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BABYMONSTER enciende Seúl y abre su nueva gira mundial con una apuesta total por el baile, el directo y la identidad de grupo

BABYMONSTER enciende Seúl y abre su nueva gira mundial con una apuesta total por el baile, el directo y la identidad de

Seúl como punto de partida de una nueva declaración

En el ecosistema del K-pop, donde cada regreso, cada concepto visual y cada gira internacional suelen leerse como un manifiesto artístico, BABYMONSTER decidió arrancar su segunda gira mundial con una idea clara y frontal: convertir el “baile” en el idioma principal de su presente. El grupo femenino abrió en Seúl, en el Jamsil Indoor Stadium, su tour titulado CHOOM, una palabra que remite a “danza” en coreano y que, en este caso, funciona menos como un simple nombre y más como una consigna. No se trata únicamente de presentar canciones nuevas o de reeditar sus éxitos recientes sobre un escenario grande; se trata de subrayar que la performance, el cuerpo en movimiento y la energía compartida con el público siguen siendo el corazón de su propuesta.

La elección de Seúl como primera parada no es un detalle menor. En la industria cultural surcoreana, la capital opera como vitrina, termómetro y tribunal al mismo tiempo. Lo que ocurre en un escenario importante de la ciudad suele marcar la pauta de cómo será leído un proyecto en el resto de Asia y, más tarde, en los circuitos globales. Jamsil, además, no es cualquier recinto. Es uno de los espacios más emblemáticos para los conciertos de música popular en Corea del Sur, un lugar asociado a momentos decisivos de la cultura pop del país. Abrir allí una nueva gira equivale, salvando las distancias, a estrenar una apuesta mayor en escenarios que para el público hispanohablante podrían recordar a esos recintos donde se miden los artistas que ya dejaron de prometer y empiezan a confirmar.

Las presentaciones se extendieron durante tres días, del 26 al 28, en plena ola de calor veraniego de Seúl. Pero si algo quedó claro en las imágenes, los testimonios y la descripción del concierto, es que la temperatura del exterior fue apenas una anécdota frente al clima interno del espectáculo. El montaje, el sonido y la respuesta del público construyeron una atmósfera de intensidad sostenida. No hubo en la propuesta una búsqueda de delicadeza ornamental ni de fantasía etérea; hubo, más bien, una voluntad de impacto físico. BABYMONSTER quiso que su arranque de gira se sintiera como una irrupción.

Esa decisión también resulta significativa para lectores de América Latina y España, donde el fenómeno del K-pop ya no se consume como curiosidad pasajera, sino como parte de una conversación cultural estable. Hoy, audiencias de Ciudad de México, Buenos Aires, Santiago, Bogotá, Lima, Madrid o Barcelona no solo escuchan los lanzamientos coreanos: siguen conciertos por clips, estudian coreografías, comentan escenografías y comparan rendimientos en vivo como antes se discutían grandes presentaciones del pop anglosajón o del espectáculo latino. En ese contexto, el inicio de CHOOM no es una noticia aislada de la agenda coreana, sino un movimiento relevante dentro de un tablero global donde la performance pesa tanto como la canción.

“CHOOM”: cuando el baile deja de ser adorno y se vuelve mensaje

Uno de los puntos más interesantes de este arranque de gira está en el modo en que BABYMONSTER resignifica la palabra “choom”. Para públicos no familiarizados con el coreano, conviene detenerse aquí: “춤”, transliterado como choom, significa “baile” o “danza”. Pero su utilización en esta gira no parece restringirse a una definición literal. Según explicó la integrante Rora, el álbum y el concepto contienen la ambición de convertir al mundo entero en una gran “pista de baile”, o, más precisamente, en un gran espacio colectivo atravesado por esa energía. Es una frase potente, ambiciosa y muy consciente de cómo funciona hoy la cultura fan del K-pop.

En términos latinoamericanos, podría decirse que el grupo intenta llevar al escenario una lógica parecida a la de una fiesta multitudinaria donde todos entienden el código aun si no comparten el mismo idioma. En el reguetón, la salsa, la cumbia o el pop bailable de nuestra región, el cuerpo también ha operado históricamente como un espacio de encuentro social. BABYMONSTER, sin copiar esas tradiciones, activa un mecanismo parecido: apela al gesto, al ritmo, a la sincronía y a la energía visual para construir una conexión inmediata. La gran diferencia es que, en K-pop, ese impulso viene acompañado de una precisión coreográfica milimétrica y de una conceptualización visual que pocas industrias trabajan con el mismo nivel de disciplina.

Que el grupo haya decidido poner el acento en el baile tiene, además, una lógica estratégica. En un ecosistema saturado de estímulos y lanzamientos, la coreografía sigue siendo uno de los lenguajes más eficaces para la expansión global de una canción. Un estribillo pegadizo ayuda; un paso memorable, casi siempre, multiplica. En redes sociales, plataformas de video corto y comunidades de fans, las coreografías circulan con una velocidad que no depende de las barreras lingüísticas. Un tema en coreano puede tardar algo más en ser comprendido de manera textual por un público de habla hispana, pero una secuencia de movimientos poderosa se entiende en segundos.

Por eso el gesto de BABYMONSTER va más allá de presentar una nueva etapa artística. También expresa una lectura lúcida del modo en que el K-pop se vuelve global. No basta con cantar bien ni con tener un catálogo atractivo: hace falta producir imágenes compartibles, momentos replicables y escenas que generen conversación. Si el grupo se propone “hacer del mundo una pista de baile”, lo que está diciendo en realidad es que quiere hablarle al fandom internacional en el idioma que más rápido se viraliza. Y no es una promesa vacía: es una premisa que, según lo mostrado en Seúl, tuvo correlato directo en la construcción del espectáculo.

Cuando Rora remató su comentario preguntando al público “¿Estuvo genial, verdad?”, dejó ver otra dimensión esencial del formato K-pop: la cercanía performativa. Aunque los shows de gran escala estén cuidadosamente diseñados al detalle, siempre necesitan conservar la sensación de conversación con la audiencia. Ese breve intercambio, a medio camino entre la seguridad y el juego, funciona como una validación mutua. El artista ofrece una performance contundente; el público confirma que la recibió de esa manera. En la práctica, ese ida y vuelta es parte de la maquinaria emocional que vuelve tan eficaz a los conciertos del género.

Una escenografía industrial para reforzar la potencia del grupo

Uno de los rasgos visuales más comentados del concierto fue su escenografía, inspirada en una suerte de fábrica abandonada o espacio industrial en ruinas. Lejos de apostar por el brillo dulce o la ornamentación fantasiosa con la que a veces se asocia a los grupos femeninos del pop asiático, BABYMONSTER eligió una textura áspera: estructuras monumentales, tuberías cruzando el escenario y una iluminación roja que acentuó el dramatismo de cada movimiento. Esa elección no solo llamó la atención; ayudó a definir el relato visual del espectáculo.

La imagen es relevante porque dialoga con el propio nombre del grupo. “Baby” y “Monster” conviven como dos polos de una misma identidad: juventud y ferocidad, frescura e impacto. La escenografía industrial empujó la balanza hacia ese segundo registro. Lo monstruoso no entendido como algo siniestro, sino como sinónimo de potencia, de presencia escénica, de energía desbordante. En lugar de construir una fantasía de perfección pulida, el show apostó por una estética más rugosa, como si quisiera recordarle al público que la fuerza del grupo no reside solo en la imagen, sino en el choque entre cuerpo, sonido y espacio.

La luz roja, en particular, hizo mucho más que colorear el ambiente. En el lenguaje de los conciertos, el rojo suele asociarse con intensidad, tensión, peligro, calor y deseo. Aquí operó como una extensión del concepto general: si la gira se llama CHOOM y pretende defender el baile como acto central, entonces la iluminación tenía que convertir cada formación coreográfica en una escena de combustión. El resultado, según la descripción disponible, fue un escenario donde nada se veía pasivo. Todo parecía diseñado para que los movimientos de las seis integrantes cortaran el aire y quedaran grabados como imágenes de alto voltaje.

Para el público hispanohablante, acostumbrado ya a decodificar los grandes espectáculos pop con una mirada cada vez más sofisticada, esta clase de decisiones no pasan inadvertidas. Ya no se juzga un concierto solo por la lista de canciones o por la popularidad del artista. Se analizan el relato visual, la coherencia entre concepto y puesta en escena, la manera en que el diseño amplifica la narrativa del show. En ese sentido, BABYMONSTER parece haber entendido que su debut como acto de gira mundial necesitaba una identidad escénica clara, reconocible y fácil de traducir en imágenes virales. El set industrial cumple justamente esa función: ofrece una firma visual contundente.

También es importante señalar que esta clase de montaje sugiere una maduración en la forma de presentar al grupo. En vez de depender únicamente del atractivo natural de sus integrantes o de la expectativa que genera su casa discográfica, el espectáculo construye una atmósfera propia. Eso es crucial para cualquier artista que aspire a sostener una carrera internacional. Los grupos que trascienden suelen ser aquellos capaces de ser reconocidos no solo por sus canciones, sino por la experiencia estética integral que generan. En Seúl, BABYMONSTER pareció ir precisamente en esa dirección.

La apuesta por el sonido en vivo y la necesidad de probar músculo escénico

El concierto comenzó tras un video introductorio inmersivo y dio paso a un arranque apoyado en una banda en vivo de sonido robusto, casi cercano al lenguaje del rock de estadio. La apertura con “WE GO UP” marcó de entrada el tono del espectáculo: no una sucesión de pistas perfectas sobre las que se replican coreografías, sino una propuesta que buscó subrayar la energía del directo. En una industria donde la discusión sobre las habilidades vocales, el uso de bases pregrabadas y la autenticidad del vivo aparece una y otra vez, este elemento es especialmente significativo.

Para un grupo joven, apoyarse en una banda en vivo es también una manera de reclamar seriedad artística. En la tradición del pop coreano, la precisión no se negocia: el show debe estar medido, el baile debe ser limpio y la sincronía debe sostenerse incluso bajo presión física extrema. Pero cuando a esa exigencia se suma una instrumentación en directo con pegada propia, el concierto gana otro espesor. La música deja de ser un fondo estable para volverse una materia viva, más grande, más física, más impredecible. Esa vibración, que el público suele percibir incluso sin racionalizarla, puede cambiar la percepción completa de una presentación.

BABYMONSTER parece haber usado ese recurso para reforzar una idea: la de ser un grupo que no se agota en la imagen o en el fenómeno digital, sino que puede sostener el peso de un escenario grande. En otras palabras, la banda en vivo no solo añadió volumen o dramatismo; funcionó como argumento. Y ese argumento es clave para una agrupación que todavía está consolidando su repertorio y su narrativa de largo plazo. Mostrar intensidad en vivo, especialmente al comienzo de una gira internacional, equivale a presentarse con credenciales.

Desde la perspectiva del público latinoamericano y español, esta dimensión tiene una resonancia especial. En nuestras tradiciones musicales, el directo sigue siendo un criterio central de legitimidad. Se valora al artista que “defiende” la canción sobre el escenario, que no se esconde detrás de la producción y que convierte el concierto en una experiencia irrepetible. El K-pop, con sus reglas propias, dialoga cada vez más con esa expectativa. Por eso, cuando un grupo como BABYMONSTER enfatiza la banda en vivo, envía una señal que trasciende Corea: está diciendo que quiere ser escuchado y medido también en términos de performance real, no solo de impacto audiovisual.

Naturalmente, en el caso de esta gira, lo importante no es fabricar una falsa oposición entre coreografía y canto, o entre espectáculo visual y música. Lo interesante es ver cómo ambos planos se integran. El resumen del concierto sugiere precisamente eso: luces, escenografía, banda y movimientos apuntando en la misma dirección. Cuando esa alineación ocurre, el show gana densidad. Ya no son piezas ensambladas para impresionar; es una gramática escénica coherente. Y en los mejores momentos del pop contemporáneo, esa coherencia pesa tanto como cualquier hit.

De promesa de YG a grupo con lenguaje propio

El recorrido de BABYMONSTER tiene un elemento que explica parte de la atención que genera: su pertenencia a YG Entertainment, una de las compañías más influyentes de la música popular surcoreana. La firma, conocida por haber impulsado fenómenos globales del K-pop, presentó a BABYMONSTER como su nuevo grupo femenino ocho años después del debut de BLACKPINK. Esa sola circunstancia bastó para colocar sobre las integrantes una mezcla de expectativa, comparación y presión que pocas agrupaciones noveles enfrentan en semejante escala.

En la práctica, heredar ese contexto puede ser una bendición y una carga. Por un lado, asegura visibilidad inmediata, cobertura mediática amplia y una base de curiosidad internacional. Por otro, obliga a responder de manera temprana a estándares altísimos. Cada lanzamiento, cada coreografía, cada aparición pública es leído en clave de sucesión o relevo, incluso cuando el grupo intenta construir una voz distinta. En ese marco, conciertos como el de Seúl cumplen una función decisiva: permiten observar si la agrupación empieza a sostenerse por sí misma, más allá del peso simbólico de la empresa que la respalda.

Desde su debut oficial en abril de 2024 con el miniálbum BABYMONS7ER, el grupo ha ido perfilando su color con temas como “SHEESH”, “WE GO UP” y “DRIP”. Lo relevante del concierto de apertura de CHOOM es que muestra cómo ese material comienza a condensarse en un lenguaje escénico reconocible. Ese paso es fundamental. Una cosa es lanzar canciones con buena recepción; otra, mucho más exigente, es ordenar esas piezas en un relato de concierto que sostenga tensión, identidad y conexión con el público. Lo que la actuación de Seúl sugiere es que BABYMONSTER está entrando en esa segunda fase.

También hay un dato simbólico en que esta nueva gira mundial arranque en casa. Antes de proyectarse hacia afuera, el grupo se presenta ante su base doméstica con una propuesta robusta, casi como quien rinde examen y al mismo tiempo hace una declaración de intenciones. En la cultura del K-pop, esa validación local no es un trámite menor. Aunque la internacionalización sea acelerada y las comunidades globales tengan un peso enorme, Corea sigue siendo el escenario donde se consolidan ciertas legitimidades internas. Empezar en Seúl, en un recinto de alto perfil, con una puesta tan definida, equivale a afirmar: este es el punto desde el que salimos al mundo.

Por eso quizá el aspecto más interesante del concierto no sea solamente la espectacularidad, sino la sensación de transición que transmite. BABYMONSTER sigue siendo un grupo joven, sí, pero empieza a dejar atrás la etiqueta de “recién llegado” entendida como simple promesa. Cuando una agrupación consigue que sus canciones, su concepto y su desempeño en vivo se integren en un mismo relato convincente, deja de depender exclusivamente de la expectativa. Empieza a construir autoridad propia.

Cómo lee el mundo hispanohablante un concierto de K-pop en Seúl

Aunque el evento tuvo lugar en Corea del Sur, su vida mediática no se limita al recinto ni al público presente. Esa es una de las claves para entender el fenómeno K-pop en 2025: los conciertos existen simultáneamente como experiencia física y como narración digital. Las luces rojas, el set industrial, la banda en vivo y las coreografías de las seis integrantes no tardan en convertirse en clips, fotografías, reseñas breves, hilos de fans y conversaciones transnacionales. En cuestión de horas, una actuación en Seúl puede estar siendo diseccionada en español en cuentas de TikTok, X, Instagram o YouTube desde Monterrey hasta Madrid.

Esa circulación modifica también el oficio periodístico. Cubrir K-pop hoy no consiste solo en contar lo que pasó en un escenario, sino en interpretar por qué ciertas imágenes, palabras o decisiones se vuelven relevantes para audiencias fuera de Corea. En este caso, CHOOM ofrece una clave bastante transparente: el baile como lenguaje global. Para un público hispanohablante, acostumbrado a vivir la música también desde lo corporal —basta pensar en el lugar social del baile en América Latina, o en cómo las canciones se vuelven himnos cuando se corean y se encarnan colectivamente—, la idea de una gira articulada alrededor del movimiento tiene una entrada emocional inmediata.

Ahora bien, también conviene evitar exageraciones que no estén respaldadas por los datos disponibles. Lo que puede afirmarse con claridad es que BABYMONSTER inauguró en Seúl su segunda gira mundial, que lo hizo con una escenografía industrial de gran impacto, con apoyo de banda en vivo y con un concepto centrado en “choom”, entendido como baile y como declaración de identidad. También puede decirse que el grupo reforzó su perfil de acto escénico sólido y orientado a la performance. Lo que no corresponde hacer, por rigor periodístico, es completar con conjeturas detalles de itinerario o anuncios que no forman parte de la información confirmada.

Esa prudencia no le quita interés a la noticia; al contrario, la vuelve más legible. En una época saturada de rumores, spoilers y narrativas fabricadas para alimentar el algoritmo, sigue siendo valioso detenerse en lo comprobable: un grupo joven pero cada vez más firme eligió abrir su nueva gira mundial con una demostración de fuerza visual y física en uno de los escenarios más simbólicos de Seúl. Y lo hizo apelando a una idea, la del baile como punto de encuentro, que tiene altas probabilidades de resonar también fuera del mapa coreano.

En definitiva, la apertura de CHOOM deja una imagen nítida: BABYMONSTER quiere que su identidad sea leída desde el escenario, no solo desde el ruido previo que acompaña a cualquier debut de alto perfil. Si logra mantener esa consistencia en las próximas paradas de la gira, el grupo no solo estará expandiendo su presencia internacional. Estará consolidando algo más difícil y más importante: una voz escénica propia, capaz de ser entendida tanto en Seúl como en cualquier ciudad donde el pop, el cuerpo y la emoción todavía se encuentren en el mismo lugar.

Source: Original Korean article - Trendy News Korea

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