilidad sofisticada. Leslie Cheung, su protagonista, se convirtió con el tiempo en un ícono cultural cuya figura todavía convoca devoción entre fanáticos de varias generaciones. Para quienes no estén familiarizados con su importancia, baste decir que su presencia en la cultura china y hongkonesa puede compararse, salvando distancias, con la de artistas que en el mundo hispano combinaron magnetismo popular, prestigio interpretativo y un aura legendaria tras una muerte temprana.

Ese legado sigue vivo entre públicos jóvenes que descubren el cine de Hong Kong a través de plataformas, festivales y recomendaciones en redes sociales. Sin embargo, la distancia entre aquella edad dorada y el presente no deja de ensancharse. Hoy, el Hong Kong cinematográfico que fascinó al mundo ya no posee la misma musculatura industrial. Y eso genera una paradoja: cuanto más se lo celebra como clásico, más se evidencia la fragilidad de su presente.

Seúl como espejo: cuando el auge coreano dialoga con la crisis hongkonesa

Que esta conversación haya tenido lugar en Seúl no es un detalle menor. Corea del Sur representa, en el imaginario contemporáneo, uno de los casos más exitosos de expansión cultural del siglo XXI. La llamada Hallyu, o “Ola Coreana”, convirtió a la música, las series, el cine, la moda y la gastronomía del país en fenómenos de alcance mundial. En esa misma ciudad donde hoy se celebran estrenos globales, giras multitudinarias y festivales con presencia de las grandes plataformas, creadores de Hong Kong expusieron las dificultades de una industria que alguna vez fue sinónimo de dinamismo regional.

La escena tiene algo de relevo simbólico. Décadas atrás, el cine hongkonés era uno de los motores más visibles de la cultura popular asiática. Hoy, Corea del Sur ocupa buena parte de ese espacio, al menos en términos de influencia mediática global. Pero la lectura interesante no pasa por una competencia simplista entre dos industrias, sino por la posibilidad de reconocer problemas compartidos. Incluso en un país tan exitoso como Corea del Sur, las discusiones sobre financiamiento, concentración de mercado, dificultades para el cine independiente y falta de estabilidad para nuevos talentos están lejos de haber desaparecido.

Eso explica por qué el diálogo con el público coreano resultó especialmente significativo. No fue una ceremonia para mirar al pasado con condescendencia, sino un intercambio sobre el futuro del cine asiático. En otras palabras, la nostalgia sirvió como puerta de entrada, pero la preocupación real estaba puesta en cómo sostener una tradición creativa cuando cambian las reglas del mercado, se encogen las inversiones y se vuelve más difícil formar nuevos cuadros.

Para América Latina y España, esa escena también es reconocible. Nuestras industrias audiovisuales saben bien lo que significa vivir entre el prestigio cultural y la precariedad estructural. Sabemos lo que es celebrar directores admirados en festivales mientras el financiamiento local se vuelve incierto. Sabemos lo que cuesta construir una cantera de guionistas, actores y técnicos cuando la producción se interrumpe o se concentra demasiado. En ese sentido, lo que ocurrió en Seúl no habla solo de Hong Kong: habla de una tensión global entre memoria cultural y sostenibilidad industrial.

El problema de fondo: sin relevo generacional no hay industria que resista

Tanto Chan Hing-kai como Stanley Kwan coincidieron en un punto esencial: el mayor costo de la contracción no lo pagan las figuras consagradas, sino los jóvenes creadores. Cuando se reducen las películas, se reducen también las oportunidades de aprendizaje, ensayo, error y crecimiento profesional. Un director novel no se forma únicamente en escuelas de cine o laboratorios; se forma rodando. Un actor construye oficio enfrentando personajes diversos. Un guionista madura cuando puede ver varios textos llegar a producción. Un equipo técnico se fortalece cuando trabaja de manera sostenida.

Ese circuito, tan básico como decisivo, parece haberse debilitado en Hong Kong. Y allí radica una de las alertas más serias. Una industria no colapsa solo cuando deja de producir éxitos; empieza a vaciarse cuando pierde mecanismos para crear futuro. Si los nuevos realizadores no encuentran cómo filmar su primera o segunda obra, el problema deja de ser coyuntural. Se vuelve estructural.

En la práctica, esto significa que el debate ya no puede agotarse en la comparación sentimental con el pasado. No basta con lamentar que no existan nuevos John Woo, nuevos Wong Kar-wai o nuevos rostros capaces de arrastrar multitudes. Lo urgente es entender qué condiciones materiales permiten que aparezcan. Las generaciones legendarias no surgieron de la nada; fueron producto de una industria intensa, competitiva, imperfecta, pero fértil. Sin esa base, el talento individual por sí solo difícilmente alcance.

La idea de “semillero”, tan usada en el deporte latinoamericano, puede servir aquí como referencia cercana. Así como un club no puede depender eternamente de una sola camada de cracks, una cinematografía no puede vivir solo de sus clásicos. Necesita espacios de formación, circulación, riesgo y continuidad. El cine de Hong Kong, a juzgar por las palabras de sus propios referentes, está intentando resolver precisamente ese dilema: cómo seguir siendo relevante cuando el terreno para cultivar a los próximos nombres es cada vez más estrecho.

También hay un componente simbólico en juego. Las nuevas generaciones no heredan únicamente un oficio; heredan una relación con la ciudad, con la lengua, con los géneros y con una memoria colectiva. Si la producción se debilita demasiado, se empobrece la capacidad del cine para narrar la experiencia contemporánea de Hong Kong desde una voz propia. Y eso, en una era de plataformas globales y contenidos estandarizados, tiene consecuencias culturales profundas.

Más allá de la añoranza: qué nos dice esta crisis sobre el futuro del cine asiático

La tentación de leer este episodio como una elegía por un mundo perdido es comprensible, pero insuficiente. La nostalgia puede ser conmovedora; no alcanza para explicar un problema industrial. Lo interesante de lo ocurrido en Seúl es que desplazó la conversación desde el culto al pasado hacia las condiciones del porvenir. ¿Cómo se financia hoy una cinematografía mediana o pequeña en Asia? ¿Qué tipo de producción permite sobrevivir sin renunciar del todo a la identidad? ¿Qué papel juegan los festivales, las cinematecas, los fondos públicos y las coproducciones? ¿Y hasta qué punto las plataformas pueden funcionar como salida o, por el contrario, profundizar la homogeneización?

En el caso hongkonés, la respuesta aún parece abierta. Pero el diagnóstico de los veteranos reunidos en Seúl sugiere algo muy claro: el desafío no consiste en reproducir mecánicamente el modelo de los años 80 o 90. Ese contexto histórico ya no existe. El reto está en construir una nueva normalidad donde la producción de menor escala no equivalga a asfixia, sino a continuidad; donde la reducción de recursos no expulse a los jóvenes; y donde la memoria de los clásicos sirva como impulso, no como mausoleo.

Para el público hispanohablante, que en los últimos años ha ampliado su mirada sobre Asia gracias al fenómeno coreano, japonés, tailandés o chino, esta noticia ofrece una invitación valiosa: volver a mirar Hong Kong no solo como un archivo glorioso, sino como un territorio cultural que sigue haciéndose preguntas urgentes. De alguna manera, la crisis de su cine también nos recuerda que ninguna ola cultural es eterna si no cuenta con una estructura capaz de renovarse. Detrás del brillo de las estrellas y de los títulos que se convierten en culto, siempre hay un entramado frágil de inversión, oportunidades y relevo generacional.

Quizá por eso la imagen más potente de esta historia no sea la de dos maestros recordando viejos tiempos, sino la de una sala en Seúl donde se discutió, cara a cara con el público, si todavía es posible abrir camino para los que vienen detrás. En tiempos en que el consumo cultural parece cada vez más rápido y desechable, esa pregunta tiene una gravedad especial. Y no solo para Hong Kong. También para cualquier industria que aspire a seguir contando sus propias historias sin quedarse atrapada en la sombra de sus días más gloriosos.

Una lección para los fans de la Ola Coreana y para toda la región

Hay otro aspecto que merece atención entre quienes siguen la cultura asiática desde América Latina y España. La expansión global de Corea del Sur ha creado una comunidad de espectadores cada vez más curiosa, más informada y más abierta a explorar otras filmografías del continente. En ese ecosistema, la conversación sobre Hong Kong adquiere nueva relevancia. Muchos jóvenes que llegaron a Asia a través de los dramas coreanos o de grupos de K-pop terminan encontrando, tarde o temprano, el cine de otras latitudes: el melodrama de Wong Kar-wai, el cine de autor taiwanés, los thrillers surcoreanos, el anime japonés o las épicas chinas.

Lo que Seúl puso sobre la mesa es que el consumo transnacional también puede convertirse en una forma de memoria activa. Es decir, el público no solo recuerda; también puede sostener. Las retrospectivas, los ciclos especiales, las reediciones restauradas y las nuevas ventanas de exhibición ayudan a que una cinematografía no quede enterrada bajo su propio mito. Pero eso, aunque importante, tampoco reemplaza la necesidad de producir obras nuevas. Una cultura viva necesita dialogar con su tradición sin resignarse a ella.

En el mundo hispano sabemos bastante de esa tensión entre legado y supervivencia. Desde el cine argentino hasta el mexicano, pasando por el español o el colombiano, abundan los ejemplos de industrias que generan autores admirables y, sin embargo, deben pelear cada año por recursos, pantallas y continuidad. Por eso las palabras de Chan y Kwan resultan cercanas incluso a miles de kilómetros de distancia. Hablan de Hong Kong, sí, pero también de una inquietud universal: cómo garantizar que el talento no dependa solo del azar ni de una excepción afortunada.

Al final, la verdadera noticia no es únicamente que una leyenda asociada a A Better Tomorrow haya reconocido la crisis del cine hongkonés. La noticia es que esa admisión ocurrió en un escenario asiático donde el futuro audiovisual se debate hoy con intensidad, y que lo hizo ante un público capaz de entender que las cinematografías no se salvan solo con aplausos al pasado. Se sostienen con políticas, inversión, circulación y tiempo. Y, sobre todo, con la decisión de seguir apostando por nuevas voces cuando todavía no tienen nombre de leyenda.

Ese puede ser el mensaje más poderoso de la jornada en Seúl. Hong Kong sigue siendo una referencia sentimental y artística para varias generaciones, incluidas las nuestras. Pero su próxima página no dependerá únicamente de sus recuerdos ilustres, sino de si encuentra cómo permitir que otros directores, guionistas, actrices y técnicos vuelvan a equivocarse, aprender y filmar. En el cine, como en la música o en el fútbol, las épocas doradas no se heredan por decreto: se construyen creando las condiciones para que alguien pueda sorprender otra vez.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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